Chapter 3
El coche parecía flotar por el sendero. Hilos de luz fantasmal, filtrados a través de las copas de los castaños, tejían telarañas que el Audi, silencioso como un batiscafo, desgarraba.
Me estremecí. Si algún día colonizamos Marte, sólo pido que le añadan el estruendo de camiones de basura, los chirridos de vagones de metro y los alaridos de taxistas trastornados. El silencio es para reptiles.
—¿Un viaje duro, señor?
—Su maldito Tren Bala. Es como viajar en el interior de maracas mal tocadas.
—Una descripción acertada, señor.
—Aunque supongo que es preferible a una carrera con ese loco de Sinde. ¿Cuál es su problema?
Limitarlo a uno, al parecer, resultaba imposible. El resumen ejecutivo incluía frecuentes jaquecas, problemas afectivos y adicción al peyote.
—Pero no se preocupe —añadió Dimitrios alegremente—. Salvo contadas excepciones, nuestra comarca acoge a una población de lo más sofisticada.
En ese momento nos cortó el paso una figura huesuda, greñuda y, a excepción de un cono de patatas fritas a modo de hoja de parra, desnuda. Enarbolaba una pancarta que rezaba «NO A LOS MINERALES ALIENÍGENAS», consigna que voceaba con el rostro encendido.
Salió despepitado al ver a dos empleados de seguridad llegar a la carrera.
—Lo siento, Dimi —dijo uno de ellos al pasar—. Se ha colado otro.
El mayordomo retomó la marcha con un ligero temblor en un párpado. Yo pregunté, claro, de qué iba todo aquello.
—Una lamentable confusión. La alcaldesa Cazorla, que es una mujer con visión, está decidida a modernizar Posos del Somormujo. Por eso el ayuntamiento ha lanzado su propia criptomoneda. Para ponernos en el mapa.
—¿En qué mapa?
—En el de la modernidad, por supuesto. Muchos vecinos, sin embargo, no han entendido la circular y creen que la alcaldesa ha encontrado kriptonita y pretende distribuirla entre la población. El camino del progreso es escarpado, supongo. ¿Tiene usted criptos?
—No según mis últimos análisis.
—Pues debería. De hecho, ¿por qué no empezar con PosoCoin? Los expertos la llaman el cripto-maná, no le digo más. Y no olvide lo que dijo Confucio: el inversor temprano es el millonario de mañana.
Siguió hablando mientras yo observaba el paisaje.
En Finca Rotunda, la vida se le presentaba a uno en riguroso orden evolutivo: primero, furtivos chapoteos en el estanque; después, ojillos esquivos que se esfumaban entre sacudidas del follaje; y por fin, a la altura de una hilera de bungalows de paredes encaladas, seres humanos; del tipo despreocupado e indolente, del que cree que polista es una carrera profesional a considerar; del que, con jovial imprudencia, cruza los caminos al tuntún, preocupado sólo por que el apio de su Virgin Mary no gotee sobre su chaqueta de entretiempo.
—Invitados a la boda —me informó Dimitrios con el mismo afecto que si hablara de una infestación de chinches.
Al doblar un recodo encontramos una doncella cargada de refrescos, y Dimitrios bajó la ventanilla. Se nos coló el aroma de filetes chisporroteando en barbacoas cercanas.
—¿Dónde está?
—Con las gallinas —respondió la joven sin detenerse.
Dejamos el coche allí mismo, medio subido a un parterre, y tomamos el sendero descendente. Yo estaba cada vez más intrigado. ¿El gran hombre, entregado a placeres llanos como un corral y unas gallinas? No casaba con todo lo que había leído sobre él.
El misterio quedó aclarado cuando, al doblar un recodo, se materializaron ante nosotros cuatro Ramsés II de seis metros de altura, sentados como colegiales en jefatura y vigilando el sendero con enormes ojos vacíos.
El gallinero de Gildo Rojas era una reproducción a escala del Gran Templo de Abu Simbel.
Y el faraón en persona estaba allí, repartiendo pienso a diestro y siniestro.
—Un compuesto especialmente desarrollado por el señor —me informó Dimitrios mientras tomábamos asiento en bancos de piedra—. Hecho a partes iguales de maíz, trufas y angulas.
Cuando hablaban de la presencia formidable de Gildo Rojas, las crónicas no exageraban.
Mitad revendedor de entradas de toros, mitad empalador magiar, mitad boxeador irlandés retornado a su pueblo natal y tres cuartas partes bigote —un espléndido mostacho que el mismísimo Káiser Guillermo I no habría podido sino elogiar—, parecía un toro a punto de embestir incluso en sus gestos más cotidianos, como por ejemplo alimentar gallinas que se arremolinaban a sus pies como humo de escenario.
—Hoy están agitadas, Dimitrios —dijo sin volverse.
—Sí, señor. ¿Quizás por el gentío?
De pronto lo vi todo de color rojo, síntoma de un peligro inminente.
Pensando que mi sexto sentido se había reactivado, salté en posición defensiva.
Pero resultó ser un mocoso de unos doce años, vaciando un bote de ketchup sobre mi cabeza.
La bestezuela salió por pies, doblada de risa, mientras yo trataba de sacarme el mejunje de los lagrimales.
—También el chico está agitado —observó Rojas—. Debes comentárselo a su madre.
—Sí, señor. El gentío, quizás.
—Quizás, quizás.
Vacío el saco de pienso, Rojas vino a sentarse frente a mí. Me ofreció su pañuelo y abrió una botella de licor de guisante de las bodegas Wouter Schlaffgut.
—¿Le han dicho que he encargado un informe previo sobre usted?
Disparaba a bocajarro. Su voz era un correazo grave y brusco, capaz de marcarte si te daba de lleno. Asentí.
—¿Y le parece bien?
—Es su dinero —respondí—. Además, yo hago lo mismo con mis clientes. Aunque debe saber que toda esa información se la habría dado yo gratis.
Desplegó una sonrisa torva.
—Eso dicen todos. Pero beba, no sea tímido. Es artesano.
Sorbí con cautela. Mi cerebro estaba ya bastante embotado como para regarlo con una merienda de cincuenta y siete grados.
—Debe saber que fue Jerónimo Landas quien mencionó su nombre.
Sonreí. Seis meses atrás yo había ayudado al señor Landas a quitarse de encima al canalla que lo chantajeaba. Landas, a cambio, había pagado más que generosamente. Era una pena que esa clase de clientes no se metiera en embrollos más a menudo.
—¿Se trata del mismo tipo de… asunto?
—Nadie me está chantajeando. Algunos lo han intentado, pero de esos ilusos se encarga Rondo. No, lo que quiero es que encuentre a una persona.
—Soy todo oídos.
—Enseguida. Pero antes de entrar en detalles, ¿por qué no me cuenta el resultado de su investigación sobre mí? Tengo curiosidad.
Respiré hondo y me dispuse a escupir todo cuanto había memorizado la tarde anterior en la hemeroteca.
—Bueno, la suya es una historia de mendigo a millonario.
Con catorce años se escapa de casa y a los dieciocho abre su primer local de comida rápida gracias a dos créditos: uno del Banco Popular, otro de un bielorruso apodado Cemento que opera desde una furgoneta; ambos con las mismas condiciones.
El local, llamado Fritangas y Tangas, causa sensación; el crítico de la revista Objetivo: Obesidad Mórbida lo califica como «Un éxito».
—«Un triunfo» —me corrigió Rojas encantado—. Pero continúe.
—En aquellos días, por un euro y medio, usted ofrecía un cubo de pollo rebozado, un cazo de su legendaria salta Titán, elaborada a partes iguales con cayena y amianto, y dos litros de refresco carbonatado Gildo-Cola que su mujer mezclaba y embotellaba en los baños del parque del Retiro.
—Exmujer.
—Por supuesto. A día de hoy sus locales siguen sin coger tarjetas de crédito, tampoco dan cambio.
No aceptan reclamaciones, ni malas caras, ni inspecciones de Sanidad.
Su espartano modelo de negocio, vertebrado por un riguroso control de gastos, poca o ninguna deuda y tener empleados cazando palomas por la ciudad a tiempo completo, ha terminado por aniquilar a la competencia.
—Hace usted sus deberes, Macero. ¿Algo más?
—En 2018 la Sociedad de Amigos de las Arterias Obturadas lo nombró personaje de la década y se refirió a usted como «El Amancio Ortega de los fingers de pollo».
Ese mismo año publicó usted su autobiografía, Disrumpiendo el kebab .
Por lo demás, tiene usted una hija y un hijo, pero no está claro si alguno de ellos le sucederá al frente del imperio.
Mi anfitrión me miró complacido.
—Olvida usted que mi caso se estudia en la escuela de negocios de MIT.
—¿El Massachusetts Institute of Technology?
—No, no, la Mancomunidad Illescas-Torrijos. Yo alemán no sé. En cuanto a mi sucesión —dijo con pesar—, no se equivoca. El chico, ya lo ha visto —Señaló los restos de ketchup en mis cejas—, aún es un crío. Y a Luna no le interesa la comida rápida. Prefiere las antigüedades .
En ese momento, como respondiendo a una invocación, de entre los cipreses emergió un carrito de golf conducido por una joven que parecía estar testándolo para el París-Dakar.
La chica recuperó el sendero, tomó la curva a dos ruedas y se detuvo derrapando, provocando la desbandada de las gallinas y la mueca de fastidio de su padre.
Gallinas aterrorizadas chocaban contra el templo, provocando sonidos de gong tibetano. Sonreí para mis adentros. El faraón amaba a sus gallinas, sí, pero al parecer no lo suficiente como para construirles un templo macizo.
Rojas, que pareció leer mi pensamiento, se apresuró a decir:
—Di orden de importar piedra de Asuán. Pero el gobierno egipcio se puso insoportable.
Mientras tanto, la joven había saltado del carrito y se aproximaba con la energía vigilante de una joven promesa del cártel de Sinaloa. Por su vestido blanco, con delicados bordados y cola de tres metros, inferí que se trataba de la novia.
—¿Es él? —dijo estudiándome com si fuera algo que acababa de sacarse de entre los dientes—. No parece gran cosa. ¿Y a qué viene la escopeta? ¿Espera cazar elefantes?
Gildo Rojas respiró hondo.
—Señor Macero, le presento a mi hija, Luna. Querida, te hacia probándote vestidos.
—A la mierda eso. Te dije que quería verle. Este fiasco nos afecta a ambos.
Aproveché el simpático intercambio paternofilial para vaciar mi vaso sobre las gallinas que volvían a rodearnos.
—Adelante, entonces —concedió Rojas—. Pon a nuestro invitado al corriente.
Luna se sentó y rotó hacia mí con un saltito.
Era menuda y de hombros atléticos y bronceados, unos hombros que el vestido hacía bien en dejar al descubierto.
Aún no la había visto sonreír, pero supe que tendría una sonrisa peligrosa para cualquiera con sangre en las venas.
Su media melena negra venía revuelta del descenso off piste , y algunos mechones le caían sobre el rostro.
Se los sopló con brusquedad. Vistos de cerca, sus ojos verdes combinaban el ardor febril de un acceso de cólera con el fulgor helado de la psicopatía funcional. Mascaba un chicle de sandía.
—¿Conoce a una instagramer llamada Lachantiyí? —me soltó.
—No tengo el gusto.
—Pero está familiarizado con los influencers más seguidos del país.
—Me temo que no.
—¿Acaso es usted uno de esos raros que evitan las redes sociales?
—Ni siquiera tengo móvil —respondí con sencillez—. Es una larga historia. Pero a grandes rasgos, estoy familiarizado con el trastorno.
—¿Qué trastorno?
—El de los influencers .
Luna me miró con recelo. Su padre se inclinó y dijo:
—La cuestión, Macero, es que hemos perdido una.
—¿Una influencer ?
Ambos asintieron.
—Ya. Supongo a veces se traspapelan. Y quieren que la encuentre.
—A ella y a los veinte mil euros que nos ha estafado.
Eso estaba mejor, pensé. El asunto tomaba forma.
—¿Por qué se los pagaron?
—Promoción y publicidad. Que nunca recibimos.
—¿Y por qué pagar por adelantado?
—¿En qué mundo vive? Es el trato habitual. La mitad a la llegada a la finca, la mitad a la publicación del material.
Cuarenta grandes . Volví a sentir que estaba en el negocio equivocado.
—A ver si lo he cogido al vuelo: la señora Rojas decide aprovechar su boda para promocionar su negocio de antigüedades. Es un escenario propicio, atestado de gente guapa con propiedades que decorar; villa en Corfú, chalet en St. Moritz, ese tipo de portfolio. De modo que contrata a esa Vichyssoise…
—Lachantiyí.
—…para que haga su magia online. Pero la chica llega a la finca, recoge sus primeros veinte, se toma tres negronis y se vuelve por donde ha venido. ¿Es un buen resumen?
Los ojos de Luna eran dos ranuras radioactivas.
—Es crudo —siseó—. Pero direccionalmente correcto.
—Correcto o no, no tiene ningún sentido. Una vez aquí, ¿por qué renunciar al segundo pago?
—La contratamos por sus millones de seguidores, no por su agudeza intelectual. ¿Puede o no recuperar mi dinero?
—¿ Tu dinero, querida? —dijo Rojas con intención.
—El de la familia —respondió ella entre dientes—. ¿Puede?
Lo consideré unos segundos. El mal pálpito del tren había vuelto a anidar en mi pecho, con fuerzas redobladas.
—Puedo encontrarla a ella, si sigue en el país. En cuanto al dinero, depende. Veinte mil no son difíciles de gastar.
—Me parece justo —dijo Rojas en un tono que daba la reunión por finalizada—. Tiene carta blanca para moverse por mi finca, Macero. Si encuentra cualquier impedimento, hable con Dimitrios. ¿Alguna pregunta?
—Una. ¿Por qué no acudir a la policía?
—Principios, Macero. Me gusta hacer mi propia colada. En cuarenta años no he dejado que nadie me robe. No voy a empezar ahora.
—Eso suena a orgullo, más que a principios.
A lo que Luna, con voz desdeñosa, replicó:
—No moralice, detective. Me trae sin cuidado cómo quiera llamarlo. Usted encuentre a esa pájara y tráigamela. Tengo una toalla y seis cubos de agua esperándola. Nadie roba a un Rojas.