Andrés
―Han abierto el puerto de Saga ―anunció Olivia entrando en su habitación, una última vez, sin llamar.
Sintió una gran liberación al saber que al fin podría salir de esa casa y volver a Mauleón con Juan.
―¿Nos podemos ir? ―le preguntó a Olivia.
―He hablado con Gerardo y me ha dicho que no le dirán a la policía que estuvimos en casa de Muriel ―le contó Olivia con tranquilidad―. Creen que fue un accidente, y no quieren implicar a nadie, ahora que saben que el astrolabio lo robó César.
―Entonces, ¿no sospechan de César por la muerte de Muriel? ―replicó Andrés.
―¿Por qué deberían? No hay nada que lo señale a él. Además… técnicamente, y si César ha sido sincero, Muriel sí murió accidentalmente.
―Pero él estaba allí, y… ―musitó Andrés, dubitativo― César nos ha estado engañando todos estos días respecto al astrolabio. ¿Por qué deberíamos creerle respecto a esto? ¿Tú le crees?
Olivia se encogió de hombros.
―No lo sé, Andrés. Creo que es un buen chico, pero que ha tomado malas decisiones.
Bastante está sufriendo ya con lo ocurrido.
¿Qué cambiaría si ha sido él? Muriel está muerta.
¿Queremos que la vida de otra persona se arruine para siempre?
¿Que ahora que César está triunfando en lo profesional tenga que abandonar su sueño?
Andrés tenía muchas dudas sobre qué respondería a cada una de esas cuestiones, pero estaba tan cansado de todo lo vivido en los últimos cuatro días que estaba dispuesto a dejar que otros juzgaran y solucionaran todo lo que había ocurrido en Dos Gemelos.
Tal y como Olivia decía, Muriel estaba muerta, y eso no iba a cambiar.
El astrolabio, sin embargo, había vuelto a Casa Libar, y volvía a estar expuesto en la biblioteca.
Andrés y Olivia bajaron juntos a desayunar por última vez. Victoria los recibió con una sonrisa y les preparó café.
―Estela y Lucio no van a venir hoy ―les explicó―. Están dolidos por lo ocurrido y dicen que necesitan descansar y estar en su casa unos días.
―Debimos haberles contado lo que sabíamos ―reconoció Olivia con expresión alicaída―. Entiendo que estén molestos.
Victoria se sentó en la mesa y dio un largo suspiro.
―Estaba paranoica ―admitió―. Sospechaba de todo el mundo. De todos los dragos, incluso de ellos, que me han servido fielmente desde hace tanto años. Fui una estúpida, lo sé, y una ciega por no ver lo que estaba pasando…
―No te fustigues, Victoria ―la animó Andrés, que estaba sintiendo verdadera lástima por ella―. Lo normal es confiar en la gente que te rodea, más aún en tu familia. Tú eres la víctima en todo esto. Seguro que Estela y Lucio terminarán entendiéndolo.
Desayunaron sin hablar demasiado, comentando el fin de la tormenta de nieve y celebrando la vuelta a la normalidad.
―Qué ganas tengo de cambiarme de ropa ―exclamó Olivia, más animada―. Y de tumbarme en el sofá de mi casa.
―Yo tengo ganas hasta de ir a trabajar ―confesó Andrés.
Le apetecía estar en su tienda, tomarse un café con su amiga Gloria, preocuparse de cosas mundanas como la llegada de un pedido, las cuentas del negocio o la cena de esa noche.
La llegada de dos coches de la Policía Nacional provocó que los tres se acercaran a la ventana para ver si se enteraban de algo.
―No crees que se vayan a pasar por aquí, ¿verdad? ―le preguntó Andrés a Victoria, que miraba muy seria por la ventana.
―Nosotros no tenemos nada que ver con la muerte de esa mujer ―declaró Victoria con rotundidad―.
César no nos ha contado nada. Y si Gerardo y los demás cumplen con su palabra, vosotros dos tampoco habréis estado nunca en su casa, y por lo tanto no tenéis nada que declarar.
La policía no tiene motivos para venir aquí.
Y, en efecto, no vino. Ni durante el rato que Andrés y Olivia pasaron en Casa Libar, ni durante todo el día.
Tras el levantamiento del cadáver y las preguntas de rigor a Braulio y Gerardo, las personas que habían encontrado el cadáver, la policía se había marchado de Dos Gemelos con un caso de accidente doméstico más para los archivos policiales.
Cuando Andrés y Olivia se disponían a marcharse de Casa Libar, Victoria Pumarino apareció con una caja en cuyo interior se encontraba el astrolabio de los bruhmas.
―¿Harás todas las pruebas necesarias para corroborar al cien por cien su autenticidad? ―le pidió a Andrés entregándole la caja.
Andrés dudó antes de cogerla.
―¿Eso significa que sigues con la idea de recuperar vuestro rizoma? ―quiso saber.
Victoria asintió con una pequeña sonrisa.
―¿Conoces el refrán? «Un rizoma vale más que mil hombres».
Conocía el refrán ―aunque no comulgaba con él― y creyó entender lo que Victoria Pumarino quería decir.
―¿Sigue arriba? ―preguntó a su vez Olivia, refiriéndose a César.
―Imagino que la vergüenza le impide salir del cuarto de las escobas ―respondió Victoria, borrando su sonrisa―.
Pero no tardará en coger el coche y marcharse a Faro.
Aquí es un desgraciado, pero allí es una estrella ―tomó una bocanada de aire antes de seguir―.
Dejaré que siga siéndolo. Al fin y al cabo, es como un hijo para mí, y lo querré siempre.
Andrés y Olivia asintieron sin decir nada. Se despidieron con dos besos antes de salir por la puerta.
―Gracias por todo ―les dijo Victoria desde el umbral de la puerta―. A los dos.
Cada uno subió a su coche y Andrés suspiró con fuerza al arrancar el motor.
En ese momento, una mariposa se posó en el retrovisor izquierdo de su coche; era de color naranja y azul metálico, de una belleza impresionante.
«Una mariposa drago» entendió Andrés.
No obstante, apartó la mirada de la mariposa y pisó el acelerador, provocando que el insecto se marchara volando.
«Ya he tenido suficiente dosis de dragos por una temporada» se dijo mientras recorría el puente de la isla Libar.
La calle Mayor estaba desierta, pero al pasar por el bar-museo Drago a Andrés le pareció ver un gran número de personas reunidas alrededor de la barra, probablemente comentando lo ocurrido con Muriel.
Andrés abandonó Dos Gemelos con la sensación de dejar atrás una historia que ni mucho menos había tenido su final.
Se llevaba consigo el objeto cuya aparición había dado comienzo a toda la vorágine de acontecimientos, y le causaba cierta ansiedad saber que tendría que volver a Dos Gemelos para devolverlo.
Casi se le saltaron las lágrimas cuando alcanzó y cruzó el puerto de Saga. Subió el volumen de la música y cantó a pleno pulmón durante un buen rato.
― Never give up on the good times, gotta believe in the love you… Never give it up, no, never give it up, noooo!
Andrés había salido de Casa Libar apesadumbrado y con un estado de ánimo muy gris, y entró en Mauleón con una sonrisa y muchas ganas de abrazar a Juan.
Aparcó delante de su tienda de antigüedades, comprobó que dentro todo estaba en orden e introdujo el astrolabio en la caja de seguridad de Francisco Pumarino.
Cuando entró en casa lo recibieron una luz tenue, música de Taylor Swift y su novio con una copa de vino en cada mano.
―Bienvenido a casa, cariño ―le dijo Juan con una sonrisa.
―No hay nada como tirarse a otro para que tu novio se ponga las pilas ―bromeó Andrés antes de darle un beso y agarrar la copa que le ofrecía―. ¿Tanto me has echado de menos?
―Más que tú a mí, claramente ―rio Juan―. Entre robos, cadáveres y entrenadores de balonmano sexis no has tenido tiempo de acordarte de mí.
―Y aún no te lo he contado todo…
―¿Sobre el maromo?
―Sobre muchas cosas…
Una hora necesitó Andrés para contarle los acontecimientos de las últimas horas, así como sus impresiones al respecto.
―¡Joder! Con esa historia nosotros podríamos hacer cinco programas ―aseguró Juan, divertido―. ¿Seguro que no puedo mandar un reportero a Dos Gemelos a entrevistar a los protagonistas? Me vendría bien sangre nueva en el programa.
―¿Es necesario usar esa expresión teniendo en cuenta el contexto? ―lo regañó riendo Andrés.
En ese momento recordó un mensaje de Olivia que había recibido un rato antes en el que su nueva amiga escribía:
Han sido unos días muy divertidos, pero ahora mismo prefiero un tiro antes que ir a trabajar a Casa Libar.
―Oye, pues si quieres un buen fichaje para el programa, quédate con este nombre: Olivia Palafox.