Chapter 15
Me franqueó el paso un berrido de Puy, que desayunaba en la cama.
—Usted —dijo con fastidio—. Pensé que era Dimitrios con mis tapones de cera.
Por la puerta comunicante se filtraba una espeluznante psicofonía.
—¿Qué es ese ruido?
—La lección de piano de Little Gong. ¿Qué le parece?
—Es como tener un cóndor y una hiena fornicando en mi tímpano —dije sentándome en el trono merovingio—. No le robaré mucho tiempo, señora Puy. Busco una esterilla de yoga que pertenece al bungalow seis.
Clavó en mí una mirada que pretendía dejar orificio de salida. Luego encendió un cigarro del que colgaban huevos revueltos.
—Sólo la he cogido prestada. Soy una persona muy activa.
—Bien por usted. ¿Dónde la tiene?
—¿Quién se ha ido de la lengua? Ha sido Luna, ¿verdad? La muy puerca. Macero, debe ayudarme. Se cuece algo gordo y tanto mi exmarido como mi hija planean dejarme fuera. Harán lo que sea para evitar que reclame mi parte. Ayúdeme y seré generosa.
—Gracias, pero no me interesa el negocio de las albóndigas.
— Albóndigas. —Saltó de la cama como si acabara de olisquear una liebre—. ¿Qué sabe, Macero? Cuéntemelo todo. Formaríamos un gran equipo.
Me retiré del radio de acción de su aliento.
—Lo dudo. Y sigo necesitando ver esa funda.
Con un rebuzno arrastró los pies hasta el armario, de donde regresó con una bolsa alargada entre manos. La volcó con brusquedad y sobre la cama se desparramó, como escupida por una tragaperras, una tintineante selección de candelabros, jarritas y salseras.
—Para que conste, fueron regalos de boda de mi familia.
Mientras Puy acariciaba su botín, yo introduje una uña en el brazo del trono merovingio y di un discreto tirón. Fue más fácil de lo que esperaba; con la madera medio deshecha de todas formas, sólo necesité dos tirones para arrancar una astilla de unos tres centímetros. Puy no se enteró de nada.
Después me puse en pie y llegué hasta la cama, donde, ignorando el atrezo de Jane Austen, cogí la funda y estudié el poliéster a la luz de la ventana. Sonreí.
—¿Había visto esta mancha antes? —dije.
—No. ¿Qué es?
—Sangre.
Puy palideció. Hizo unos rápidos cálculos mentales y dijo:
—Macero, no puedo guardarme esto por más tiempo. Debo hacer una confesión.
—Soy todo oídos.
—Luna asesinó al camarero. Y también a la yutuber .
—No es así como funciona una confesión. De todos modos, ¿tiene alguna prueba?
—Lo sé aquí dentro. —Se golpeó el pecho—. Temo que llega un momento en que, con sobria resignación, y por mucho que la ame, a una madre no le queda más remedio que aceptar la vileza de su hija.
Sentido alegato, pensé. Lástima que no detectara en su voz rastro alguno de temor, resignación, amor o, de hecho, sobriedad.
—Tomo nota, señora Puy. Por ahora me quedaré con esto. Y necesito hacerle unas preguntas a su querubín.
—¿Y la plata? —dijo ella, abrazada a la quincallería.
—¿Qué plata? —canturreé, abriendo la puerta comunicante.
En la habitación de Little Gong, el espacio libre era un bien escaso.
La cama, la televisión de plasma sobre ruedas y el Steinway de concertista crudamente vandalizado con dibujos obscenos, al que manos inclementes habían atornillado un posavasos, un bol para boquerones en vinagre y el soporte de una tablet en cuya pantalla se mecía un vejete de melena canosa al compás de una melodía que, desde luego, no eran los relinchos que allí retumbaban, dejaban apenas un carrilillo de paso, una especie de cauce-estercolero sembrado de envases de pollo frito y latas vacías. Sospeché que el chaval se criaba solo.
Al veme aparecer, las garrillas de jabalí se detuvieron y el mundo fue un poco mejor. En la pantalla el profesor, con los ojos cerrados, siguió meneando su batuta.
—La señal tiene un retardo —explicó Little Gong—. El profesor Kugorov tuvo que regresar a San Petersburgo.
Por la ventana de Kugorov distinguí la catedral de Burgos.
—O quizás haya quitado el sonido para salvar su cordura.
Dije esto mientras estudiaba la bicicleta apoyada al otro lado de las ventanas francesas. Era un modelo clásico, con asiento de cuero sobre muellecitos. A mí me interesó sobre todo la parrilla, donde puñados de paja habían quedado atrapados en la abrazadera.
—¿En qué has estado ocupando tu tiempo, Gong?
—Estoy estudiando las rimas de Bécquer.
—Gran tenista. No sabía que rapeara. ¿La bici es tuya?
—En casa tengo una con batería, navegador y sillín calefactado. Aquí tengo que usar ese cagarro. Oiga, ¿quiere algo? Kugorov cobra por horas.
El profesor seguía cabeceando, arrebatado por lo que quiera que estuviera escuchando. Agarré la tableta.
—Quiero visitar algo llamado Instagram.
Me miró con ojos suspicaces.
—Estoy haciendo un trabajo para tu padre y necesito que me eches una mano. ¿Es demasiado pedir?
Al parecer sí lo era. El pequeño mandril sólo aceptó ayudarme una vez hube añadido dos billetes de veinte.
—¿Quién es FixerLoco314?
En la fotografía, un joven barbudo y musculoso disparaba un bazuca.
—Es uno de mis perfiles. Lo uso para revender cosas. Así favorezco la economía circular.
La lista de artículos que FixerLoco314 se ofrecía a conseguir para sus clientes incluía cromos, cómics, metanfetamina sin adulterar, armas de corto alcance o una esposa; artículos todos ellos que el comprador podía pagar cómodamente en BitCoins.
—¿Nada de PosoCoins? —pregunté.
Me miró con lástima.
—Si está cansado de su dinero…. ¿Qué buscamos?
—El nombre es Lachantiyí. Promociona antigüedades.
Little Gong me tendió la tableta.
—Eso no son antigüedades —observé—. ¿Seguro que es ella?
—No hay otra con ese nombre. ¿Por qué esperaba antigüedades?
¿Por qué, en efecto? Comprendí entonces lo astutos que habían sido Rojas y su hija.
Sin llegar a mentir, me habían dejado creer que Lachantiyí estaba en la boda para promocionar el negocio de antigüedades de la novia.
Sin embargo, en su perfil la chica se definía como «Influencer gastronómica y bombibant».
Y ahora que aquella aplicación vertía sobre mí insufribles ráfagas de fotos de comida emplatada con cartabón, me daba cuenta de que llevaba dos días mirando todo el asunto desde un ángulo equivocado: la chica no estaba en la finca para vender arcones; había ido a promocionar el lanzamiento de Rutas Exóticas.
Satisfecho, traté de revolverle el pelo a Little Gong. Por poco me arranca la mano de un mordisco.