El misterio de Finca Rotunda Chapter 12
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Chapter 12

—¡Macero, aquí está!

Era Eugenio del Ramajo. Y su rostro, asomado a la ventanilla de su todoterreno, era un poema romántico: todo agitación y sofoco.

—Lo he buscado por todas partes. Suba o llegaremos tarde.

—¿Llegar a dónde?

—Pero ¿es que no ha recibido mi recado? Lo dejé en la redacción de El Faro de los Pastos . Es extraño, porque quien cogió el teléfono dijo no conocerle.

Como de todas formas no tenía cómo regresar al pueblo, subí al coche.

—Becarios. ¿De qué se trata?

—La alcaldesa ha convocado un pleno extraordinario.

—¿Cazorla está nerviosa?

—Fuera de sí. Un asesinato y un incendio la misma noche, figúrese. Es más acción de la que este pueblo ha visto en treinta años. Yo diría que su carrera pende de un hilo. Agárrese, atajaremos por este trigal.

La mañana era descarnada. El sol apretaba como si la Tierra le debiera dinero, y a nuestro paso los caminos se desmenuzaban. Dejábamos atrás acequias resecas, granjas abandonadas y parejas de bueyes y amos tan demacrados que no estaba claro quién guiaba a quién.

Quizás Maraver tenía razón, pensé. Quizás la región necesitara una inyección de capital. Desde luego no la sostendrían cruasanes de pistacho servidos en boutique hotels .

—¿Cómo ha sabido dónde encontrarme?

—Gracias a un colega suyo, un fotógrafo que encontré en el ayuntamiento.

—Pare el coche.

—Un tipo capaz, su amigo. Nadie lo vio trepar por la escalera de bomberos, y tardaron un buen rato en…

—¡Pare, le digo!

Recorríamos de nuevo el tramo de castaños entrenzados, que a aquella hora era como un túnel frondoso, y entre sus madejas de luz espectral yo acababa de ver destellos donde no correspondía, esto es, a los pies de un castaño viejo y torcido que, como todos sus primos, necesitaba apoyarse en el murete que delimitaba su lado de la carreterucha.

Salté del coche. Podía no ser nada; podía haberlo imaginado; o podía, como al final resultó, ser la confirmación de que mi farol con Maraver había dado en el blanco.

Porque allí lo tenía: un bonito puñado de cristales de faro rotos.

—Aquí es donde se la pegó —musité.

—¿De qué habla? Vuelva al coche, tenemos que irnos.

Huellas de frenazo. Semiocultas bajo briznas de paja. ¿Había intentado camuflarlas de ese modo tan torpe? Tratándose de Maraver, no lo descarté. Pero en ese caso, ¿por qué dejar los cristales? Nada encajaba del todo.

Un atónito Ramajo se reunió conmigo junto al murete.

—La clave es averiguar qué trataba de evitar —dije para mí—. No una vaca, imposible, no pueden saltar el murete.

—Quizás chocó contra un fardo de paja —ofreció Ramajo.

Eso habría explicado la paja en la calzada, por supuesto; el problema era que no había fardo. Le agradecí igualmente el intento; los profesionales, le expliqué, siempre apreciamos las contribuciones de mentes menos entrenadas, por muy erradas que estén.

—¿Se le ha ocurrido mirar detrás del murete?

En mi defensa diré que mi siguiente paso iba a ser precisamente ese.

—¡Bravo, Ramajo!

Era un espléndido fardo de paja. Rectangular y compacto, de unos quince kilos de peso, bien amarrado y, por cómo se hundía en el centro, recientemente golpeado por un morro aerodinámico.

De un brinco garboso me planté al otro lado del murete, con tal puntería que mi pie fue a hundirse en una plasta con forma de ensaimada.

Moscas verdes levantaron el vuelo mientras yo maldecía aquel agujero primigenio.

Por algún motivo, que achaqué a ritos chamanísticos, en aquel punto habían apilado excrementos de vaca.

Alguien los había recolectado y amontonado .

Me estremecí. La depravación del salvaje no conoce límites.

—Hay que irse, Macero. ¿Ha terminado?

El estudio del fardo no reveló nada de interés. Sí lo hizo, sin embargo, el fino rastro de hierba aplastada, de apenas tres centímetros de anchura, que, paralelo al murete, se perdía en dirección a Finca Rotunda. Sonreí.

—No he hecho más que empezar.