Chapter 36
En cuanto a mí, eché a correr encorvado y sólo relajé el paso una vez alcanzada la quietud del huerto.
Quedaba una última cosa por hacer, y, guiado por el instinto, tomé el sendero que descendía al gallinero.
Allí encontré a Gildo Rojas, en abstraída contemplación de las ruinas.
Levantó su copa de oporto al verme llegar.
—Habla usted poco, Macero, pero cuando se lanza no hay quien lo pare. Sírvase una copa. Tendrá la garganta seca.
Como efectivamente así era, acepté el ofrecimiento.
—¿Y bien? —dije—. ¿Qué opina de lo que ha oído?
Rojas meditó su respuesta.
—Dimitrios me ha decepcionado —dijo con pesar—. Si tenía dificultades, debió acudir a mí. ¿Irá a la cárcel?
—Sin ninguna duda. También su hija y Maraver.
—Sí, eso ya lo suponía. Qué vida esta, Macero. Uno no conoce ni a su propia hija.
—Al contrario. La conoce usted a la perfección. Mejor de lo que ella se conoce a sí misma, de hecho. Es gracias a eso que todo ha salido tal y como usted planeó.
Ninguno de los dos se movió. La acusación revoloteó sobre nuestras cabezas hasta que Rojas levantó la vista de su oporto y, con una expresión de confusión casi convincente, dijo:
—¿ Planeé ?
—Ha ganado, Rojas. Se ha librado de ellos. De los dos. Descorche su mejor champán. Rutas Exóticas es suya, y sólo suya. Ese ha sido su objetivo desde el principio.
—Me temo que no le sigo.
—¿Seguirme? Ha ido usted cinco pasos por delante de todos nosotros desde el principio de este drama; desde el día en que contrató y alojó aquí a la chica a quien su hija una vez quiso quemar viva.
—¿Es eso lo que le atormenta? Admito que fue una mala idea, pero no irá a juzgar a un padre por desear para su hija reconciliaciones que sanen viejas heridas.
—Ahórreme las monsergas zen. Usted lo que quería era provocar a su hija.
Empujarla al abismo de su psicopatía, así de simple.
Y le diré más: si tuviera que apostar, diría que fue usted quien le sugirió a Piernavieja darse un garbeo por La Cloaca el lunes a mediodía, precisamente el día que Sinde llevaba el camión cisterna.
Fue a él a quien reconoció. Y si dejo volar mi imaginación, puedo incluso concebir que usted mismo sembrara de clavos esa calzada, para asegurarse de que la chica pinchara y yo tuviera un rastro que seguir.
»Eran tal para cual, esas dos. Usted lo sabía, y esa fue la base de su plan.
Piernavieja no resistiría la tentación de sacar tajada de un descubrimiento así; y su hija…
era fácil predecir cómo reaccionaría ante un intento de chantaje por parte de su némesis.
En otra palabras: envió a esa influencer a una muerte más que probable.
No hubo conatos de falsa indignación, tampoco negaciones acaloradas; sólo el silencio, sereno y calculador, de quien sabía que yo jamás podría demostrar nada de lo que acababa de exponer.
—Nuestra relación fue soportable mientras Luna se dedicó a sus negocios —dijo al fin—. Pero entonces se le metió entre ceja y ceja entrar en el negocio familiar. ¿Qué cree que habría ocurrido entonces?
No hacía falta ser un genio de los negocios para adivinarlo. El carácter volcánico e inestable de Luna habría espantado a la mitad de los inversores; la estulticia de Maraver, a la otra mitad.
—¿Por qué no sencillamente negarse? —dije, aunque conocía la respuesta.
—Ahora no se haga usted el tonto. A Luna no se le dice que no. Es demasiado peligrosa. Con ella hace falta tacto, usted lo sabe.
—Lo que sé es que su tacto le ha costado la vida a cinco personas. ¿Se ha parado a considerar eso?
Un monumental crujido proveniente de la otra punta de la finca libró a Rojas de hacer examen de conciencia.
—¿Qué ha sido eso? —dijo.
—Las llamas han derrumbado la carpa.
—Demonios. Me pregunto cuándo dejarán de vandalizar mi finca.
Permanecimos en silencio, contemplando las cenizas del templo. A lo lejos resonaban los últimos disparos y las primeras sirenas de bomberos.
—¿Lo reconstruirá?
—Aún no lo he decidido. Estoy considerando una réplica del Partenón de Roma.
—Sí, veo las ventajas. Sus gallinas agradecerán la luz.
—Dígame una cosa. ¿Fue Luna quien azuzó a Cazorla contra usted? No es que importe, pero siento curiosidad.
Negué con la cabeza.
—Fue Maraver. Él mandó falsificar la citación del juzgado y se la hizo llegar a Cazorla.
Su error fue no decírselo a Luna. Cuando ella vio que Cazorla pretendía liquidarme junto a La Cloaca, se vio forzada a intervenir.
No podía permitirse tener policías peinando los alrededores de la nave, ¿comprende?
No hasta haber abandonado el país. Así que ya ve.
Luna me salvó, pero sólo para ganar tiempo.
Rojas musitó un quedo «Típico de la niña». Luego, con ademán cansado, sacó un sobre abultado que yo conocía bien.
—Pues ya está todo dicho, entonces. Tenga. Sus diecinueve mil. Piense lo que quiera de mí, pero ha hecho usted su trabajo y le debo este dinero.
Sopesé el sobre. Luego saqué un bolígrafo, garabateé una dirección en el anverso y lo lancé de vuelta.
—Si le queda algo de decencia, haga que lo entreguen en esa dirección.
—¿Una granja? —dijo Rojas examinándola.
—De remolacha forrajera. Son buena gente. Algo de lo que no he visto mucho en los últimos días. Necesitan un tractor.
Rojas se encogió de hombros.
—Si es lo que quiere, tiene mi palabra.
Y con su palabra, me fui.
Aquella noche, mientras regresaba a la ciudad, intenté conciliar el sueño con ayuda de dos whiskies servidos en el vagón restaurante.
No tuvieron otro efecto que aliviar el peso de mi cartera.
Pasadas unas horas, los grillos enmudecieron y las ventanas de las colmenas del extrarradio refulgieron como luciérnagas atrapadas en la mugre; poco a poco el alquitrán reptó por mis pulmones y entonces, por fin, pude dormir tranquilo.