Chapter 5
Resultó que el pueblo sólo tenía un bar, lo cual simplificaba considerablemente mi tarea. Le pregunté a Dimitrios si podía llevarme uno de los Audis.
—Por supuesto. Sólo necesitaré los datos de su carnet de conducir. Para el seguro.
—¿Sabe qué? Déjelo. Iré a pie.
Dimitrios debió olerse algo, porque se ofreció a llevarme.
—Ninguna molestia, señor. Al contrario, siempre es un placer poder charlar sobre PosoCoin. ¿Sabe que los expertos la llaman el cripto-grial?
El Castaña Pilonga (bar, administración de lotería, tabaquería exótica y epicentro de la vida social de Posos del Somormujo) era un casita encajonada entre un locutorio y la consulta de un tal Dr. Fabra, veterinario y antenista.
Como el inmueble había sido valientemente levantado sin ayuda de reglas, niveles o nociones básicas de ingeniería estructural, su fachada rehuía con éxito toda línea recta.
Era lo que los decoradores llaman un insulto, los arquitectos un engendro y los inspectores civiles un peligro público.
Dimitrios me telegrafió cuanto necesitaba saber: el antro lo regentaba un letón llamado Boris Virtajas que treinta años atrás se había instalado en España atraído por el sol, la dieta saludable y la ausencia de un tratado de extradición con su país de origen.
Vivía en el segundo piso, y cuando no estaba trabajando en el bar, faenaba en el jardín cultivando su propio tabaco, un abominable matojo que él mismo adulteraba con sebo y aceite de motor, y cuyo único comprador conocido era Sinde; por lo demás, Boris se contentaba con una vida dedicada a fumar su hediondo tabaco y a atender a su menguante clientela, a quienes servía chatos a ritmo de partida de dominó.
Este habitual sosiego se había visto trastocado unos días atrás, con la llegada de los primeros invitados a la boda.
A medida que aquellos seres despreocupados y gastones colonizaban el pueblo, el industrioso Boris, decidido a explotar su momentánea buena fortuna, había secuestrado la calzada con mesas adicionales que imposibilitaban todo tráfico rodado; también había instalado catenarias doradas con cordones rojos, tras las que esperaban aquellos que no eran lo suficientemente ágiles como para abalanzarse sobre las mesas, ni lo suficientemente duros como para abrirse paso a codazos en el interior.
—¿Necesitará un coche para regresar? —dijo Dimitrios con el motor al ralentí—. Puedo enviar a Sinde.
—¿Eso no sería peligroso?
—Altamente, señor —respondió sin ocultar su deleite.
Crucé aquel zoco y aparté las tiras de PVC que hacían las veces de puerta. Lo primero que vi fueron unas zapatillas de mujer.
—¿Es usted el técnico? —preguntó su propietaria desde lo alto de una escalera.
Cuando negué con la cabeza, continuó aporreando el ventilador con una bandeja.
A duras penas logré llegar hasta la barra, donde un cartel manuscrito me informó de que el Castaña Pilonga también vendía neumáticos (bajo pedido).
Encontré un hueco entre una pareja que se fotografiaba untando porras en té matcha y el único cliente de todo el bar que no parecía estar pasándolo en grande; un fulano mustio y derrotado que miraba su tostada como miraba la vida: sin atisbo de apetito.
Me agencié su menú —él ni siquiera reaccionó—, y lo leí con interés.
Resultaba muy entretenido, sobre todo los precios.
—¿Qué le apetece? —dijo el camarero, limpiando la barra para mí. Tenía un marcado acento báltico—. Tengo callos a la quinoa, carrilleras con espuma de pistacho y torreznos sin lactosa. Migas con aguacate no me quedan.
—Veo que se han adaptado rápido a la nueva clientela.
—Fluimos con los tiempos.
—Sus precios sí que fluyen —observé, señalando los crudos tachones con que habían triplicado el precio de cada plato.
—Es que desde el domingo somos kilómetro cero.
Me limité a dejar un billete de cinco sobre la barra y decirle que, por mí, podía ordeñar ese rebaño todo cuanto quisiera; pero que yo quería dos huevos escalfados, sin pirotecnia, y un poco de pan; y que si el pan era de ayer, pues lo tostaba y tan amigos; y además quería un café, aunque le advertí, y esto era importante, que debía reprimir toda tentación de cortarlo con leche de nada que no mugiera.
Nos miramos unos segundos. Su bigotito terminó por escorarse, empujado por la más leve de las sonrisas.
—¡Lucio, un menú de enfermo! —gritó.
Regresó a los pocos minutos con mi merienda y me guiñó un ojo.
—Que no corra la voz, socio. Ya he reservado una villa en Torremolinos.
—Soy una tumba.
—Y yo soy Boris. Encantado. ¿Quiere comprar tabaco sostenible?
—Dios me libre. Pero quizás pueda ayudarme. El lunes mi hermana pinchó una rueda. Y con el ajetreo, se dejó el móvil en la cuneta. He salido a buscarlo, a ver si por un milagro sigue allí, pero no doy con el lugar. Entre usted y yo, mi hermana no es muy buena dando indicaciones.
Los ojos de Boris centellearon divertidos.
—¿Su hermana conduce un cochecito descapotable? ¿Casi un juguete?
—Ese cacharro, sí. ¿La conoce?
—No, pero esta mañana Ginés el de la panadería nos ha contado que le cambió una rueda. Mal lugar para pinchar, socio —dijo con un escalofrío—. Oiga, no se tome esto a mal, pero, ¿su hermana está bien? Me refiero, ¿bien de aquí arriba, de la chaveta?
Me encogí de hombros.
—Hasta donde yo sé. ¿Por qué?
—Porque cuando la rueda ya está cambiada y Ginés se está largando a toda mecha, ¿qué es lo que ve por el retrovisor? A su hermana encaramada a la verja de La Cloaca.
—¿Ha dicho La Cloaca?
—Es el lugar que busca.
Estaba a punto de preguntar a qué debía aquel sitio su encantador nombre, cuando el tipo del taburete contiguo se enderezó como si le hubieran colocado las baterías en su sitio. Lo que un segundo atrás había sido poco más que un calcetín mojado, era ahora un golden retriever olisqueando faisanes.
—¿Prensa? —inquirió.
No era un invitado a la boda; era fauna autóctona. Su aire de galán de matinée en paro y su chaqueta de tweed, hoy remendada pero en su día hecha a medida, sugerían aristocracia rural venida a menos.
En cuanto a su pregunta, tiré una moneda mental y salió cara, de modo que asentí. Fue un acierto, porque la vida regresó a sus ojos.
—¿Qué medio? —dijo ansioso.
— El Faro de los Pastos
—Hm —dijo sin ocultar su decepción—. Es algo, supongo. Llevo meses escribiendo a todos los diarios del país y esta es la primera reacción. ¿Ha visto el lugar? ¿La Cloaca?
—No aún.
—¿Y a qué espera?
—Me disponía a buscarlo mañana.
—Ni hablar, iremos ahora mismo. Hay tiempo antes de que anochezca.
Cinco minutos más tarde viajaba a bordo de un achacoso todoterreno que era el justo reflejo de su propietario: una carcasa apolillada que se mantenía operativa a base de parches, cera barata y el recuerdo de esplendores pasados.
—Antes uno gritaba "Mozo, mi coche", y te lo traían a la puerta. A veces era el de otro, pero algo traían. En fin —Suspiró—. ¿Ha leído las cartas que envié a su diario?
—No.
—¿Por qué no?
—Mi sistema es otro. Yo conecto con la noticia en el lugar de los hechos y me sumerjo en ella. Soy un periodista del método.
—¿De veras? Vaya, yo ni siquiera sabía… Pero da igual. En ese caso empezaré por el principio. Me llamo Eugenio del Ramajo y Carcavasillas. Los Ramajo siempre hemos vivido en la comarca. Solíamos tener tierras, ¿sabe? Pero el mundo es un sitio hostil.
—¿El mundo?
—Más concretamente, la Agencia Tributaria. Durante toda su vida, Padre dio por supuesto que la declaración de la renta era algo que debía hacerse en años bisiestos. Resultó no ser así.
—Una sorpresa desagradable, imagino.
—Devastadora. Fueron a la yugular. Si nos viera usted hoy. Madre y yo, solos, reducidos a un palacete ruinoso y unos pocos viñed… ¡Cielo santo!
Demostrando reflejos sorprendentes, Ramajo le hizo al volante un pase de pecho que nos mandó al carril contrario, esquivando por milímetros una bala de color naranja que había aparecido de la nada trazando furiosas eses en dirección contraria.
Pasmados, miramos alejarse aquella bengala. Distinguí el culo de un Porsche; también un alerón en el que podrían cenar cuatro personas.
—Invitados de la boda —escupió Ramajo—. Espero que los detengan.
Retomamos la marcha.
—¿Y cuál es su relación con La Cloaca, señor Ramajo?
—Ahora llego a eso. Pero antes debe usted saber que Madre y yo planeamos convertir nuestra residencia en un boutique hotel .
—¿Un qué?
— Boutique hotel —repitió apretando los labios—. Es un hotel de pueblo, de cuarenta euros la noche, pero si lo llamo «boutique» puedo cobrar trescientos. Yo mismo no termino de entenderlo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé, y sin embargo es como funciona. Piense, si no, en lo que acaba de merendar.
Por dos huevos escalfados yo no puedo cobrarle gran cosa.
Pero si los llamo Les Oeufs Bénédicte , los riego con mayonesa amarillenta y espolvoreo algún hierbajo arrancado de entre los adoquines, de pronto, qué le parece, mi margen de beneficio es sólo ligeramente inferior al de la cocaína.
—¿Y lo mismo sucede con los hoteles?
—Por lo visto. Y por eso Madre y yo invertimos nuestros últimos ahorros en remodelar el palacete. Pero entonces, la semana de apertura… —Su voz se heló—. Llegaron ellos.
Nos detuvimos ante una parcela que parecía poco más que una escombrera, un yermo de cascotes y maleza rodeando una nave abandonada. De la verja oxidada colgaba un cartel que anunciaba: Propiedad de Chung-Park Capital, Fondo de Inversión (Seúl). Próxima apertura: Centro Cultural .
—¿Qué es esa peste? —dije alarmado.
—Cúbrase la cara antes de salir del coche.
Fue un buen consejo. El hedor era tan salvaje que te invadía por las fosas nasales, por los poros, por los lagrimales; reptaba por tus venas y envolvía tus vísceras, con la intención de pudrirlas. Aquella nave era una colosal letrina.
—Nuestra casa está tras esa alameda. Puede imaginar las valoraciones de los primeros huéspedes.
Sintiendo que todas las fosas sépticas del planeta se habían desbordado sobre mí, inspeccioné el terreno. ¿Cómo de loca tenía que estar Fuencisla Piernavieja, alias Lachantiyí, para saltar aquella verja?
—¿Han hablando con el propietario?
—Es imposible llegar a ellos, se esconden tras una cadena de testaferros. Son gente taimada, esos coreanos.
—¿Y el ayuntamiento no hace nada?
—Ja. Por cómo nos ignora, sospecho que la alcaldesa Cazorla saca algo de todo esto.
¿Quiere un Pulitzer? Tire de esa manta. Maldita globalización.
Estas rencillas municipales solían ser civilizadas, ¿sabe?
Uno iba a ver a Venancio Molín, negociaba un precio, y esa noche dos de sus chicos visitaban al vecino problemático y lo hacían entrar en razón a porrazos.
O le reventaban el tractor. Pero con un fondo de inversión coreano —dijo desconsolado—, dígame, ¿a quién envío?
¿Y a dónde? Bárbaro, es un mundo bárbaro.
—¿Quién es Molín? —dije mientras estudiaba unas marcas de neumáticos en el barro.
—Un empresario de la comarca. Una institución. ¿Qué mira?
—Estas huellas son recientes.
—Lo sé. Todos los lunes viene una empresa de desatrancos a intentar bombear. Sin éxito, como puede oler.
—Todos los lunes, ¿eh? ¿A qué hora?
—Hacia mediodía. ¿Por qué?
No respondí. Ramajo se volvió inquieto hacia su coche.
—Oiga, temo que los efluvios corroan el motor. ¿Tiene lo que necesita para su reportaje?
—Casi —respondí testando la verja—. Voy a echar un vistazo al interior.
—¿Ha perdido el juicio? Si entra ahí, puede que sus órganos internos se licúen.
Pero yo ya tenía medio cuerpo sobre la verja.
—Espere en el coche. Si no estoy de vuelta en quince minutos, dé aviso en Finca Rotunda.