Chapter 1
Supe que se avecinaban problemas tan pronto salté del tren y planté un pie en el apeadero de Posos del Somormujo.
O quizás lo había presentido ya horas antes, durante el trayecto a bordo de esa reliquia ferroviaria que hacía la ruta Medinaceli - Viñuesas del Simposio y que los usuarios apodaban Tren Bala, no por su velocidad sino por las estridencias de acero tensionado, evocadoras de balidos, con que renqueaba sobre raíles oxidados y no del todo paralelos.
Sí, eso era, el mal pálpito venía de largo, del vagón restaurante.
Me lo había causado aquel tipo del bocata de sardinas, todo bonhomía él, al comentar que aquella tarde estábamos todos de suerte porque el servicio estaba funcionando mejor de lo habitual, a lo que yo, que hacía rato que tenía el desayuno atravesado, respondí que lo dudaba mucho, puesto que acumulábamos ya dos horas de retraso, argumento que él desdeñó aduciendo que eso no era nada, compadre, que dos semanas atrás, en el apeadero de Posos del Somormujo, un jabalí y un buitre que se disputaban los restos de una comadreja atropellada saltaron a bordo y dirimieron el asunto en el vagón de Preferente.
Como sucede en estos casos, la causa última de mi desasosiego se resistía a dejarse aprehender, escurridiza como esa mucosa que aglutina las pepitas del melón.
Sólo dos cosas parecían, si no firmes, al menos tangibles: el destartalado apeadero en el que me encontraba y el encargo que me había llevado hasta él.
Estaba allí por trabajo, o al menos yo esperaba que así fuera.
El hombre al que venía a ver tenía una fortuna lo suficientemente grande como para cortar por unos días el cordón umbilical que me conectaba a la ciudad.
Cuántos exactamente, no podía asegurarlo; pero más valía que fueran pocos, porque me encontraba tan fuera de mi elemento como uno podía estarlo sin adquirir tonos azulados.
Mis pulmones se negaban a procesar aquel oxígeno criminalmente puro y rebozado en esotéricos olores terrosos.
Sólo entonces se me ocurrió que no sabía en qué dirección, ni a qué distancia, quedaba Finca Rotunda.
Todo cuanto mi vista abarcaba era páramo y silencio; nada se movía en aquella tarde esculpida en plomo, en la que flotaba una vaga amenaza de lluvia, como un tipo duro sosteniendo una pistola sin apuntarla hacia nada en concreto.
—¿Señor don Rober Macero?
Me volví. Un hombrecillo fibroso, de ademán solícito y acento extranjero, me dedicaba su sonrisa desdentada.
Vestía botas de agua y una camisa hawaiana y una gorra de chófer y sostenía —del revés— una pizarrita con mi nombre.
El apeadero de Posos del Somormujo no era precisamente el aeropuerto de Orlando, y, grillos aparte, en la plataforma sólo estábamos el tipo estrafalario y yo.
—¿Qué me ha delatado?
—Esto —respondió aquella mente literal, tendiéndome un sobre.
Contenía una fotografía robada en la que se me veía saliendo de mi edificio de apartamentos. No era mi peor retrato. En el anverso leí:
«Alto y ancho de hombros. Se mantiene en forma porque cuando investiga un caso suele encajar más golpes de los que reparte.
Mentón duro y sonrisa torcida que él cree que irradia confianza, pero que los demás toman por reflujo.
Aún así, no cometa el error de subestimarlo; bajo presión puede ser tan rápido y mezquino como la peor canaille del rincón más sórdido de la ciudad, que es de donde procede. »
Y rematando el sucinto informe, un desglose de mi tarifa diaria. Lo devolví impresionado.
—¿El señor Rojas ha hecho investigar al detective privado que planea contratar?
—Señor R no deja nada al azar —dijo el tipo con una nota de orgullo—. Por aquí, por favor.
La visión de un coche de combustión me vigorizó.
Caí de rodillas y llené mis pulmones con la ambrosía gaseosa que emanaba del tubo de escape.
Entre gloriosas bocanadas le expliqué al chófer que la atmósfera de aquel hábitat que él llamaba hogar carecía de las sustancias que eran la marca del progreso y la civilización, a saber: el tufo de motores de combustión, los efluvios de alcantarillas mal selladas y el hedor a grasuza de fritanga; partículas sin las cuales un metabolismo evolucionado como el mío tendría dificultades para funcionar.
Me abrió la puerta. Tan demacrado debió verme, que preguntó:
—¿Desea servicio de habitaciones? Puedo hacer pedido por usted.
—Sólo necesito tumbarme —dije desplomándome en el asiento trasero.
Pero aquel entorno hostil iba a negarme incluso eso.
Un mueble que apestaba a barniz y cuero rancio se me clavó en los riñones.
Era un arca barroca maltratada por los siglos, los elementos y la carcoma.
En otras circunstancias quizás habría apreciado la maestría de sus faldones de hierro calado, incluso el minucioso trabajo de restauración de su revestimiento de cuero; pero aquel trasto impedía una cabezada que yo necesitaba con urgencia; y lo que era peor, acaparaba todos los cinturones de seguridad del asiento trasero.
—No arañar pieza, por favor.
—Mientras ella no me aplaste a mí —protesté—. ¿Qué es esta bañera?
—Arca de Compañía de Indias Orientales, siglo XVII. Pieza magnífica, ¿sí?
Lo era, pero no estaba yo para elogios ni cumplidos.
—¿El señor Rojas es un coleccionista?
El tipo rió de buena gana.
—Usted gracioso. Antigüedades es negocio de la hija del señor Rojas. Ella busca por el mundo y subasta para otros ricos.
—No me diga. ¿Cuánto cree que vale?
—¿La señorita Rojas?
—El arca.
—Millones valioso. Así que no arañar, hacer favor.
No por primera vez en mi vida, pensé que estaba en el negocio equivocado.
Y me pregunté qué querría de mí aquella familia de titanes de la comida rápida que remojaba sus tobillos en el negocio de las antigüedades.
El empleado de voz refrigerada y acento incierto que me había telefoneado el día anterior se había mostrado hermético como un bote al vacío, y todo cuanto logré sacarle fue una sensación de urgencia mal disimulada.
«Ha surgido un asunto», había dicho, «que requiere un profesional discreto y capaz. Alguien que una vez concluido el trabajo sepa lo que conviene contar y lo que es preferible callar. Alguien alerta y presentable». Había insistido en esto último: «Siempre alerta y presentable».
—¿Qué aspecto tengo? —pregunté.
El chófer me estudió por el retrovisor.
—He visto tipos más lozanos en leproserías de mi país. ¿Quiere ir a hospital?
—Limítese a conducir.
—Ya sé. Le enseñaré alrededores. Preparativos de feria medieval. Casitas pintorescas. ¿Sí?
—Por lo que más quiera, no haga eso —gemí.
Con un menguante hilo de voz le expliqué, aunque no esperaba que lo comprendiera, que el hacinamiento en colmenas de ladrillo y plafón es la forma de vida ilustrada; y que lo demás es barbarismo.
Pero el tipo no me escuchaba. Rebuscaba en la guantera y al instante noté que algo aterrizaba sobre mi regazo, algo que me hizo retroceder en el tiempo unos veinte años.
—¿Todavía hacen compact discs ?
—Tú necesitas comprar. Y escuchar todos días.
Preferí no preguntarle a aquel lunático qué provecho creía que sacaría yo de un CD cuya portada —una fotocopia en color— decía en caligrafía resplandeciente: «Escapa del OCRE. Repinta tu vida con las enseñanzas del gran gurú comarcal don Cecino».
El tal Cecino parecía un pájaro de cuidado; un octogenario de cuyo cuello pellejudo colgaban una túnica bordada con signos zodiacales y un voluminoso medallón que reconocí como un lector de tarjetas de crédito.
—¿Ocre? —pregunté, vagamente intrigado.
—Obligaciones, compromiso, responsabilidad y estrés. Ahora en tu cabeza todo ocre, y eso no bueno. Debes repintar tu alma, ¿entiendes? A través de pensamiento positivo, tú descubrir que eres hombre destinado a la grandeza; hombre destinado a tener un gran impacto.
En una de esas dos cosas, el chiflado no se equivocaba.