El misterio de Finca Rotunda Chapter 9
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Chapter 9

Había luz en el bungalow seis cuando llamé a la puerta.

Un portazo, pasos apresurados y el tintineo de copas amenizaron mi espera.

Hasta que la puerta se abrió y apareció ante mí un camarero de rostro puntiagudo, sosteniendo una botella de Dom Pérignon y dos copas a modo de bienvenida.

Rondaba los veinte años y le sobraba sonrisa, seguridad en sí mismo y sobre todo gomina, que había aplicado con tal liberalidad que los sesenta watios de la lámpara serpenteaban por sus sienes como trémulos amaneceres sobre el río Mekong.

Su sonrisa pícara se desmoronó al verme. Casi pude oír el derrumbe.

—Busco al señor Maraver —dije.

—No está aquí.

—¿Y dónde puedo encontrarlo?

—¿Qué sé yo? Yo sólo he venido a traer esto.

—Y ya que venías, te has puesto cómodo —dije señalando las velas aromáticas encendidas.

No trató de venderme una excusa a medio cocinar, como pensé que haría; en lugar de ello, tras pensarlo medio segundo, se hizo a un lado con una sonrisa descarada.

—Pase, está en su casa. Esperaremos juntos. Será divertido ver la cara de Jacobo… del señor Maraver cuando le vea. Usted es el detective, ¿verdad? Dimitrios nos ha dicho que debemos ayudarle en todo cuanto podamos —añadió con una mueca burlona.

—Eso está bien. ¿Cómo te llamas?

El chico se presentó como Juanfran Quiñones, aunque si me apetecía, me dijo, podía llamarle El Quiño.

No me apetecía. Era uno de los veinte camareros que la empresa de catering había instalado en la finca para los festejos, empresa que por cierto pertenecía a Jacobo Maraver.

Hablaba por los codos, resultaba difícil pararlo, y de ese modo torrencial me explicó, aunque yo no había pedido información al respecto, que la hostelería no era su vocación; que lo que él deseaba era trabajar en el hipódromo, pero que esa había resultado ser una industria esnob, endogámica y cerril.

—Insisten en que los candidatos demuestren un coeficiente intelectual superior al de los caballos —dijo con despecho—.

Y no es que yo no pueda pasar ese examen, es que mi mente se rebela ante semejante vulgaridad.

Pues bien, ellos se lo pierden. De todas formas Jacobo necesita comerciales para su nueva línea de negocio…

sí, creo que aceptaré su oferta. Sólo como algo temporal, claro; hasta que termine mi novela.

Iba a escribir la gran novela americana, me dijo. Sentía que había nacido para ello. La dificultad estribaba, según me confió, en no ser ciudadano del país, no haberlo visitado jamás, no hablar el idioma y no saber situarlo con exactitud en un mapa.

Con un suspiro, sacó de un cajón una cigarrera y cerillas. No se me escapó que supiera qué cajón abrir. De vuelta a la butaca, plantó los pies sobre la mesita de café.

—¿No tiene más preguntas? Pensé que en eso radica la labor detectivesca. Además de peleas ocasionales, quiero decir; tiroteos, quizás. ¿Lleva usted pistola?

Pero yo ya no le escuchaba. Toda mi atención estaba fijada en un rastro rojo sobre una balda, que se extendía a los lomos de algunos libros sobre liderazgo y productividad.

—¿Conoces a la influencer ? —dije, sólo para que siguiera hablando.

Exhaló dos aros de humo en dirección al ventilador de techo.

—¿Y quién no? Coincidimos en el gimnasio el lunes por la mañana. Recuerdo que hizo una reflexión interesante.

El lunes. El día que la chica desapareció.

—¿Una reflexión?

—Sí. Fue algo así.

Se tiró al suelo e hizo una flexión. Antes de completarla ejecutó un segundo descenso.

—Me pareció una técnica interesante. Muchos descuidan sus dorsales en el gym . ¿Usted levanta hierro?

—Ocasionalmente, del calibre nueve milímetros —dije rozando la mancha roja; empezaba a secarse; dos días, calculé.

—¿Ha disparado a muchos fulanos? Déjelo, no es de mi incumbencia.

Es sólo que me aburro tanto en esta finca.

Aquí nunca pasa nada interesante. Una influencer desaparecida…

no me haga reír. Volverá cuando se le pase el colocón, recuerde mis palabras.

La volví a ver, ¿sabe? Esa misma noche. Estaba de un humor de perros por tener que grabar los discursos. ¿Y quién no lo estaría? Menudo tostón.

—Tostón, sí… —repetí mientras miraba bajo la estantería—. ¿Quién habló?

—Pues primero el señor Rojas, claro. Luego una tipa que parecía haber recibido una descarga eléctrica en el pelo. Y por último un abuelo obsesionado con El Escorial y la Túnica Sagrada. Al menos él contó cosas interesantes.

De modo que Cazorla y Cecino estaban en la finca la noche de la desaparición de la chica.

Conteniendo un bostezo, Quiñones añadió:

—¿Cómo va esa mancha de sangre, compadre? Cuando se canse de mirarla, ¿quiere que le explique su procedencia y así podrá seguir detectiveando por ahí? Ah, eso está mejor. ¿Tengo su atención, pues?

Fue una suerte para ambos que nos separaran cuatro metros y una barra de cocina; gracias a eso logré tibiar mis ganas de abofetearlo allí mismo.

—Soy todo oídos.

Quiñones se abrió la chaqueta, revelando una mancha rosácea en su camisa.

—¿Tuya?

—No.

—¿De quién?

—No tengo ni la más remota idea.

—¿Te pasa a menudo? ¿No saber de quién es la sangre en tu camisa?

—Por el amor de Dios, no rompa a salivar, ¿no le he dicho que en esta maldita finca nunca pasa nada de interés?

Abróchese el cinturón, porque va a escuchar lo más emocionante que ha sucedido en este convento en la última semana: el lunes por la noche fui al gallinero a fumarme un cigarro.

Siempre voy en mi descanso, allí nunca hay nadie.

Y es una noche de esas, ¿sabe?, el pálido resplandor de la luna forma halos azulados alrededor de las dobles coronas de los Ramsés II, pero por lo demás no se ve un pedo.

Siluetas, a lo más. Y allí está esa cosa, colgando de una hortensia.

—¿Qué cosa?

—Una funda de esterilla de yoga. La miro y me parece raro, qué demonios hace eso ahí; y veo que pertenece a este bungalow, al número seis.

Me explicó que las esterillas de yoga y sus fundas estaban numeradas, para que los empleados pudieran devolver las que los invitados olvidaban en el gimnasio.

El caso es que Quiñones, sin otra cosa mejor que hacer, decidió devolverla al bungalow seis.

Sabía que a Verónica Puy la habían aparcado allí, y se le ocurrió que quizás cayera una propina.

—No debí molestarme. En el seis no había nadie. Pero de todas formas entré y dejé la funda en su sitio.

—¿Estaba abierto?

—Tengo una llave. A veces hago recados para Jacobo.

—¿Crees que en algún momento llegaremos a la sangre?

—Ya le avisé de que es una historia de lo más aburrida. Porque para su información, la sangre ya me había manchado la camisa; yo no me había dado cuenta aún. Estaba en la funda de la esterilla de yoga, ¿comprende?

—¿Y no viste la mancha?

—Haga memoria, he dicho que aquella noche no se veía un pedo.

—Pero aquí dentro…

—No encendí la luz. No la necesitaba.

—Tu visión nocturna debe ser prodigiosa.

O eso o has pasado suficientes noches en este bungalow como para moverte a oscuras.

Según su versión, Quiñones no reparó en la mancha hasta que regresó a la cocina y el sous-chef lo mandó a cambiarse.

—Creyó que me había derramado encima la mermelada de grosella. Me echó una bronca de lo más aburrida.

Era una historia sin pies ni cabeza, con la que el chico no ganaba nada de nada, y quizás por eso me sentí inclinado a creerla. Miré alrededor.

—¿Dónde está esa funda?

—Ha volado.

—¿ Volado ?

—¿No es ese el término detectivesco? La dejé ahí, donde la mancha; pero ya no está.

Efectivamente, no estaba. Tampoco la esterilla.

El chico miró su reloj y suspiró; su pausa había terminado y debía volver a pasear bandejas de aperitivos mientras estudiaba a las clases adineradas para su gran novela americana, cuyo protagonista, según me contó mientras salíamos, sería un novillero reclutado por la CIA.

De vuelta en la residencia principal, una doncella me guio por los pasadizos del sótano hasta la habitación de servicio que me habían asignado.

—No es exactamente el Palace —observé.

—No, señor.

—¿Qué son esos muebles abominables?

—Descartes de Alcalá Meco, creo.

—No hay ventanas.

—No.

—Y eso que toma tierra junto a la almohada…

—Creemos que viene del pararrayos. Dicen que el arquitecto bebía.

Aún así, un minuto más tarde había caído sobre la cama y estaba inmerso en una pesadilla en la que la alcaldesa Cazorla untaba con margarina mi cuerpo desnudo.