El misterio de Finca Rotunda Chapter 11
32%

Chapter 11

Un neón triunfante, con las palabras Rutas Exóticas en caligrafía inclinada, coronaba un edificio de tres alturas por lo demás envuelto en andamios.

A pesar de encontrarse apagado (quizás por las obras, quizás por ser de día, quizás por una combinación de ambas), el neón emergía, pinacular y evocador, como dirigiendo la efervescente orquesta de camiones-grúa, martillos percutores y sierras radiales desplegada a sus pies.

—¡Carga y descarga por allí! —nos gritó un carretillero sin detenerse.

Allí me dejó Oliveri y allí caí de rodillas, rebosante de dicha.

Los roncos motores al ralentí me transportaron a la gloriosa placenta del núcleo urbano; al orden y proporción de las obras y socavones.

Inhalé el dulcísimo aroma que exudaban los bajos de un camión hormigonera, y con ello me vi transportado a mi niñez.

Luego estudié los alrededores. En especial un Porsche de color naranja, equipado con un alerón hipertrofiado, cuyo parachoques delantero sostenían, torcido, varios metros de cinta americana. Tenía un faro roto. Y era fácil adivinar a quién pertenecía.

El pollo llevaba puesto un casco de obra, pero por lo demás vestía como si fuera a oficiar el bautizo de un catamarán en Puerto Banús.

Exudando condescendencia, pontificaba ante un grupo de obreros.

Los cuales, a su vez, exudaban ganas de arrearle un par de sopapos.

Con uno bastaría, pensé; aquel fantoche no se levantaría después del primero.

Concluí que usaba peluquín; en parte porque las sienes eran de un tono ligeramente más claro (algo que sólo la mirada avezada del investigador privado habría podido detectar) y en parte porque mientras venía hacia mí se quitó el casco, y al hacerlo se le cayó el felpudo. No hizo ademán de recogerlo.

—¿Sabe de deportivos, Macero?

—Ni jota. Yo conduzco un Kadett. ¿Nos conocemos?

—Jacobo Maraver —dijo tendiéndome una mano con anillos en los meñiques—. Luna me habló de usted, lo he reconocido al instante.

Conté tres pañuelos de seda: el que emergía del cuello de su camisa, el que asomaba del bolsillo de su americana y el que usó para limpiarse la mano tras nuestro apretón.

—Quisiera hacerle unas preguntas.

—Todas las que quiera. Pero me temo que le seré de poca ayuda. No crucé una palabra con la influencer .

—Es sobre lo ocurrido anoche.

Su cara fofa se retorció en lo que, sospecho, pretendía ser una expresión compungida; o quizás empujaba un resto de comida atrapado entre muelas.

—Ah, sí. Acabo de enterarme. Qué tragedia. Pero no me dirá que Gildo ha extendido sus atribuciones a…

Hice un gesto conciliador.

—Sólo quiero descartar que ambos asuntos estén relacionados.

—Por supuesto. Muy sensato. Venga, tomemos algo dentro. El sol hoy clama venganza.

Fui a agacharme a recoger su peluquín, pero me detuvo.

—Déjelo. Sólo estoy probando tonos para las fotos de boda.

En la penumbra de un angosto pasillo una veintena de puertas, partidas o colgando de sus goznes, dejaban entrever salitas en diferentes estados de demolición.

Al final desembocamos en una vasta bóveda de triple altura, impresionante del modo en que lo es una gruta subterránea: era un espacio guarro, oscuro y habitado por murciélagos, pero uno apreciaba la acústica del lugar.

De hecho, en el centro se elevaba un cochambroso montículo que en su día bien podía haber sido un escenario.

—Es de lo más inconveniente, ¿no cree? —dijo Maraver mientras abría una nevera portátil.

—¿El qué?

—Dejarse matar precisamente este fin de semana. En pocas horas, en la comarca no se hablará de otra cosa.

Agarró una botella de champán, pero, tras considerarlo, la cambió por otra rectangular.

—Licor de chistorra. Le gustará, es artesano.

Antes de tener el vaso en la mano, yo ya estaba buscando un sitio donde verterlo.

—¿Piensa construir apartamentos?

—Apartamentos, qué ocurrencia. Piensa usted como un hijo de la gran ciudad, claro. Allí todo son colmenas de apartamentos.

—Así es —dije con nostalgia.

—Pero nuestra situación es otra, Macero. Lo que esta comarca necesita es industria. Inversión, empleo y prosperidad; sobre todo prosperidad.

—¿Y Rutas Exóticas es todo eso?

—Todo eso y mucho más. Seremos la mayor empresa cárnica del país.

Aquello debía impresionarme; debía pedirle un selfie y un autógrafo allí mismo; reservar entradas para su charla TED. En lugar de eso, dije con voz plana:

—Va a hacer salchichas.

—Albóndigas, para empezar —respondió algo picado—. Primero disrrumpiremos el mercado de las albóngidas; luego expandiremos. Puedo contárselo porque ayer mismo firmamos las ayudas de Bruselas y del ministerio de Industria. Esta tarde será público.

Me sacudí las arañas que trepaban por mi pernera. Quizás carecía de visión comercial, pero todo cuanto veía a mi alrededor era una ruina insalubre.

—¿Tendrán espacio suficiente?

—Habrá que ampliar —admitió—. Pero este inmueble era una oportunidad demasiado buena como para dejarla escapar. Fíjese que incluso hemos podido conservar el neón original, sólo ha hecho falta cambiar una consonante. Se lo compré todo a precio de saldo a Venancio Molín. ¿Lo conoce?

—De oídas.

—Otro entrepener de la zona. Vieja escuela. Negocios algo menos sofisticados, quizás, pero no por eso menos inspirador.

—¿Y cuál es el plan para Rutas Exóticas? ¿Rojas lo financia y usted lleva el negocio?

—Correcto.

—¿Y su futura?

—Luna posee un tercio del negocio, como es su derecho, pero deja el día a día en mis manos. Su principal función es ser mi talismán. Ya conoce el dicho: detrás de todo gran hombre…

—¿Hay un cobrador del frac?

Maraver torció el gesto.

—Sepa que aborrezco el cinismo. Aunque no niego que a veces sea como usted dice. Al fin y al cabo, a un entrepener lo forjan sus reveses. No lo digo yo, sino mi extensa biblioteca sobre desarrollo personal adquirida en aeropuertos. ¿Le gustaría escuchar algunos de mis reveses?

—No.

Pero la pregunta era retórica. Se lanzó a relatarme, con alarmante profusión de detalles, algunos de sus fracasos.

—Tres veces me he arruinado, sí. La última no hace ni dos años.

Me hipotequé hasta las cejas para producir una película rodada con cámaras IMAX.

Una versión porno de Siete novas para siete hermanos ambientada en un jacuzzi.

Catorce pechos para media familia del Opus , iba a titularse. El banco se quedó hasta los albornoces.

En la gran corporación, continuó diciendo, tampoco duró mucho.

Lo que tardaron tres empleadas en denunciarle a Recursos Humanos por conducta impropia, y lo que tardó él en enviar, a modo de vehemente alegato de defensa, un email dirigido a toda la compañía con el asunto «¿Pero qué culpa tengo yo si me gusta follar? ».

—¿Y supongo que su suerte cambió cuando conoció a Luna Rojas?

Su cara de huevo se iluminó como si lo hubieran metido al microondas.

—Radicalmente. Desde que la conozco, el éxito me persigue a mí.

Nos completamos, ¿comprende? Somos un árbol con dos troncos.

Miguel Ángel y su musa. Y esto que ve, Rutas Exóticas, será nuestra Capilla Sixtina.

Ojalá pudiera contarle todo lo que hemos planeado…

Pero no debo. Secreto profesional, y todo eso.

De pronto rompió a reír.

—Pero divago. ¿De qué quería usted hablarme?

—De su empleado asesinado.

—Ah, sí. ¿Cómo se llamaba?

No me gustó el tono relajado de su voz.

—Quiñones.

—Sí, creo haber cruzado una palabra o dos con él. Parecía un buen chico.

—Pues alguien no pensaba igual. ¿Sabe si estaba metido en líos?

Soltó una risita.

—Otra ocurrencia, pensar que estoy al corriente de la vida privada de mis empleados rasos. Como comprenderá, no es apropiado que el Capitán General intime con la tropa.

Agarró la botella y, con ella en la mano, apuró su vaso en el mismo momento en que yo decía:

— Intimar es una palabra interesante, porque Quiñones parecía conocer bien el bungalow seis.

Un chorro de licor de chistorra me bañó la cara. Al mismo tiempo, tanto la botella como el vaso se hicieron añicos contra el suelo.

Pesqué el pañuelo del bolsillo de la americana del petrificado Maraver y me limpié con él. No objetó. Y mientras ambos observábamos los restos de la botella, decidí que había llegado el momento de lanzarme un farol.

—Cristales rotos. Se diría que me persiguen. Ayer encontré un puñado en el lugar más insospechado. En un tramo de carretera con castaños entrenzados en lo alto, camino de La Cloaca.

En el silencio que siguió, un aire polar pareció enfriar la sala. La referencia al Porsche accidentado impactó en plena línea de flotación y, en respuesta, los ojos de Maraver se convirtieron en oscuros filos que calculaban, creo yo, cuánto gel desatascador haría falta para disolver mi cadáver.

—Le contaré una historia instructiva, Macero. ¿Ha oído hablar de Sir Clarence Prescott?

—¿Es uno de sus invitados?

—Difícilmente. Fue un polista victoriano que consideró su deber ayudar a cazar a Jack el Destripador. Y así, una noche de octubre de 1888, se disfrazó de meretriz y recorrió las calles de Whitechapel.

—¿Y consiguió algo?

—Ser sodomizado por tres marineros portugueses.

—Fascinante. ¿Y la moraleja es…?

—Cuando los aficionados juegan a policías, salen mal parados. Hará bien en recordarlo.

A cambio del consejo, yo le ofrecí una sonrisa impávida.

—No le robaré más tiempo, señor Maraver. Le deseo un buen día. Y si le tranquiliza, le prometo no pendonear por barrios chungos.

Pero mi promesa ni le tranquilizó, ni le hizo gracia. En todo caso, acercó su expresión un poco más a la de un jabalí acorralado.

—Casos separados, Macero —le gritó a mi espalda—. El suyo es el de la putuela instagramer .

No lo vi, pero escuché cómo una patada volcaba la nevera portátil.