Chapter 8
No encontré taxis ni carromatos; tampoco mulas o sherpas, de modo que me resigné a regresar a pie.
Pero antes pasé por el Castaña Pilonga, que ahora también acomodaba clientes en la consulta del Dr. Fabra.
Boris trabajaba deprisa: en las últimas horas había instalado focos estroboscopios, una jaula con bailarines semidesnudos y una cabina en la que se afanaba un tal DJ Muelas.
—¿Menú degustación? —me gritó Boris por encima de la música.
Dejé sobre la mesa un billete de diez, que él miró con lástima.
—Por esto puedo darle un cuenco de arroz a la milanesa.
—La cena de los campeones. Estaré en el locutorio.
—¿Lo maridamos con tinto y casera?
Volví a la calle y me refugié en el decrépito local contiguo. Era un negocio sencillo: a cambio de un euro, el Locutorio Manoli garantizaba una hora de internet y un descenso de tus niveles de serotonina.
—Ordenador uno —masculló la propietaria.
Sólo había un ordenador. La tal Manoli llevaba años esperando que la mesa se limpiara sola, y una vez apoyé los antebrazos temí no poder despegarlos jamás.
Lo primero que hice fue consultar el Registro Mercantil, que me reveló que Cañerías Sedosas, S.L.
existía desde hacía siete años, a nombre de un tal Asdrúbal Viñales y con sede social en el número cinco de la calle Dualidad Onda-Corpúsculo de Posos del Somormujo.
Con mi segunda tarea tuve menos suerte. Quise consultar el perfil de Lachantityí en redes sociales, pero aquella aplicación del demonio exigía un usuario y contraseña, cosas ambas de las que yo carecía.
En ese momento entró un camarero con mi arroz a la milanesa. No era una visión agradable. Más bien una masa blandurria y pestilente, bañada en grasuza y con moscas revoloteando a su alrededor. Pero era un buen camarero, así que le di una propina. Cené mientras Manoli me lanzaba miradas hoscas.
Entre unas cosas y otras, era ya noche cerrada cuando emprendí el camino de vuelta, que consistió en una larguísima hora de tropezones y maldiciones en la oscuridad, temiendo a cada paso que sobre mí cayeran hienas u otros grandes felinos.
Para empeorar las cosas, el arroz a la milanesa no terminaba de entenderse con mi sistema digestivo, y no estaba claro quién ganaría el pulso.
Cuando por fin alcancé la finca, mi humor era sombrío.
Si bien ninguna fiera me había atacado (gracias, creo yo, a los arcanos fulgores que irradiaba mi sudadera promocional al reflejar el brillo de la luna), mis pantalones estaban rasgados y mi estómago hacía ruidos a medio camino entre la erupción del Krakatoa y los ronquidos de mi tía Herminia.
Para mi sorpresa, encontré a los invitados sumidos en un estado de ánimo similar al mío; todos aquellos que no estaban en el Castaña Pilonga languidecían sobre las hamacas, en un estupor huraño y marchito.
Dimitrios vino a mi encuentro.
—La señora Puy desea verlo enseguida.
—¿De qué se trata? —dije tratando de acallar las protestas de mis tripas.
—Preferí no preguntar.
—No se lo reprocho. Quizás ha recibido una nota de rescate por su cepillo de dientes y quiere mi consejo.
—Eso implicaría que sabe leer —dijo él, dubitativo. Y luego, reparando en mi herida—: ¿Ha encontrado el pueblo acogedor?
—Divino. Pero manténgase alejado del arroz a la milanesa.
No me condujo hacia los bungalows, sino a la residencia principal. Cruzamos la sala de billar, en cuya pared se habían multiplicado los impactos.
—La crème de la crème —masculló repugnado.
Para cuando me aparcó en un dormitorio de la parte posterior, informándome de que la señora estaría conmigo enseguida, mi estómago era ya un penitente suplicando la absolución.
La estancia en la que me encontraba buscaba mezclar tradición y modernidad, o eso creí entender.
Los frescos de las paredes representaban la ascensión de la Virgen, Napoleón cruzando los Alpes y la celebración del gol de Iniesta.
La cama era absurdamente grande, con un colchón redondo dispuesto sobre una reproducción de los leones de la Alhambra.
Por lo demás, aquello debía ser lo que los rústicos consideraban un dormitorio con baño en suite , pues una esquina la ocupaba un tosco inodoro de madera sin pulir.
Había que admitir que eran gente recia; todo piel ruda y callosa, incluidos sus derrières.
La visión de un inodoro precipitó las cosas. Corrí hasta él y vomité la milanesa infusionada en absenta. Estaba buscando la cadena cuando chirrió el picaporte y me puse en pie de un salto.
—Siento haberle hecho esperar —dijo Verónica Puy muy ufana—. Estaba en el despacho de mi exmarido, tirándome pedos.
—Encantador. ¿Y qué hay de los quinientos metros?
—Armisticio. Hasta el día de la boda. Incluso un animal como Gildo comprende que no puede alojar a su exmujer y su hijo entre ladrones.
De su hombro colgaba una funda de esterilla de yoga que dejó caer con gran estrépito de cubertería de plata.
—Usted y yo empezamos con mal pie, Macero. No debí llamarle gastasuelas pichafloja.
—No lo hizo.
—No en el bungalow. Pero sí más tarde, en la radio comarcal. Telefoneé al programa del padre Menguti. Comprenderá que seguía irritada.
—¿Ha probado la meditación?
—Una vez, para la resaca. No funciona. Por cierto, también le llamé exhibicionista pervertido. Si oye campanas, ya sabe dónde se originó el rumor. ¿Confío en que podamos considerarlo agua pasada?
—Sin rencores, señora. ¿Es eso lo que quería decirme?
—No del todo, no. Le he hecho llamar porque quiero que trabaje para mí.
Logré no reírme.
—Ya tengo un cliente, señora Puy.
—Son encargos compatibles. Y yo pago mejor.
Mi primer impulso fue coger la puerta. Habría sido lo honesto, supongo; pero sentía curiosidad. Además, ahora que me había librado de la milanesa, necesitaba un reconstituyente.
—¿Puedo? —dije señalando la bandeja de licores.
—Sirva dos. Es artesano.
Tomamos asiento, ella en la cama y yo en una butaca tapizada de terciopelo, cada uno con su vaso de aguardiente de mantillo.
—Escucharé su propuesta. Sólo prometo eso.
—Cuán generoso por su parte. Avíseme cuando se agote mi tiempo. Verá que se trata de un encargo muy básico; es decir, a la altura de sus capacidades. ¿Sabe dónde están las cocinas?
La miré divertido.
—¿Quiere que le traiga hielo?
—No sea ridículo. El hielo sólo estropea la ginebra. ¿Sabe o no dónde están?
Asentí. Las había visto al llegar.
—En uno de los edificios anexos. El largo.
—Macanudo, un hombre que se fija en lo que mira. Lo que no sabe es que al fondo de ese anexo hay una puerta reforzada con cadenas. Custodiada las veinticinco horas del día por uno de los matones de Gildo. Ni siquiera al personal raso de la cocina se le permite el acceso.
—¿Qué guarda?
—Eso, Macero, es lo que quiero que averigüe.
Permanecimos un rato en silencio. Yo sopesando la información, ella apagando un cigarrillo en la cabeza de uno de los leones.
—¿Por qué no se lo pregunta a su hija?
Cada músculo de su cuerpo se tensó. Pareció envejecer diez años. Quince, cuando escupió en la alfombra.
—Esa violetera con almorranas lo sabe, no le quepa duda. También Maraver. Pero, ¿cree que lo van a compartir conmigo?
—¿Quién es Maraver?
—Mi futuro yerno. No crea una sola palabra a ninguno de los dos. Van diciendo por ahí que mi único propósito en la vida es quedarme con los millones, los coches, el barco y el avión de Gildo.
—¿Y no es verdad?
—Nunca he querido los coches. No dan más que problemas.
—Una mujer frugal, ¿eh?
Se encogió de hombros.
—Es el orden natural de las cosas, Macero; el que Dios impuso.
Naces, te casas, litigas y firmas el mejor acuerdo posible.
Quien diga lo contrario nunca ha viajado en avión privado.
—Pareció tener una idea—. Oiga, hipotéticamente, si yo tuviera acceso a medio kilo de metanfetaminas, ¿cómo de difícil sería plantarlo en el coche de Luna para incriminarla?
—Eso sería muy mala idea.
—Supongo que sí. Con la suerte que tiene, esa guarra la encontraría, la vendería a la salida de un colegio y haría un dineral. La suerte favorece a las inteligencias inferiores, es lo que yo siempre digo. ¿Qué puedo hacer, Macero?
—Puede decirme qué cree que esconden en la cocina.
—Un nuevo negocio —dijo con ojos voraces—. Sí, eso creo. No sé de qué tipo, pero sospecho que Gildo y Luna, y por extensión Maraver, preparan algo gordo. Si estoy en lo cierto, quiero mi parte.
—Pensé que su hija ya tenía un negocio.
—¡Precisamente! Gana millones con las antigüedades. ¿Por qué cambiar? ¿Por qué, Macero?
No era una mala pregunta. Quizás, después de todo, los instintos de Puy aún alcanzaran a ver más allá de la bruma etílica.
—Hábleme de las antigüedades. ¿Dice que son un buen negocio?
—Excelente, si sabes localizar buenas piezas. Fíjese en ese trono merovingio. —Señaló el inodoro de madera—. Siglo séptimo. Sotheby's lo ha tasado en un precio de salida de tres millones de libras. ¿Qué le parece?
Costó, pero al final empujé tres palabras garganta arriba:
—Una pieza magnífica.
—Es más que eso. Es bastante única. Y ahora que hemos establecido que aprecia usted las tallas medievales, veamos si aprecia también mi propuesta de trabajo.
—Lo siento, señora Puy —dije poniéndome en pie—. Nunca dos clientes a la vez.
El veneno que yo había conocido esa misma tarde volvió a desbordarse. Esquivé el vaso de milagro.
—Váyase al demonio.
—Puede que lo haga. Pero antes quiero ver a su yerno. ¿Dónde puedo encontrarlo?
Soltó algo parecido a un relincho.
—Pruebe en el bungalow seis. Ahora que lo he dejado libre, se habrá vuelto a instalar en él. Si lo ve, dígale que me he dejado una maleta. Pasaré mañana a por ella.
Reparé entonces en que, solventado el asunto del arroz a la milanesa, volvía a tener hambre.
—¿Cuál es el teléfono del servicio de habitaciones?
—Yo no apruebo esas cosas. Me asquea usted, Macero.
Mientras cerraba la puerta la vi lanzar sobre la cama una botella y un cartón de cigarrillos. Al parecer, su aprensión por la comida y las migas en el dormitorio no se hacía extensiva al tabaco y la ginebra.