El misterio de Finca Rotunda Chapter 7
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Chapter 7

—Macero, despierte. Vamos, no me joda. Haga el favor, hombre.

Traté de seguir una estela imprecisa. Primero pensé que se trataba de un limpiaparabrisas; después, una hélice de algún tipo; resultó ser la mano que me abofeteaba.

—Mira, vuelve en sí. Todo un detalle por su parte.

—Hemos tenido que darle un reconstituyente. Le enviaré la factura.

La mujer que había hablado tenía los dedos rebozados en anillos, lo que explicaba que mi cara ardiera como lo hacía.

Tanto su voz como su rostro tenían el discreto encanto de un rape abisal.

Alguien —sospecho que con mala intención— le había dicho que el viento de cara le favorecía, y la tipa había decidido perpetuar el efecto cementando su melena en litros de laca.

—También ha habido que incinerar su ropa. Don Cecino ha proporcionado algunas donaciones.

Observé mi atuendo. Consistía en un pantalón de pana manchado de brea y una estridente sudadera de capucha que promocionaba algo llamado Lo Más Disco 3. Se me ocurrió entonces tocarme la sien. Fue una mala idea que desató una tormenta eléctrica en mi cabeza.

—¿Y Ramajo? —gruñí.

—Ileso, si no cuenta la resaca. No recuerda nada. Su madre vino a por él. Le rogué que se lo llevara a usted también, pero al parecer sus porquerizas están llenas.

La habitación contenía una extraña mezcla de ambientes y olores, demasiados para sus reducidas dimensiones.

Un extremo lo ocupaban mi camilla, un armario botiquín y una mesita con instrumental de sutura.

Si uno mantenía la mirada fija en ese rincón, todo tenía sentido.

Pero si giraba el cuello, se topaba con dos paredes atestadas de polvorientos archivadores; y un poco más allá, con una provisión de encurtidos y cajas de Bitter Kas.

El bodegón lo remataban chorizos y jamones colgados del techo. No había ventanas.

Me puse en pie con cautela y volví a rozarme la sien. Ardía como si me acabaran de marcar a hierro.

—Cinco puntos —conté.

—¿Y qué espera, si allana propiedad privada? Tiene suerte de que los coreanos hayan aceptado no presentar cargos.

—¿Y quién los ha convencido de eso?

—Yo. Pero no lo he hecho por usted, sino por mis votantes. Este pueblo no necesita escándalos ni forasteros fisgones. ¿Acaso no hemos sufrido suficiente?

—¿A qué se refiere?

—Salga por esa puerta y escúchelo usted mismo. Aprenda algo de historia, le hará bien.

Ignoré la invitación. Aún no había terminado con ella.

—¿Qué hacen los coreanos en esa nave, señora?

—Prefiero excelentísima señora alcaldesa Cazorla —dijo ella muy digna.

—Y yo prefiero los hospitales sin embutidos colgando. ¿Dónde estoy?

—¿Dónde cree? En el ambulatorio. Que también es el archivo municipal y el almacén del colmado.

Esa puerta conduce al salón de actos, que según el día también es el salón de plenos o el bingo.

Y en el segundo piso está mi despacho, la casa cuartel de la Benemérita y el estudio de pilates.

Sí, Macero, somos un municipio modesto. Modesto pero íntegro.

¿Qué se le ha perdido aquí a un huelebraguetas de ciudad?

—Me recomendaron la feria medieval. Hábleme del tinglado coreano.

Por la boca de Cazorla escapó el cadáver de una risa.

—En su imaginación, ¿yo le debo información a usted?

—Guárdeselo si quiere, pero lo averiguaré igualmente. Y también qué saca usted de ello.

Las venas de su cuello empezaban a adquirir un tono azul voltaico.

—Cuidado con morder más de lo que puede masticar, chihuahua. ¿Tiene alguna idea de lo que he tenido que hacer para llegar a donde estoy?

—¿Zambullirse en un tanque de laca?

Cazorla por poco se atraganta con toda la bilis que tuvo que tragar. Ahora sí había terminado con ella. La dejé resoplando y salí al salón de actos, donde me recibió un alarido furibundo:

—¡Expolio!

Al parecer Cazorla no era la única enrabietada aquella noche.

Me impresionó que semejante chorro de voz emanara del chasis frágil y encorvado de un anciano que debía rozar, si no pasar holgadamente, los ochenta años.

Lo reconocí como don Cecino, el gurú local.

Tenía un rostro estrujado, como si lo estuvieran retorciendo para quitarle el exceso de agua.

También dos ojillos graníticos y remotos, que sentenciaban siguiendo leyes sólo a él reveladas.

Lo envolvían un halo de esotérica autoridad, una túnica negra sujeta por una cuerda de tender la ropa y el parpadeo de un fluorescente averiado.

—¡Miserable y mezquino expolio! —bramó—. Se llevaron hasta la última piedra, ¿y qué nos dejaron? Un frontón, eso nos dejaron.

Le gritaba a treinta sillas, la mitad de ellas vacías. Desde una de ellas me sonrió Sinde, el jardinero de los Rojas.

—¿Qué le han robado a Matusalén? —susurré sentándome junto a él.

—Un monasterio.

Sinde leyó la incomprensión en mi rostro, porque añadió:

—Hay conspiración mundial, por eso poca gente sabe.

Pero don Cecino es un gran estudioso de la historia de la comarca.

Ha descubierto documentos que prueban que el gran monasterio se construyó aquí, en Posos del Somormujo.

Luego Felipe II robar y llevar a El Escorial, piedra a piedra. Está todo aquí.

Me mostró el facsímil de un manuscrito del siglo XVI titulado Meditaciones de Fray Chindasvinto de Borneo . Once euros con noventa y nueve céntimos, según la etiqueta amarilla. Y todos los asistentes tenían uno.

—Borneo, ¿eh?

—Deudas de juego —explicó Sinde—. Por eso Chindasvinto deja Tordesillas. Pero Cecino nos enseña que debemos separar el ser carnal de su obra intelectual y espiritual. ¿Entiende?

—Muy poco, la verdad. De modo que este Cecino, además de un gurú de autoayuda, ¿es un erudito de la historia local?

Sinde asintió entusiasmado.

—También vende suplementos vitamínicos. Gran hombre, Cecino. Hoy particularmente encendido. Mire, mírelo. Nunca visto semejante fervor.

Decidí que había oído suficiente. Dejé al viejo vociferando y salí en busca de un taxi, un rickshaw o un tuc-tuc , o como quiera que uno se moviera por allí. Ya era de hora de descansar un poco.