Chapter 2
El impacto llegó minutos más tarde, cuando el coche se llevó por delante al hippie que hacía malabares en el semáforo.
—¡No se preocupe, coche asegurado! —gritó el conductor mientras el limpiaparabrisas barría restos de sangre y una rasta.
El coro de bocinazos y chillidos que dejábamos a nuestro paso por los pueblos de la comarca no parecía afectar al excelente humor del conductor, quien, justo antes de pisar el acelerador como si quisiera hundirlo en el chasis, se había presentado como Sinde.
Si aquello era un nombre, un apellido o un nombre artístico, no tuve tiempo de preguntarlo.
—¿Primera vez en nuestra comarca, sí?
Respondí con un nuevo alarido. Sinde devolvió la vista al frente y le hizo al volante una especie de llave de kung-fu , pero era demasiado tarde: el Audi estaba en el aire, saltando sobre la mediana y atravesando una lona publicitaria con las fechas de las próximas faenas de los maestros Julio Quiles "El Voltereta" y Alfonso Urquijo "El Positivista Lógico".
Aterrizamos escorados, con un trozo de capote pegado al parabrisas, y continuamos avanzando sobre dos ruedas en dirección contraria.
Sinde maniobraba con furia, tratando al mismo tiempo de esquivar tractores y de no volcar.
—¿Subo la música? —gritó.
—Ni se le ocurra. ¿Qué es ese horror?
—Canting-Gas. Banda de gaiteros locales. Muy queridos en la comarca. Versionan cantigas medievales en escala dodecafónica.
Apenas había logrado erguirme cuando un súbito bandazo devolvió el coche a las cuatro ruedas y a mí a la postura de la vela. Asomé con los ojos inyectados en sangre. En el salpicadero, luces rojas parpadeaban apremiantes.
—¿De verdad trabaja usted para Rojas?
—Soy empleado más antiguo de la finca —dijo con orgullo—. Empiezo como fontanero, luego electricista, carpintero, fumigador, antenista, limpio canalones y fosas sépticas. Ahora jardinero.
—Ya veo. Un hombre del Renacimiento. ¿Y por qué no me mandan un chófer de verdad?
—Muchos invitados para la boda. Chóferes todos ocupados.
Aquello me interesó.
—¿El señor Rojas se casa de nuevo?
—Usted gracioso —rió Sinde—. ¡Agárrese!
No me agarré. Mi cara y el asiento del copiloto impactaron con ferocidad, como si se odiaran desde hacía décadas.
Tras unos segundos de desorientación encontré a Sinde vuelto hacia mí.
Su mano izquierda sujetaba un manojo de chispeantes cables pelados; la derecha una botella que, según la etiqueta, contenía licor de sobrasada de las bodegas Wouter Schlaffgut.
—¿Desea cargar móvil? ¿O un apéritif ? Es artesano.
—Oiga, ¿no debería tener al menos una mano en el volan…?
Mi cabeza se convirtió en una bola de demolición interesada en abrir un boquete en el techo. Pude sentir mi cerebro haciendo cabriolas.
—¿Piensa cruzar todas las rotondas en línea recta?
—Lo intento, gracias —gritó Sinde levantando un pulgar—. ¿Seguro que no necesita servicio de habitaciones?
Comprendí que me confundía con un invitado.
Habría podido aclarar el malentendido si en ese momento Sinde no hubiera decidido atajar por el transepto de una iglesia, que atravesamos envueltos en una lluvia de chispas que encendió algunos cirios.
Regresamos al exterior sin retrovisores, sin luna trasera y, a juzgar por el reguero que dejábamos a nuestro paso, sin líquido de frenos.
Maldije el embotamiento de mis sentidos.
En la ciudad jamás habría subido a un coche conducido por un fulano que calzaba botas de agua.
En la ciudad sabía leer el tablero, iba tres pasos por delante, presentía el peligro de un modo casi sobrenatural; allí fuera, en lo ignoto, mis intuiciones se las llevaba la brisa.
Mientras tanto, el Audi empezaba a hacer aguas y un líquido, gasoil a juzgar por el olor, encharcaba el suelo.
Me disponía a mencionarlo cuando vi algo más alarmante aún: nos precipitábamos hacia un portón de hierro forjado.
Directos a la barroca letra erre fundida en su medallón central.
El hecho de que estuviera cerrado no disuadió a Sinde de exigirle al motor cuantos caballos tuviera en el establo.
Al Audi le temblaban los remaches; a mí, los empastes.
—Espero que tenga un mando a distancia —dije.
Como no respondió, decidí adoptar la posición que las aerolíneas recomiendan para el impacto inminente.
Segundos más tarde aquel lunático clavó el freno de mano y nos lanzó a un diabólico remolino.
Todo aquello no asegurado —incluido yo— salió despedido por el hueco de la luna trasera y rodó envuelto en una nube de arena y hojarasca.
Emergí furioso y dolorido.
—¿Cómo es posible que le hayan expedido el carnet de conducir a ese maníaco? —bufé tosiendo arena.
—¿Qué le hace pensar que lo tenga, señor?
Quien había hablado era un mayordomo enfundado en un uniforme de otro siglo.
Era alto y envarado, era glacial, era una grulla que observaba la realidad desde una barrera de inconmovible desapego.
Su mano enguantada sacudió el polvo que mi centrifugado había depositado sobre una segunda berlina, esta entera y prístina, pero por lo demás idéntica a la que acababa de eyectarme. Después repitió el gesto en mi espalda.
—Gracias —dije—. ¿Usted es…?
—Dimitrios, señor. Hablamos ayer por teléfono.
Capté su mirada reprobatoria mientras me reajustaba el sombrero.
—¿Qué?
—Nada, señor —se apresuró a decir.
—Vamos, suéltelo.
Si había algún problema con mi atuendo, quería saberlo. Deseaba causarle una buena impresión a Gildo Rojas y a sus agrestes millones.
—Si me permite la pregunta, ¿quién le asesoró con respecto a su atuendo?
El griego no podía saberlo, pero acababa de tocar nervio.
La tarde anterior, tras recibir la llamada, yo había bajado a pedir consejo a Milton Do Santos, el tendero que me vendía la fruta.
Supuse que su profesión le habría llevado a socializar con rústicos, y que por tanto sabría cómo vestían las gentes del campo.
Él había sugerido los pantalones de rejoneador, la americana de tweed verde oliva, el sombrero goyesco-calañés y la funda de escopeta al hombro.
Como supe mucho más tarde, Milton jamás había salido de la M-50.
—¿Tengo tiempo de cambiarme?
—Me temo que no —dijo Dimitrios chasqueando los dedos hacia una cámara en lo alto del muro—. El señor Rojas espera.
A la señal del griego, las hojas batientes se desperezaron y partieron en dos el medallón con la inicial del propietario.
El hierro forjado peinó la arena sin prisa, con palaciega solemnidad; al otro lado, una senda mejor perfilada que las patillas de David Beckham se perdía en una floresta de castaños y hayas.
—Bienvenido a Finca Rotunda, señor Macero.