El misterio de Finca Rotunda Chapter 4
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Chapter 4

El carrito de golf debía ser toda una estampa, con una novia al volante, un goyesco de copiloto y un mayordomo uniformado en el banco trasero.

Luna evitaba los caminos trazados y embestía matas de hortensias como si recibiera puntos por ello.

Un bochorno paralizante comprimía el aire, la tensión arterial y las ganas de vivir; y todos los grillos del país parecían haber migrado hasta allí para celebrar su particular Woodstock y reclamar el mundo al unísono.

—¿Cuándo notaron su ausencia? —pregunté por encima del furor de chirridos.

—Ayer por la tarde. Por la cámara de seguridad sabemos que se largó la noche anterior.

Eso significaba que llevaba día y medio desaparecida. Técnicamente, podía estar en Singapur.

—Dale la foto, Dimi.

El griego me tendió un ejemplar de El Faro de los Pastos , una revista en cuya portada sonreía una joven de ojos demasiado juntos pero de un azul hipnótico.

No tenía barbilla, pero sí dos pómulos como dos mandarinas lustradas.

Su constitución endeble, sus mechas caras y sus manos delicadas revelaban que su propietaria no había experimentado —ni pensaba hacerlo— un solo día de trabajo manual en su vida.

Con esos ojos y esa piel, seguramente nunca lo necesitara.

Leí por encima el perfil, que era reciente.

Al parecer, antes de mudarse a Madrid y convertirse en @lachantiyí , Fuencisla Piernavieja Albollón había fracasado en los estudios (que abandonó convencida de que la EGB era la central de espionaje soviético), en la televisión (fue despedida de La Ruleta de la Fortuna por girar siempre la letra equivocada) y en la moda (donde su carrera se había estancado diez años atrás, tras coronarse Miss Sexapil 2012 en la feria medieval de Posos del Somormujo, en competición directa con ocho vecinas y una de las ovejas del alcalde).

El periodista profundizaba en el episodio del concurso de belleza, porque, según él, revestía cierto interés antropológico:

«…las demás finalistas, descontentas con el veredicto del jurado, decidieron formalizar su protesta linchando a la ganadora.

Como quiera que la feria medieval de Posos del Somormujo finaliza cada año con una recreación de la pasión de Juana de Arco, a las airadas concursantes les pareció apropiado usar la hoguera ya dispuesta.

La Guardia Civil llegó a tiempo de evitar una tragedia, pero el fuego ya le había abrasado a Piernavieja las plantas de los pies, truncando así, según su abogado, una prometedora carrera como conductora de autobuses interurbanos. »

—De modo que la chica es de por aquí.

—Nuestra celebridad local —dijo Luna en el tono de quien lee en voz alta un análisis positivo en gonorrea.

Habíamos llegado a los bungalows y nuestra chófer clavó el freno junto al número siete. Al igual que los otros, era una agradable cabaña de muros encalados y persianas mallorquinas. Una placa junto a la puerta rezaba: «E. DIMITRIOS».

—El señor Rojas tuvo la generosidad de instalarme aquí hace años —explicó el griego—. Le da a uno más independencia que las habitaciones de servicio. Pero esta semana…

El enojo abría grietas en su muro de desafección. No podía verlas, pero crepitaban en su voz.

—Necesitábamos los bungalows para los invitados —intervino Luna—, y Dimi se ofreció encantado. Es un amor. Y las literas de servicio no están nada mal, ¿verdad que no?

La mención de las literas bastó para provocarle un escalofrío al griego. En sus ojos leí, con demasiada claridad, que ni se había ofrecido, ni estaba encantado.

—Lachantiyí se instaló aquí —dijo, abriendo la puerta—. Naturalmente, nadie ha entrado; tampoco se ha tocado nada.

El bungalow era circular, diáfano y compacto, y sus secciones fluían; la encimera de la cocina se convertía en el cabecero de la cama, el armario de la ropa se fundía con la estantería del salón, la cual a su vez doblaba sus funciones como despensa de cocina.

Era sobrio, seco y magro, igual que su inquilino habitual.

Pero no estaba vacío. Y mucho menos intacto.

Una mujer, a la que calculé cincuenta y cinco años mal llevados, deshacía dos maletas con ferocidad.

Para hacer sitio a sus pertenencias lanzaba por los aires el contenido de armarios y cajones.

Uno podía leer su ruta errática —un enredo de ochos beodos— en el rastro de ceniza sobre la alfombra.

La segunda maleta, algo más pequeña, no contenía ropa sino botellas de ginebra.

Una cosa estaba clara: aquella no era Lachantiyí, a menos que fuera posible fumarse mil cartones y bajarse otras tantas botellas en treinta y seis horas.

—¡Madre! —dijo Luna.

—Oh, hola, querida.

La tipa acababa de pescar una botella de su maleta de contrabandista, y juro que no supe si le hablaba a esta o a su hija.

—Madre, este bungalow puede ser la escena de un crimen.

—¡Y el mío es definitivamente la escena de un crimen! Oí que este había quedado libre. Estaré más segura aquí.

Se remojó el coleto y gritó por la ventana algo que, entre hipos, sonó a «Apestoso hatajo de ladrones».

—¿Acaso falta algo en su bungalow, señora? —dije adelantándome.

—Y tanto. Mi cepillo de dientes.

—Eso es terrible. ¿Lo tenía asegurado?

La mujer entornó los ojos y se plantó ante mí.

En el trayecto —tres pasos— logró tropezar con una colchoneta de yoga, volcar la mesita de café, arrancar un teléfono fijo y hacer añicos un florero.

Siempre alerta, Dimitrios apagó la colilla que había aterrizado a los pies de los visillos.

Sentí el aliento de la tipa y no descarté la posibilidad de que el cepillo hubiera huido por su propio pie.

—¿Quién es este bufón? —dijo girándose hacia su hija.

—Un investigador privado, Madre.

Al oír esto, la actitud de la mujer se transformó. Se atusó el pelo y me tendió una mano cubierta de ceniza.

—¿Investigador privado? Anchanté . Verónica Puy, exseñora de Rojas. ¿Está aquí para investigar el robo de mi cepillo de dientes?

—Espero sinceramente que no.

Su rostro volvió a agriarse.

—Entonces espero que se pudra usted en el infierno.

—Madre, no puedes cambiar de bungalow.

—Claro que puedo. La casa sigue estando a más de quinientos metros. Me he asegurado.

Siguió un forcejeo entre las dos. Con sorprendente destreza, Luna le aplicó a su madre una llave de estrangulación y la arrastró de vuelta al bungalow contiguo.

Dimitrios y yo permanecimos en silencio unos instantes. Al cabo, pregunté:

—¿Quinientos metros?

—Parte del acuerdo de divorcio. A la señora Puy le impusieron una orden de alejamiento y la custodia de su hijo Gonsalvo. Apeló ambas sentencias, sin éxito.

—Ese Gonsalvo, ¿es el pillastre que…? —dije removiendo grumos de ketchup aún adheridos a mi pelo.

—El mismo. Insiste en que lo llamemos Little Gong —dijo Dimitrios, como si eso explicara muchas cosas.

Peiné el bungalow sin demasiadas esperanzas; todo había sido concienzudamente pisoteado, aplastado, usado como cenicero o regado de ginebra. No encontré nada interés, de modo que le pedí a Dimitrios que me mostrara las grabaciones de seguridad de la noche del lunes. La idea no le entusiasmó.

—¿Cree que podríamos revisarlas después de la cena? No imagina el trabajo que nos dan los invitados.

—Vamos, vamos —dije palmeándole el hombro—. Deme el gusto y desapareceré de su vista el resto del día.

Se portó como un campeón. Lo seguí jardín arriba, bordeando un huerto que me aturdió; la visión de comida siendo arrancada a la tierra me recordó el parto de una vaca que había visto una vez en televisión.

Pensé con añoranza en los envases de comida precocinada para microondas que aquellos salvajes, anclados en sus costumbres tribales, estaban a siglos de descubrir.

La residencia principal era una construcción colonial de dos pisos, cada uno de ellos de doble altura, y con la extensión aproximada de una terminal de aeropuerto de provincias. Alrededor de una fuente con forma de rollo de kebab se desplegaba una flota de Audis idénticos, que rodeamos.

—Para nuestros invitados internacionales —explicó Dimitrios.

—¿La influencer se llevó uno?

—No, ella vino en su propio coche. Ahora lo verá.

Me guio por pasillos y salones que parecían haber sido decorados por el alegre sistema de lanzar dardos contra catálogos de todas las épocas imaginables.

—La colección privada —dijo al entrar en una sala alargada iluminada por una combinación de lámparas art deco y candelabros Luis XVI—. A lo largo de su vida, el señor ha comprado o encargado retratos de las personalidades por las que siente más admiración.

La lista incluía a Rousseau, Churchill y Curie; también a Pajares, Esteso y Cantudo.

No me sorprendió que el óleo más grande de todos, el que habían enmarcado en una maraña de volutas rococó e iluminado con focos de escenario, mostrara a mi anfitrión en ropajes de coronación y a lomos de un espléndido corcel rampante, con la mirada clavada en el horizonte, o en la posteridad, o en un semáforo.

—La caldera necesita gasóleo, Dimitrios.

La voz enojada de una doncella me sacó del cuadro.

—Imposible. Llenamos el tanque el lunes.

—Hable con Lord Brisket. Su señoría considera inaceptable el tiempo que tarda la ducha en calentarse, así que la deja corriendo las veinticuatro horas. De ese modo la tiene calentita cuando que le apetece darse un fregado.

Continuamos nuestro camino. Dimitrios no había cambiado el gesto, pero pequeños espasmos le contraían el cuello.

—¿Esa era toda la colección?

—Así es. ¿No le parece suficientemente interesante?

—Al contrario, me parece de lo más interesante —dije—. Sobre todo la ausencia de retratos de otros miembros de la familia.

En la sala de billar, dos invitados en chancletas jugaban una partida. Empujé a Dimitrios justo a tiempo, y la bola blanca fue a impactar en la caoba que panelaba las paredes, donde dejó un pequeño cráter astillado.

El griego miró a los jugadores, luego a la chimenea; calculando, creo yo, si, convenientemente ensartados, ambos cabrían en ella.

Ya en el sótano, a salvo de las miradas de los invitados, Dimitrios necesitó unos instantes para aflojarse la pajarita y tomar aire.

—Llegarán más en los próximos días —susurró, con el fatalismo del mariscal de una fortaleza sitiada por hordas mongolas. Luego, cuando se hubo repuesto—: Aquí abajo tenemos los vestuarios, las calderas, la despensa y las habitaciones de servicio. Y también las grabaciones de seguridad.

Abrió un cuartucho en el que habían instalado un ordenador y un disco duro externo. Se puso al teclado y, tras unos rápidos comandos, me encontré mirando la imagen granulada del portón de hierro forjado.

—¿Hay más cámaras en la finca?

—Las del portón son las únicas.

Gruñí. Habría ayudado tener alguna indicación del estado de ánimo de la chica al coger el coche. Pero uno trabaja con lo que tiene.

—Aquí llega.

Dos puntos de luz doblaron doblaron el último recodo y un diminuto cabriolé con la capota subida se detuvo bajo la cámara. Dimitrios leyó la decepción en mi rostro.

—Al menos sirve para establecer la hora —ofreció.

Para eso y poco más. Con el parasol bajado, lo único que se distinguía del interior eran dos guantes aferrados al volante.

Tan obcecado estaba por aquel primer escollo, que casi paso por alto el detalle fundamental.

—Dimitrios, ¿qué es esto? —dije con una sacudida.

El mayordomo me miró con lástima.

—Un neumático, señor. Verá, los automóviles se mueven sobre cuatro ruedas dispuestas en dos ejes, cuya tracción…

—Necesita graduarse la vista —le corté—. Mire con atención, hombre. Esta llanta tiene una pegatina amarilla.

Dimitrios se inclinó y juró en griego.

—Que me aspen. Una rueda de repuesto. No me había dado cuenta.

—¿Pudo cambiarla aquí?

—Imposible. Yo habría sido informado de eso. Debió cambiarla fuera de la finca. O quizás viajó con ella.

—No sea ridículo. Ni esa flor primaveral tocó un neumático con su manicura de doscientos euros, ni ese donut soporta trescientos kilómetros de viaje. No, amigo, alguien se la cambió aquí, en la comarca. —Me puse en pie, animado—. ¿Cuántos bares hay en el pueblo?