Chapter 6
Avancé conteniendo la respiración, medio cegado por vaharadas de inmundicia. Tardé un trecho en darme cuenta de que Ramajo había saltado y seguía mis pasos.
—¿Qué cree que está haciendo? —susurré.
—Voy con usted.
—Y un cuerno. Vuelva al coche.
—Mire, no suelo ir contándolo por ahí, pero mi tatarabuelo Otto von Ramagen llegó a ser guardaespaldas personal del Archiduque Francisco Fernando, nada menos.
—¿Y qué demonios significa eso?
—Que por mis venas fluye sangre de protector. Si le pasara algo no podría perdonármelo. ¿Quiere un poco de esto?
Me tendió un bote de pomada de eucalipto para la congestión nasal. Yo habría preferido una escafandra, pero era mejor que nada. Me unté un par de gotas. Ramajo hundió la nariz en el frasco como si quisiera hacerse un molde. La sacó gelatinizada y se estremeció.
—Caramba, esta maravilla va directa al cerebro.
La puerta de la nave no estaba asegurada y la deslicé lo justo como para escurrirme al interior.
—Gracias por el ungüento —susurré—. Ahora espere en el coche.
Me recibió una oscuridad pútrida y viscosa. Chapoteé en fétidas purrusaldas, perdido en un laberinto demarcado por los esqueletos de maquinaria industrial desmoronada.
—Esta mierda es asombrosa —fluteó Ramajo a mi espalda.
Me giré furioso. Parecía tan impresionado con el ungüento que se lo restregaba a dedos llenos por las encías.
Le ordené que se callara. Acababa de distinguir un fulgor titilante entre las ruinas.
Ignorando mi sentido común —y los estremecimientos de Ramajo cada vez que hundía la napia en el frasco—, eché a andar hacia aquel fuego fatuo.
—Cierre el pico o nos buscará problemas —susurré.
—De primerísima calidad, ya lo creo —respondió él rebañando el tarro.
Me agazapé tras una cubeta del tamaño de una piscina pequeña. El resplandor provenía de un televisor portátil. Frente a él había un par de sillas, un mono de trabajo y un botijo; pero ni rastro de su propietario.
—¿Dónde cree que va? —susurré horrorizado.
Como hipnotizado, Ramajo había echado a andar hacia el televisor. Comprendí que iba puesto hasta las cejas de ungüento.
—Conozco a ese tipo. Se llama… ¿Cómo se llama?
Nick Picnic, eso es. Es un arqueólogo que busca Aki-Shi, una ciudad mítica donde nadie paga impuestos, el sexo no es cansado y los peluqueros hacen siempre lo que uno les pide.
Mi exmujer y yo no nos perdíamos un episodio.
—Su rostro se ensombreció—. Hasta que descubrí que me la pegaba con mi herborista, claro.
Consideré pegarle yo a él para silenciarlo, pero no me apetecía cargar con sus ochenta kilos. De modo que busqué un escondite y esperé. Si aquel idiota no era capaz de callar, al menos serviría como cebo.
—Es verdad, los Ramajo siempre hemos tenido mala suerte en el amor —le decía al televisor—. Fíjese si no en el tatarabuelo Otto, que un día bajó a desayunar y encontró a su esposa con las maletas hechas. ¿Y sabe qué dijo ella?
Me tensé. Una figura emergió de las sombras y encañonó la espalda de Ramajo. El mono de trabajo y la máscara antigás impedían adivinar nada sobre su persona, pero en la espalda pude leer «Cañerías Sedosas, S.L.».
—Arriba las manos —ordenó una voz distorsionada.
—No, no fue eso lo que dijo —replicó Ramajo sin volverse—. ¿Por qué iba a decir algo así? Lo que dijo fue: «He conocido a otro hombre. Es un vitalista. Me hace reír, y cada segundo que paso junto a él es puro gozo de vivir. Se llama Franz Kafka.» No volvió a verla.
Máscara Antigás miró alrededor.
—¿Está usted solo?
—Desde mi segundo divorcio, sí —respondió Ramajo con pesar—. Intentamos ir a terapia de pareja, pero hubo demasiados reproches.
—No me está escuchando.
—Sí, ese era uno de los más frecuentes.
—Venir aquí ha sido un error.
—Eso también me lo echó en cara. Y sin embargo, en cierto modo, la terapia funcionó: ella dejó a mi herborista y se casó con el terapeuta.
Máscara Antigás relajó la mano que empuñaba el arma.
—Ya veo. Va usted más cocido que un bacalao en cuaresma.
Paseó su linterna por la nave, en busca de más intrusos, y el barrido iluminó una especie de laboratorio clandestino. Yo no reconocí ninguno de aquellos trastos; pero Ramajo, para sorpresa de todos, sí lo hizo.
—Oiga, menudo instrumental. Eso es un medidor de demanda bioquímica de oxígeno y radiocarbono. Y un laminador de uranio-torio. Caramba, hacía años que no veía uno. Vuelva la linterna atrás, ¿quiere? Creo que he visto dosímetro de termoluminiscencia. Ah, y lo del fondo es un Quimicefa.
Más perplejo aún que yo, Máscara Antigás levantó el arma. Su dedo enguantado se tensó sobre el gatillo.
—¿Cómo demonios sabe todo eso? —ladró.
—Cuando nos arruinamos, Padre aceptó un empleo vendiendo instrumental de laboratorio.
No duró mucho, el pobre siempre confundía el mol con el amperio.
Relató su experiencia en Mi amigo el mechero bunsen y otros relatos indecorosos , ¿quizás lo ha leído?
Bueno, yo tampoco puedo decir que lo haya hecho.
Pobre Padre. Al final, y esto no sorprendió a nadie, su temperamento melancólico pudo con él; terminó suicidándose porque no lograba que el ketchup saliera fluidamente del bote.
Yo, mientras tanto, me había agenciado una barra de hierro y esperaba el momento de atacar.
El tiempo corría en mi contra, pues los efectos del ungüento se disipaban y aquella atmósfera de orín primigenio me provocaba ya los primeros delirios psicotrópicos; sentía un súbito deseo de convertirme al animismo y tocar el diyeridú.
—…al final —estaba diciendo Ramajo— cada uno se quedó con lo que quería. Ella con la casa y el coche, yo con la tabla de planchar y la panera.
—Me revuelve usted las tripas —dijo Máscara Antigás.
—Ah, pues para eso le recomiendo que vea a mi antiguo herborista. Un gallego portentoso, le quitaría la diarrea a un oso panda. Pero no le presente a su esposa.
El disparo se materializó en un pestañeo, como si una medusa de lava escapara del cañón. Paredes y techo, ruinas galvanizas, se fueron pasando el eco de la detonación. Ramajo miró fascinado el cañón humeante, luego el televisor hecho trizas.
—¡Dígame con quién ha venido! —chilló Máscara Antigás.
—¿A qué tanta prisa? Aún no le he contado cómo mi adicción al Cristasol arruinó mi primer matrimonio.
—Se acabó.
Cuando amartilló el arma, supe que no era un farol. Lo supe en mis entrañas descompuestas; que iba a descerrajarlo allí mismo. Salté de mi escondite.
¿El problema? Que alguien más salió de las sombras en ese preciso instante. Un cuarto invitado a la fiesta. La sombra que me vigilaba a mí, la que acechaba al cazador; en la que yo no había reparado.
Su llave inglesa trazó una parábola de manual con destino mi sien, y yo, obediente, di vueltas como una peonza, y con cada giro la segunda máscara antigás adquiría formas más grotescas.
Hasta que una ostra gigante se cerró sobre mí y me hundí en una oscuridad tejida con todos los orines del infierno.