El misterio de Finca Rotunda Chapter 14
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Chapter 14

Encontré el jardín de Finca Rotunda en un estado de indignada agitación. La causa del tumulto, que flotaba en la piscina, eran seis merengues negruzcos cubiertos de moscas que habían logrado congregar, enfurecer y en parte desmayar a la multitud.

Armado con una red, Sinde, se afanaba por pescarlos.

—No preocupar. Todo natural. Fruto de animales nobles. En mi país usar para tratar la sepsis.

Me planté junto a Dimitrios, cuyos ojos extraviados estaban muy lejos de allí.

—Interesantes nenúfares —dije.

—De una farola, sí —respondió él—. O de un puente. De donde sea; pero hay que colgar a ese crío.

Volvió en sí con un estremecimiento.

—Ah, señor Macero. Precisamente me disponía a charlar con los compañeros de Quiñones. ¿Quizás desea acompañarme?

Me pareció una idea excelente. Más aún cuando supe que pretendía hacerlo en el edificio de las cocinas, lejos de las miradas de los invitados.

Eso me daría la oportunidad de curiosear en el misterioso anexo.

No tenía intención de aceptar el encargo de la señora Puy, pero eso no significaba que no sintiera curiosidad por el asunto.

—Al fondo —dijo Dimitrios sujetando la puerta batiente—. Estaremos más tranquilos.

La cocina era larga y angosta, insuficiente para la cantidad de personal trajinando en su interior, y quizás por eso costaba entender para qué demonios la habían dividido en dos secciones.

En la primera, al recién llegado lo asaltaban densas y requemadas neblinas, instrucciones y juramentos proferidos en media docena de lenguas, destellos de llamaradas prontamente sofocadas y, si no se agachaba a tiempo, las bandejas de camareros apresurados. Nadie nos prestó atención.

En la segunda, tras una cristalera divisoria, reinaba el más absoluto silencio.

El cambio fue tan brusco que se me taponaron los oídos.

En esta especie de biblioteca, y al calor de llamas tan finas que eran apenas trémulos filamentos, borboteaban cinco enormes pucheros.

A su cuidado estaba un circunspecto chef que, con precisión de relojero, tomaba su temperatura y las auscultaba; me pareció que incluso les hablaba.

Si su chaquetilla hubiera sido más larga, habría podido pasar por un científico.

Nos dedicó una mirada de bibliotecario contrariado.

—Necesitamos hablar con el personal, Sartorius. No te molestaremos.

—No molestarme, ¡ja! —dijo ahogando las erres—.

Anoche esa arpía baja una docena de veces a fustigarme y meterme prisa.

¡Una docena! ¡A mí, Anton Sartorius, creador del Dekonstruiertes Schnitzel !

Ahora el mayordomo quiere usar mi cocina como salón.

Y para colmo esperan que haga mi trabajo con eso ahí plantado día y noche.

Eso era un un tipo achaparrado, de nariz bulbosa y pómulos llenos de venas que, sentado en una silla contra la pared, nos observaba sin expresión mientras barajaba un taco de naipes.

Para un póker le faltaban compañeros; para un solitario, una mesa; así las cosas, se contentaba con barajar.

El calor sofocante le había obligado a quitarse la chaqueta, lo cual a cambio nos obligaba a los demás a ver sus rosetones y la culata del arma en su pechera.

Custodiaba la entrada a una cámara refrigerada asegurada con cadenas.

—Mera precaución —se apresuró a explicar Dimitrios—. La colección de vinos antiguos del señor Rojas es extremadamente valiosa, y no sería la primera vez que el personal eventual prepara tintos de verano con la botella equivocada.

Era una explicación ensayada, precocinada como una lasaña servida en clase turista, e igual de insatisfactoria.

—¿Qué hay en los pucheros?

—Ah —la sonrisa del griego se expandió—. Para honrar la tradición local, los Rojas servirán albóndigas gourmet siguiendo una receta milenaria. Estas cosas son importantes en la comarca; de ahí que Luna siga todo el proceso muy de cerca.

—¡Demasiado de cerca!

—Vea las llamas, son meros filos. A esa intensidad, los pucheros tardan cinco días en coger temperatura; después, el guiso cuece durante otros cinco. Es un proceso complejo.

—¡Condenadamente laborioso! Y si me dejan trabajar, quizás esté listo para el banquete de mañana.

—Por su bien, así lo espero —me susurró Dimitrios.

Y entonces, reconociendo a un camarero a través de la cristalera, se asomó y lo llamó.

Entró un joven chupado, de rápidos andares, cuya mirada esquiva y ademán escurridizo le auguraban un futuro como corredor de apuestas ilegales o soplón penitenciario. Lo primero que hizo fue saludar al matón de la silla.

—¿Cómo va la cosa, Rondo?

—Trepidante.

Dimitrios observó el estado del uniforme del chico. Lo que vio no fue de su agrado.

—Señor Macero, le presento a Luengo, compañero de habitación del fallecido.

—Escuche, Dimitrios. Como Quiñones no va a necesitar su salario, he pensado que lo justo es que lo reparta entre los demás camareros. ¿Qué le parece?

—Que quizás debamos retenerte el tuyo para costear las exequias.

—Hm. En esa frase hay una palabra que no conozco.

—¿Exequias?

—Está bien, dos. Pero igualmente me parece una idea terrible. ¿De qué querían hablarme?

—¿Cuándo viste por última vez a Quiñones? —dije.

—Déjeme pensar… Tuvo que ser el lunes. Sí, eso es. Lo recuerdo porque esa mañana Lady Brisket se quejó de mis uñas.

—¿Estaban sucias? —dijo Dimitrios espantado.

—Limpias como una patena. Pero flotaban en su gazpacho.

La mirada del griego podría haber fundido vidrio.

—Hoy es jueves —intervine—. ¿Eres su compañero de habitación y no lo has visto desde el lunes?

—Eso he dicho.

Dimitrios y yo permanecimos en silencio, esperando una lluvia de detalles que no llegó.

—No sé qué esperan que les cuente. La litera no era para él, es todo lo que sé. Todos supusimos que había encontrado una cama más mullida. ¿Dónde? Ni idea. Pero tenemos una porra al respecto. —Y añadió, con voz de lagartija—: Mi apuesta es la exseñora Rojas.

Yo, sin embargo, tenía una teoría diferente, que exploré tan pronto despachamos a Luengo.

—Oiga, Dimitrios, ¿quién ocupa el bungalow seis? No me refiero durante la boda, sino el resto del año.

—El señor Maraver.

—¿Con su prometida?

Tardó en responder. Con la aprensión del explorador que avanza sobre hielo fino, me contó lo que yo ya sospechaba: que un entrepener nunca duerme; se debe a sus negocios, los cuales lo reclaman a horas intempestivas…

entradas y salidas, ruido a deshoras… hasta que se acuerda habilitar uno de los bungalows para el gran empresario.

—Ya veo. Una solución práctica.

—De lo más práctica, señor.

Mientras Dimitrios salía a pescar más camareros, yo me acerqué a Rondo, el silencioso cancerbero. Seguía barajando sus naipes, seguía sentado, seguía mirando al vacío.

—¿Un chinchón?

—Piérdase.

—¿Siete y medio?

—Mire, listillo, acabo de conocerlo y ya estoy harto de usted. No crea que no he visto cómo mira mi puerta. ¿A qué tanto interés en ella?

—Me interesa todo lo que se cuece en esta cocina.

—Jua. Me troncho. Usted debe ser el humorista de la boda. Encantado, yo soy el sous-chef . ¿Quiere saber cuál es mi especialidad?

—¿Quiero?

—Los huevos rotos.

Mi sonrisa no flaqueó, aunque me sobrevino un familiar hormigueo que suelo relacionar con las entradas en la piscina.

—Un clásico imperecedero —repliqué—. Yo, por el contrario, prefiero los riñones ensartados.

Dimitrios y yo aún interrogamos a media docena de camareros, todos ellos incapaces de aportar un solo dato de interés acerca de las últimas horas de Quiñones, antes de dar por ordeñado el establo.

—¿Qué tal si comprobamos la grabación de seguridad? —propuse.

A lo que los ojos del griego reaccionaron vaciándose de todo signo de vida.

—Colgarlo, sí —musitó, como retomando una vieja conversación—; del campanario, quizás; de un balcón cualquiera…

—¿Está conmigo, Dimitrios?

—¿Eh? Sí, sí. Vamos. Será mejor que lo vea usted mismo.

Igual que la tarde anterior, accedimos a la residencia por la sala de billar. Los ataques contra la caoba se habían recrudecido, hasta el punto de que lo que días atrás había sido un elegante panel veteado, se asemejaba hoy a una galería de tiro.

El griego parecía profundamente afectado por el estropicio. Su único consuelo, según me confesó camino del garaje, era que una bola perdida había alcanzado a uno de los jugadores menos ágiles en plena sien.

—Cuatro puntos de sutura —dijo, saboreando cada puntada—. Llama cada seis horas pidiendo un analgésico efervescente, y yo le subo un vaso de gaseosa.

Salimos del garaje montados en uno de los ridículos carritos de golf, que nos transportó hasta el portón de hierro forjado. Solté un juramento al ver las cámaras de seguridad torradas y cubiertas de espuma.

—¿Sabotaje? —dije, asaltado por una cascada de hipótesis conspiratorias.

—Vandalismo. Ayer a medianoche esperábamos un pedido urgente de gasoil para la caldera. Y cometimos el error de dejar que Little Gong se enterara.

—¿Ese reguero en el camino es queroseno?

—Buen olfato.

Por lo visto, al pequeño terrorista le pareció didáctico comprobar qué explotaba antes, si el gasoil de la cisterna o la sin plomo del depósito.

Gracias al cielo, el conductor tenía un extintor y excelentes reflejos.

Apagó las llamas a tiempo de evitar ambas explosiones, pero no a tiempo de salvar las cámaras.

—Va a ser una semana muy larga para los abogados del señor Rojas.

Regresé a pie y malhumorado. Había contado con la grabación de seguridad para averiguar quién había sacado el cuerpo de Quiñones de la finca. Tenía sólidas sospechas al respecto, pero ninguna prueba; y sin ellas, mis sospechas no valían más que los mojones que Sinde seguía sacando de la piscina.

Consulté mi reloj. Eran casi las tres de la tarde. Decidí hacerle una visita a Verónica Puy; con un poco de suerte la encontraría recién levantada y lo suficientemente sobria.