Chapter 13
El ayuntamiento de Posos del Somormujo era un antiguo establo levantado a base de amorfas piedras encaladas que, a fuerza de perder el mortero, recordaban a dientes sucios con encías en retroceso.
El aspecto lo empeoraba, aunque sólo marginalmente, la capa de hollín regurgitado por las ventanas del segundo piso.
—¿Es seguro entrar ahí? —pregunté mientras Ramajo buscaba aparcamiento.
—Huele raro, pero los bomberos aseguran que no hay riesgo de derrumbe.
Maniobró de modo admirable para escurrir el coche entre un camión de bomberos y un tractor. Después, con menos tino, aplastó un vespino y hundió una rueda en la fuente de agua potable. Satisfecho, apagó el motor y nos unimos a las docenas de vecinos que cruzaban la plaza.
De pronto, sobre todos los demás ecos se impuso un taconeo decidido, pujante, incisivo.
Cómo se las apañaba Luna Rojas para no clavar sus tacones entre los adoquines, sólo ella lo sabía.
Embelesado, Ramajo corrió a abrirle la puerta.
Ella pasó sin detenerse, dedicándole un saludo indiferente y dejando tras de sí el recuerdo de un ecosistema curvilíneo de efectos caleidoscópicos perfilado por una blusa vaporosa.
Tuve que sacudirlo para que volviera en sí.
—Le he pedido matrimonio dos veces —me susurró mientras buscábamos asientos—. No entiendo qué ve en Maraver.
El salón de actos se había transformado en salón de plenos.
En la práctica, eso requería la adición de otras cincuenta sillas de tijera y de una mesa —cuya forma oblonga recordaba sospechosamente a la de un casino— cubierta por un hule.
Completada la metamorfosis, el municipio de Posos del Somormujo estaba listo para la asamblea de sus prohombres.
Tomamos asiento y contemplé a los protagonistas de la función matinal.
La mesa de concejales era una foto-finish de la carrera de la vida compuesta por Cazorla y cuatro espantapájaros medio embalsamados.
Al más decrépito lo conocía: don Cecino se había acicalado para la ocasión y lucía una túnica de nailon carmesí a la que había planchado cartas astrales adhesivas.
De su carrito de la compra, al que se aferraba como si se aproximara un tifón, asomaban uvas, acelgas y una barra de pan.
Junto a él, un tipo rubicundo desplegaba un muestrario de botellas de las más variadas graduaciones.
—Concejal Schlaffgut, por favor —lo reprendió Cazorla—. No usemos el pleno con fines comerciales.
Schlaffgut retiró su mercancía, musitando algo acerca de sobreregulación. El tercer concejal se encajaba una trompetilla en la oreja, mientras el cuarto tosía sangre en una taza de latón.
—¿No son un poco talluditos para comandar el barco? —susurré.
—Al contrario. La sabiduría de nuestros mayores es nuestro bien más preciado. Sin eso, ¿qué nos queda?
Mientras los últimos vecinos tomaban asiento, se unió a la mesa un solícito secretario.
—¿Le guardo el carrito, don Cecino?
—Ni se te ocurra tocarlo, chaval. Hay criminales sueltos, ¿no has oído?
El joven le dedicó una sonrisa amable mientras comprobaba sus bolígrafos. Cecino lo atrajo hacia sí.
—Oye, chico, ¿dónde están las chorbas?
—¿Perdone?
—No me dirás que somos todo tíos y eso —dijo señalando a la alcaldesa.
En ese momento la susodicha emergió de debajo de la mesa con las mejillas tiznadas, como si viniera de sofocar llamaradas. Guardó a toda prisa la lata de betún, posó para los fotógrafos y tocó una campanilla.
—Se abre la sesión —proclamó—. Antes de nada, quisiera pedir un minuto de silencio por…
—¿Estamos en peligro? —chilló alguien desde el fondo de la sala—. ¿Hay un asesino suelto?
Cazorla hizo un gesto tranquilizador.
—Calma, por favor. Abriremos un turno de preguntas tras el debate del pleno. Ahora les pido a todos un minuto…
—¡Nadie nos cuenta nada! —protestó otra voz—. Mi madre está aterrada. Se ha encerrado en su casa y pretende alimentarse exclusivamente de plancton.
—¿Plancton?
—Sí, como el filósofo.
—Escúchenme todos…
Los ruegos de la alcaldesa los devoró el creciente griterío.
Cazorla probó todo tipo de ademanes y aspavientos, hasta que finalmente sacó una maza y la descargó sobre la mesa.
De un compartimento llovieron fichas de póker, que rodaron bajo las sillas.
Poco a poco, su tintineo capturó la atención del personal y extinguió el alboroto.
Para cuando la última ficha se tambaleó y cayó, la sala había enmudecido.
—¡Que digo que yo creía que veníamos a una orgía! —le berreó Cecino al concejal de la trompetilla, y el eco de sus palabras reverberó en el silencio atónito.
—Qué interesante —respondió el otro con placidez—. Y si no es eso, ¿para qué estamos aquí?
Cazorla dio un manotazo que por poco vuelca la mesa.
—Escuchen de una vez. Nos enfrentamos a una emergencia y hemos de tomar medidas.
—Aquí la única emergencia es la ausencia de mujeres —rezongó Cecino.
—Pero si tiene una a su izquierda —replicó Schlaffgut.
—¿De veras? En ese caso pido ser yo quien le tome las medidas.
El secretario levantó la mano.
—Propongo organizar una subcomisión que estudie posibles soluciones al reto de la escasez de mujeres.
—¿Quiere que le hable de posibles soluciones, secretario? —dijo Schlaffgut—. Venga a verme más tarde, le pondré al corriente.
Cazorla aporreó la mesa tan fuerte que parecía querer partirla en dos. Pensé que si persistía, lo lograría.
—Señores concejales, por favor. Nuestro orden del día tiene dos puntos: un incendio y un asesinato. ¿De cuál quieren hablar primero?
—Yo propongo hablar de mi tiroides —dijo Cecino.
La cabeza de Cazorla cayó sobre la mesa.
—¿No apunta nada? —me susurró Ramajo.
—Tengo buena memoria —dije guiñándole un ojo.
En la última fila, un hombre embutido en un traje antirradiación se irguió con dificultad.
—¿Es que no lo veis? —aulló su voz distorsionada—. El pueblo enloquece. Es el agua, que tiene dioxinas.
Gritos de espanto recorrieron la sala.
—Yo no bebo agua, sólo licor de chistorra —dijo una joven—. ¿Estoy a salvo?
—¡No! Nadie lo está. Hemos de traer inspectores de sanidad a nuestras depuradoras y licoreras.
La idea puso en pie al concejal Schlaffgut.
—¡Ah no, de eso ni hablar! Mi tendedero… quiero decir, mis instalaciones de destilado están en perfectas condiciones. ¡Prístinas!
Algo rodó por la mesa. El concejal de la taza de latón se inclinó hacia la alcaldesa.
—Chata, ¿tiene usted mis medicinas? ¿No? Lástima, porque creo que acabo de esputar otro trozo de tráquea.
Entonces sucedió algo que sumió la sala en un silencio expectante, casi reverencial. Cecino, que había estado inclinado sobre su carrito, se irguió con la barra de pan levantada a modo de pararrayos. Cazorla observó el efecto con patente envidia.
—Nos enfrentamos a actos diabólicos —anunció Cecino—. ¿Acaso no veis las señales?
La alcaldesa asintió, satisfecha de reencauzar la sesión, y todas las cabezas se giraron ansiosas hacia donde ahora apuntaba la barra de pan, a saber, la pared del fondo; pero en lugar de iluminación, encontraron el horario de las clases de pilates.
Entre la multitud distinguí el rostro impasible de Gildo Rojas.
Lo acompañaba Dimitrios, que le susurraba algo al oído.
—¡Nos roban los cadáveres! —bramó Cecino.
La expresión de Cazorla mutó a una de estupefacción. La sala entera se estremeció.
—¡Los Resurreccionistas! —chilló alguien.
—Ladrones de tumbas, profanadores del templo del dios del aire y lo oculto —voceaba Cecino con ojos febriles—. ¡Dios no perdona la soberbia del pueblo de Posos del Somormujo, que inventó el motor de explosión y la penicilina!
Elevó sus brazos en apocalíptico frenesí.
—¡Manantiales de dolor! Los cadáveres robados se alzarán en un ejército de fuego y destrucción. ¡Y ese será el fin de los tiempos!
Se desplomó sobre su silla, pasado el rapto extático, y añadió con voz serena:
—Pero antes, hablemos de mi tiroides.
Decidí que había escuchado suficiente. Cuando me levanté, Ramajo me pasó una nota que había estado garabateando.
—¿Se la dará a Luna de mi parte?
La desdoblé. Contenía el número de teléfono y la dirección de correo electrónico de Ramajo; también su altura, medidas e historial de vacunación, así como varios ripios de amor y una lista de las distintas maneras que conocía de llevar al éxtasis a una mujer. Se la devolví y salí.
En la plaza, los bomberos entraban y salían por las ventanas del segundo piso.
—Buen trabajo, muchachos —dije—. Me llamo Pinart, soy el secretario segundo. ¿Podemos entrar ya? Nos gustaría evaluar los daños.
—¿Está de guasa? Ese despacho queda sellado hasta que lo vea el perito judicial.
—¿Y cuándo será eso?
—Dos, tres días. Depende de la diputación.
—Entonces sospechan que no fue accidental.
Los bomberos se miraron incómodos.
—Tranquilos —dije—. Yo también creo que fue provocado. Si olfateo el aire me llegan trazas de acelerante. Yo diría que gasolina sin plomo. ¿Me acerco?
La forma en que se mordieron la lengua me dio la confirmación que buscaba. Me despedí y me alejé silbando.
Ramajo me alcanzó cuando me disponía a emprender el camino de regreso a Finca Rotunda. Parecía apenado.
—He hecho averiguaciones. Nadie ha vandalizado el cementerio. Cecino desbarra. Pobre hombre. Temo que los últimos acontecimientos hayan abrumado su alma.
—Hm. Si quisiera hablar con él, ¿dónde podría encontrarlo?
—¿A Cecino? Vive en la antigua finca del Conde Estevos. ¿Por qué quiere hablar con él?
—Porque yo, al contrario que usted, no creo que el venerable desvaríe… al menos no del todo.
—¿Qué significa eso?
—Pues que, como usted bien dice, sería un error ignorar la sabiduría de nuestros mayores.
Ramajo me miró malhumorado.
—De modo que ahora habla usted en acertijos.
—¿Acaso no lo hacemos todos? —dije encantado—. Ande, váyase a casa y descanse. Yo caminaré hasta la finca. Necesito ordenar mis ideas.