Chapter 10
Desperté aterido y acalambrado, la garganta seca como el desierto del Gobi, arrancado de mis sueños por un repique de pasos vivos y voces quedas.
Me asomé al pasillo a tiempo de ver dos siluetas alejándose en la penumbra.
Una era una doncella; la otra Dimitrios, que se anudaba la pajarita sobre la marcha.
—¿Ha dicho de qué se trata? —susurró este.
—Sólo que necesita verlos de inmediato. A usted y al señor Maraver.
Me calcé a toda prisa y salí tras ellos.
A mitad de pasillo reparé en que no llevaba pantalones y corrí a remediarlo.
En el jardín me recibió el azul apagado que precede al alba; también el verde oliva que precede a las multas de tráfico —esto es, el de un Nissan Patrol de la Guardia Civil al que Dimitrios, tras intercambiar unas palabras urgentes con el conductor, subió.
No vacilé. Salté al primero de los Audis para invitados, cuya puerta estaba abierta. La suerte me sonreía, pues el motor estaba ya en marcha, y sin demora lo lancé en reversa a un violento latigazo. Impacté con algo sólido, pero no era momento de perderme en detalles.
—¡Oh my God, Richard! —chilló la mujer instalada en el asiento del acompañante, en cuya presencia yo no había reparado.
Miraba horrorizada la luna trasera. Era tan menuda que ni siquiera necesitaba quitarse su ridículo sombrerito de caza, pluma de faisán incluida. Una profusión de collares de perlas concéntricos le daban el aspecto de un ábaco andante.
—Póngase el cinturón —ordené.
—No me secuestre, por favor —dijo con acento inglés—. Le pagaré lo que pida, pero déjeme ir.
—Le pagaré yo a usted si se calla.
Di gas y sólo relajé el pie cuando divisé el Patrol a un cuarto de kilómetro. Una vez hube explicado la situación, mi compañera de viaje la encontró de lo más emocionante.
—No me fio un pelo de ese mayordomo —dijo—. Quiere matarnos de hambre.
—¿Dimitrios? Lo dudo.
—Bueno, las raciones de la cena son más bien rácanas.
—¿Ha probado el pub local? Tienen quinoa.
—Búrlese si quiere, pero el problema es real.
Anoche Richard y yo nos colamos en la cocina en busca de restos.
No habíamos abierto la primera alacena cuando un matón armado nos agarró por el cuello y nos lanzó a la calle.
Literalmente nos lanzó . ¿Puede creerlo?
Rojas ha contratado seguridad para racionar las galletas, el muy mezquino.
Veo que no me cree. Pregunte entonces al ministro de Industria, o a la baronesa Kinsky y su mayordomo; también a ellos los han echado de la cocina durante una incursión nocturna.
Ya no estábamos en la comarcal. La acción se había trasladado ahora a sinuosas carreteras locales.
—Qué cantidad de policía —observó la mujer.
Tenía razón. Algo gordo había ocurrido durante la noche, porque apenas había un cruce o rotonda sin control policial. Al Patrol, por supuesto, no lo detuvieron; a nosotros, milagrosamente, tampoco. Quizás la ricachona a mi lado ayudaba; quizás reconocían la flota de Rojas; o quizás tuvimos suerte.
Veinte minutos más tarde el paisaje se había desecado y allí estábamos, atravesando una tierra que suplicaba por un vaso de agua. Buitres escuálidos planeaban sobre un río moribundo, esperando a que la siguiente bajada de nivel desvelara nuevas y blandas carroñas.
El Patrol tomó un sendero que descendía casi en picado hasta el río. Yo detuve el coche y me asomé.
—¿Sabe conducir por la derecha?
—Siempre he querido probar —dijo mi acompañante en tono jovial, saltando al asiento del conductor y alejándose a trompicones.
Para no ser visto, tomé el escarpado pedregal.
Mi descenso fue irregular. Los primeros metros los salvé con el mayor de los sigilos, casi con donaire; después fui resbalando y ahogando maldiciones, para, en el tramo final, rodar como un muñeco mientras juraba cosas que habrían sonrojado a un estibador victoriano.
Los buitres debían estar de mi parte aquella mañana, porque sus súbitos chillidos —comunicándose, imagino, que esa madrugada el río había devuelto una pieza particularmente suculenta— taparon el ruido que hizo mi chasis al chocar contra el del Patrol.
El pulso entre el paragolpes y mis costillas lo ganó el primero, pero ni Dimitrios ni el agente se percataron de mi llegada, ocupados como estaban en chapotear en el cauce raquítico.
—Siento que tengas que ver esto, Dimitrios. Pero necesito una identificación. ¿Es de la finca?
—Es… es uno de los camareros contratados para la boda, sí.
—¿Cómo se llamaba?
—Quiñones. Nunca supe su nombre de pila. Lo sabrá Maraver, habla con él.
—Lo he intentado, pero no lo localizo.
—¿Has probado en el Rutas Exóticas?
El agente anotó esto último. Después dijo, buscando las palabras:
—Y supongo… Carajo, no sé ni cómo preguntar esto. Supongo que anoche el chico estaba... ¿entero?
Alguien vomitó. Por el acento supe que era el mayordomo.
—¿Dónde está la pierna que falta?
Por el sendero descendían, en tambaleante procesión, una ambulancia, un furgón de la Policía Nacional, un utilitario en el que supuse que viajaría el juez de guardia y una furgoneta de El Faro de los Pastos .
—Llega la caballería —dijo el agente—. Tú y yo hemos terminado aquí. Regresemos. En el cuartel tengo una botella para calmar los nervios.
Aproveché que los agentes se enzarzaban en una discusión sobre jurisdicción para sacar una tarjeta de mi cartera y engancharla a los cordones de mi jersey. Con esta improvisada acreditación, me uní al grupo en la orilla. Sentí que me succionaban el aire del cuerpo. Era Quiñones, no cabía duda.
Escaneé la orilla en busca de marcas de arrastre, sin encontrar ninguna; aquello había sido un trabajo en pareja.
—Diez puntos para quien encuentre la otra pierna —dijo una voz a mi espalda.
Pertenecía a un fotógrafo alto y fibroso, de aspecto juvenil a pesar de estar bien entrado en la cuarentena y completamente calvo.
Apretaba el disparador igual que hablaba: con despreocupación rayana en desinterés, como si estuviera cubriendo unas olimpiadas escolares; como si en aquel agua poco profunda no flotara el macabro coral de cartílago y tendones de un muslo cercenado no por un cirujano, sino por un matarife que llevara meses sin afilar su instrumental.
Me tendió una mano.
—Germán Oliveri. El Faro de los Pastos .
—Félix Marchante —respondí—. El Boletín Comarcal . Soy nuevo en la zona.
—Sangre nueva, espléndido. ¿Y qué tal paga El Boletín Comarcal ?
—Una miseria. ¿Y El Faro ?
—Una miseria. Pero esta historia pienso colocarla también en El Cosechador, El Vocero del Valle, La Gaceta del Mirador y La Retorta Vespertina .
—La vida del freelance, hermano.
—Amén. Y si lo que ha arrancado esa pierna tiene colmillos, podré añadir Cazador y Taxidermista a la lista.
Mientras tanto, los enfermeros tenían dificultades para sacar el cuerpo del agua. Hizo falta cortar la cuerda que lo conectaba a varios discos de pesas.
—Eso no lo entiendo —dijo Oliveri—. ¿Para qué lastrarlo, si iban a traerlo a esta charca?
Aún tuve tiempo de echar un rápido vistazo al cuerpo de Quiñones. En particular a su cuello amoratado, marcado por crueles marcas de estrangulación. Finca Rotunda estaba resultando ser un mundo pequeño y peligroso.
Pronto, en el río sólo quedamos Oliveri y yo. Su teleobjetivo seguía ahora la trayectoria de los buitres.
—Compañero, ¿crees que podrías acercarme a un lugar llamado Rutas Exóticas? Mi furgoneta está en el taller.
—Me gusta tu estilo, hermano.
—¿Mi estilo?
— El Boletín Comarcal no existe. Y eso que llevas colgado es la tarjeta del Carrefour. Y aún así ni el juez, ni los enfermeros, ni los polis te han mirado dos veces. Hace falta talento para eso. —Me miró con interés—. ¿Investigador privado?
—Pillado. Trabajo para los Rojas.
—Sí, reconozco a los de tu parroquia. Sube, te llevaré. A cambio de que me llames si tropiezas con algo que pueda vender.
Sellamos el acuerdo con un apretón de manos.
—Es una buena idea ir a ver a Maraver. Te acompañaría, pero antes debo cubrir el incendio.
—¿Qué incendio?
—¿No te has enterado? En el ayuntamiento. La oficina de Cazorla ha ardido esta noche.
Eso explicaba los controles en las carreteras. Buscaban a un pirómano.
—¿Algún herido?
—Desafortunadamente no. Aún así, Sosiego Rural quiere fotos mientras las paredes aún humean.