César
Se sentía asqueado consigo mismo. Había tenido que hacer cosas horribles durante los últimos cuatro días, y todo había sido consecuencia de un error, un impulso que, desde el miedo y la impotencia, lo había empujado a llevarse el astrolabio al pasadizo subterráneo y a romper la ventana de la biblioteca para que sospecharan que alguien había entrado desde el exterior.
Aunque, ¿quién iba a venir hasta Casa Libar en medio de una tormenta de nieve para cometer un robo?
¿Cómo había podido nadie creerse aquella pantomima?
Sin embargo, la cosa se había torcido.
Pese a todo, lo había dejado pasar y le había ofrecido una taza de té que él había rechazado educadamente.
Aquello había provocado el enfado de la anfitriona.
―¡¿Demasiado lejos yo?! ―había vociferado― Ayer tu tía mandó a esos dos peleles a mi casa y tuvieron la poca vergüenza de colarse en mi dormitorio y, por lo que veo, fisgar en mis cajones. Y hoy te manda a ti para seguir amenazándome a mí y al rizoma que represento.
―He venido porque he querido. Mi tía no sabe que estoy aquí.
―Tu tía no sabe muchas cosas sobre ti ―había escupido Muriel con desprecio.
César había percibido por primera vez el odio que esa mujer sentía por él.
―¿Qué quieres decir con eso? ―había exigido saber César― ¿Qué es lo que mi tía no sabe de mí, eh?
La había retado para que hablara y, para su sorpresa, Muriel había hablado.
―Tu tía no sabe lo poco que te apetece que resucite vuestro querido rizoma de balleneros ―había afirmado con una sonrisa maliciosa.
―¿Qué sabrás tú?
―No lo digo yo, querido. Ha salido de tu boca, ¿no te acuerdas?
En la fiesta de Santa Inés que celebró tu tía.
Estuviste hablando mucho rato con Sofía, una chica morena muy mona a la que estuviste tirándole los tejos toda la noche, aunque al final terminaste tonteando con la chica tehúme que trabaja para tu tía.
De pronto, los recuerdos habían aparecido en la cabeza de César.
La imagen de la tal Sofía se había formado en su mente, así como el tonteo que había tenido con ella, lo simpática y habladora que había sido con él…
y cómo lo había escuchado pacientemente.
César, borracho como una cuba, acababa de enterarse de que el astrolabio de los bruhmas había aparecido en el río Saga, que su tía pretendía recuperar el antiguo rizoma familiar y que él, César, que estaba a punto de hacer que su equipo ascendiera a Primera División, era la persona que todo el mundo ―especialmente su tía― esperaba que tomara las riendas del rizoma Bruhma.
Abrumado, asustado y bastante ebrio, no había podido evitar contarle a aquella desconocida tan guapa lo que pasaba por su mente, sin pararse a pensar que aquella muchacha pudiera a su vez contárselo a terceras personas.
César jamás la había visto antes, y había pensado que era simplemente la amiga de alguno de los invitados.
―Sofía es mi sobrina ―le había confesado Muriel al ver la expresión confundida de César―.
Vive en Faro, como tú. Aquel día estaba de casualidad en Dos Gemelos.
Me acompañó a la fiesta de tu tía y cuando volvimos a casa me puso al día de todo lo que le había contado aquel chico tan guapo con el que había estado tonteando.
«¿Qué has hecho, idiota?»
César había entendido que había metido la pata, que no bastaría con llevarse el astrolabio de Dos Gemelos e impedir que Reno encontrara el reloj de arena; Muriel, la enemiga número uno de su tía, estaba en posesión de información muy delicada que sin duda podría utilizar contra Victoria y contra el propio César.
―Me pregunto qué diría Victoria si supiese que su sobrino favorito, el heredero de Casa Libar, va diciendo por ahí que los rizomas son, y cito literalmente, «cosas de viejos», y que «preferiría entrenar al equipo de balonmano de Dos Gemelos que ser el presidente de un rizoma como Bruhma».
César no recordaba haber dicho esas palabras, pero había reconocido en ellas su forma de expresarse, su sentido del humor y, honestamente, su manera de pensar. No cabía duda de que él le había dicho todas esas cosas a aquella desconocida, y que Muriel lo tenía ahora contra las cuerdas.
―¿Qué ganarías tú contándole ese cuento a mi tía? ―le había preguntado César intentando ganar tiempo.
―¿Yo? No mucho, la verdad. Sólo el placer de ver cómo Victoria descubre que su mayor enemigo lo tiene en casa.
Así quizás se le quiten las ganas de jugar a resucitar rizomas.
Y qué decir del bochorno y la humillación social que supondría para tu tía y para toda tu familia que en el pueblo se supiera que quien robó el astrolabio de los bruhmas fue el mismísimo César Pumarino…
―¡Estás mintiendo! ¡No tienes ninguna prueba!
―No las necesito. Una vez le cuente lo que yo sé, bastará con que tu tía ate cabos y saque sus propias conclusiones.
«Esta puta bruja me tiene cogido por los huevos.»
―-Muriel… No hace falta que hagas esto. Mi tía no va a resucitar ningún rizoma. Te pido por favor…
―¿Qué me pides? ―lo había interrumpido― ¿Que no llame a tu tía y le diga que tú has robado su astrolabio?
Muriel se había acercado a la mesita del salón donde estaba su teléfono móvil y lo había cogido mirando desafiante a César. Éste, presa del pánico, había corrido hacia ella para evitar que hiciera alguna tontería.
«Lo va a hacer ―había pensado, desesperado―. Esta hija de puta va a hacer cualquier cosa para jodernos a mí y a mi tía.»
En esos tensos segundos César había vislumbrado lo que estaba a punto de pasar: tal y como Muriel había predicho, una llamada a su tía sería una mecha difícil de apagar, y la relación entre César y Victoria, un vínculo que había ido fortaleciéndose con los años, terminaría hecha añicos.
El futuro de César ―concretamente, la relación con su familia y la herencia de su tía Victoria― se vería seriamente comprometido, y las consecuencias podrían ser irreparables.
«¿Estoy a punto de cometer el mayor error de mi vida? ¿Esta vieja va a joderme la vida?»
Un torrente de pensamientos había secuestrado la conciencia de César en cuestión de segundos. Frente a él, el rostro impregnado de odio de Muriel lo miraba amenazante mientras le mostraba una sonrisa burlona. En su mano, un teléfono móvil, y el poder de arruinar la vida de César.
―Ni se te ocurra llamar a mi tía.
―¿Acaso vas a prohibirme que lo haga? ―lo había desafiado Muriel― ¿Qué piensas hacer?
Había habido un forcejeo, un intento desesperado de César de quitarle el teléfono a esa mujer, un acto vergonzante, violento y fuera de lugar que había pillado a Muriel por sorpresa, a juzgar por la expresión confusa de su rostro.
Una lucha desigual en la que sin embargo Muriel había sabido proteger su teléfono móvil, a costa de perder el equilibrio y golpearse la cabeza contra la esquina de la mesita de donde acababa de coger el móvil.
Para César todo había ocurrido en cámara lenta, pero a la vez demasiado rápido.
No había pretendido hacer daño a Muriel.
Había sido una reacción instintiva, de supervivencia, provocada por el terror y los nervios.
César había sido testigo de cómo esa mujer había dado un traspiés al intentar esquivarlo y se había caído de forma casi cómica frente a él.
Había escuchado perplejo el sonido de la cabeza de Muriel golpeando la dura superficie de la esquina de la mesa, un sonido escalofriante que no auguraba nada bueno.
Durante varios segundos César había permanecido de pie junto al cuerpo inerte de Muriel, observando la terrorífica expresión sin vida de su rostro. Paralizado por el shock, bloqueado por lo surrealista de la situación, había luchado contra el caos de su mente para tomar una decisión.
Finalmente, temblando y con el corazón a punto de salirse del pecho, César había recogido el teléfono móvil de Muriel del suelo para dejarlo sobre la mesa del salón y se había marchado por donde había venido.
Cinco minutos después, había cruzado el hueco de la chimenea y había regresado sigilosamente ―aunque escuchaba el sonido de su respiración entrecortada y de los latidos de su corazón― al dormitorio que compartía con Andrés.
No había pegado ojo en toda la noche.
«¿He matado a esa mujer?»
Se lo preguntaba porque realmente no sabía cuánto de su responsabilidad y cuánto de desafortunado accidente había en lo que le había ocurrido a Muriel.
―¿Mataste tú a Muriel? ―le preguntó Olivia casi veinticuatro horas más tarde, después de haberle reconocido a su tía todo lo que quería evitar que Muriel le contara.
Mientras los últimos copos de nieve de aquella histórica tormenta golpeaban con suavidad el cristal de la ventana del salón de Casa Libar, Andrés, Olivia y su tía Victoria esperaban la respuesta a la gran pregunta que había quedado en el aire.
César llevaba demasiadas horas haciéndose esa pregunta, y decidió responder con la conclusión a la que creía haber llegado de corazón.
―Yo no la maté. Fue el karma el que quiso que resbalara y se matara.