Victoria
La puerta del salón se abrió y César entró con paso decidido.
―¿Pasa algo, tía? ―preguntó su sobrino acercándose a ella y sentándose en el sofá que había junto a su butaca.
―Pasa que he tenido una conversación muy interesante con Reno Soto ―comenzó diciendo con calma.
César la miró con curiosidad.
―¿Ha encontrado el reloj de arena? ―preguntó elevando una ceja.
―Sí, lo ha encontrado ―respondió Victoria.
Escrutó el rostro de su sobrino para ver el efecto que provocaban en él sus palabras. No percibió absolutamente nada.
―Pero esa no es la parte interesante ―prosiguió Victoria al comprobar que César no pensaba decir nada―. Entre otras muchas cosas, me ha contado que él no era el único interesado en el reloj.
César se removió en el sofá.
―¿A qué te refieres? ―preguntó mostrando una ligera impaciencia.
―Al parecer, alguien contactó con los MacFayden para evitar a toda costa que el reloj de arena volviera a Casa Libar.
Victoria esperó a que su sobrino dijera algo. Pero César permaneció callado devolviéndole una mirada que intentaba, cada vez con menos éxito, esconder su nerviosismo.
En un nuevo intento por calmar sus nervios, Victoria se incorporó pausadamente y se dirigió al botellero que había junto a la chimenea.
Extrajo de su interior una botella de whisky escocés que el propio César le había traído de Inverness.
Se sirvió una copa sin molestarse en ofrecerle otra a su sobrino.
―¿Conocías el paradero del reloj de arena cuando me compraste esta botella de whisky?
La pregunta pareció sorprender a César.
―¿Por qué iba a conocerlo?
―Porque necesitaste menos de dos días para localizar a Tavish MacFayden ―reveló su tía―. A Reno le costó una semana.
Victoria sabía que Reno no era el detective más eficaz del mundo, pero tenía sin dudas más recursos que César.
―No sé a qué te refieres ―se limitó a decir su sobrino.
Victoria se giró lentamente y regresó a su butaca sin quitar ojo de su sobrino. Le mantuvo la mirada mientras bebía un largo sorbo de whisky.
―Debería preguntarte por qué lo has hecho, pero desgraciadamente ya conozco la respuesta ―afirmó Victoria sin apartar la mirada.
César se tomó su tiempo antes de relajar los hombros, cerrar los ojos y exhalar un soplo de aire.
―¿Lo entiendes, por lo menos? ―preguntó, antes de abrir de nuevo los ojos.
Victoria deseaba poder decir que no, pero no era cierto. Por supuesto que lo entendía.
César estaba saboreando las mieles del éxito como entrenador del Atlético Faro, había tenido una segunda oportunidad de destacar en la que era su gran pasión, y era en eso en lo que quería centrarse.
Si, como todo apuntaba, el equipo ascendía a Primera División, César alcanzaría un enorme logro profesional.
Victoria era muy consciente de que su sobrino quería dedicar su tiempo y esfuerzo a labrarse una carrera deportiva de éxito en Faro Cabalar, y quién sabe si en un futuro también en el extranjero.
En esos planes no entraba, seguramente, convertirse en presidente de un rizoma menor de Dos Gemelos, un pueblito situado a una hora en coche de la capital.
Compatibilizar ambas responsabilidades no parecía demasiado viable.
Desde el día en que el astrolabio apareció en el río Saga Victoria había albergado esperanzas de que su sobrino, el niño de sus ojos, se interesara por tomar el mando del antiguo rizoma de su familia, que se comprometiera a liderarlo compatibilizando su carrera profesional con sus deberes familiares y rizomáticos.
Victoria se había estado engañando, ignorando los desplantes y desprecios de su sobrino, diciéndose que cuando fuera una realidad, cuando Bruhma fuera oficialmente un rizoma en activo, César cambiaría de opinión.
Ahora, la más cruda de las realidades la había golpeado con fuerza; su sobrino no sólo no quería cumplir el deseo de Victoria, sino que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para evitarlo.
―Hubiese preferido que me lo hubieras dicho, sinceramente ―dijo Victoria―. Me hubieses roto el corazón, como ahora, pero al menos me hubieses ahorrado todo lo vivido estos días.
―Tienes toda la razón ―estuvo de acuerdo César―. Hubiese evitado el sufrimiento de mucha gente, incluído el mío.
Victoria volvió a beber de su vaso.
―¿Lo tenías planeado o fue algo improvisado?
César la miró unos segundos antes de responder.
―Antes de la fiesta de Santa Inés, la posibilidad de que el rizoma Bruhma se restituyera me parecía muy remota; yo conocía la existencia del sello de plata que guardaba el abuelo en una caja fuerte de Mauleón, y también la del reloj de arena, aunque estaba seguro de que nadie aparte de mí conocía su paradero.
Además, la efigie se había perdido hacía mucho tiempo, y sin efigie no había manera de recuperar el rizoma Bruhma.
Pero cuando esa noche anunciaste que el astrolabio había aparecido y que pretendías resucitar el rizoma Bruhma, entendí que la posibilidad era ahora muy real, y me puse muy nervioso.
»Volví a Faro, pasaron los días, e intenté no pensar demasiado en el tema.
Pero sabía que no te quedarías de brazos cruzados, así que hablé con tu asistente personal y le sonsaqué que habías llamado a un anticuario de Mauleón.
Comprendí que estabas reuniendo los tres objetos fundacionales, y que si hiciera falta viajarías hasta Escocia para encontrar el reloj de arena.
Así que, en cuanto pude, y pese a la amenaza de tormenta, vine a verte, con intención de comprobar cuánto sabías sobre el reloj.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enteré de que lo habías localizado y que habías enviado a Reno Soto a buscarlo.
»No sabía muy bien qué hacer, cómo impedir que siguieras adelante, pero esa misma noche tú me diste el impulso que necesitaba: me dejaste muy claro que yo sería el líder del rizoma Bruhma, y me dije que si no hacía algo, mi vida cambiaría para siempre.
Podía haber sido sincero y haberte confesado que no quería aceptar esa responsabilidad, que no estaba dispuesto a dedicar parte de mi tiempo a ello.
Sabía que no lo entenderías, o que no lo aceptarías.
Me daba miedo que al enfrentarme a ti provocara un conflicto entre nosotros, que terminase haciendo un daño irreparable.
Pensé que sería mejor dejar las cosas como estaban, y que llevarías mejor la frustración por la pérdida de los objetos fundacionales que por la de tu sobrino.
Por eso, en cuanto salí de este salón fui a la biblioteca y me llevé el astrolabio.
Victoria le hizo un gesto con la mano antes de interrumpirlo.
―¿Dónde está? ―quiso saber.
―En el pasadizo subterráneo que hay debajo de la isla Libar ―respondió César―. Guardado en un arcón. Mi idea era mantenerlo allí hasta que pudiera llevármelo de Dos Gemelos.
Victoria siempre había oído historias sobre pasadizos secretos y salidas subterráneas en Casa Libar, pero jamás había tenido constancia de ninguna.
―¿Por qué no me habías dicho que conocías ese pasadizo? ―exigió saber.
―El abuelo me lo enseñó cuando era un adolescente. Me contó que los hombres de Casa Libar lo habían utilizado durante años para encargarse de sus propios asuntos.
«Bonito eufemismo» pensó con resignación.
Victoria sabía que su padre había sido infiel a su madre, y desde luego no se le escapaba lo mucho que bebía y que disfrutaba de los placeres más mundanos.
Las mujeres de Casa Libar habían hecho la vista gorda muchas veces, pero Victoria no sabía si lo habían hecho hasta el extremo de ignorar la existencia de un pasadizo secreto probablemente diseñado y construido con el fin de escabullirse de casa sin que la esposa de turno se enterara.
―Entonces, ¿has estado cuatro días fingiendo creer que alguien había entrado y había robado el astrolabio? ―lo acusó Victoria, antes de añadir con amargura― ¿Por qué?
César se encogió de hombros.
―¿Qué más podía hacer? ―dijo― Tú empezaste a montarte la película, a hacer una lista de sospechosos, a dejar que Olivia te convenciera de visitarlos… No podía parar vuestro juego de detectives sin incriminarme. Así que, simplemente me mantuve al margen.
Victoria se sentía humillada: había acudido a la iglesia a exigir delante de todo el pueblo que el drago que hubiera robado su astrolabio lo devolviera, y en realidad el robo había sido llevado a cabo por un miembro de su propia familia.
Victoria había buscado al ladrón entre sus enemigos, cuando lo había tenido sentado en el salón de su casa.
―Sin embargo, no te has mantenido al margen con el reloj de arena ―observó Victoria―. ¿Cuándo boicoteaste la misión que le encomendé a Reno?
―Ayer logré por fin hablar con Tavish MacFayden ―admitió su sobrino―.
Hace años mi padre me contó la historia de Vicente San Juan y el reloj de arena que se llevó a Escocia.
Me dijo que el abuelo y el bisabuelo Arturo habían investigado y que creían que Vicente había muerto en la localidad de Oban, en las highlands .
Decidí investigar por mi cuenta y no me llevó mucho tiempo dar con el castillo de Kilchurn, a unos treinta kilómetros de Oban.
Allí había trabajado y vivido nuestro antepasado, así que concluí que los dueños del castillo, la familia MacFayden, debían estar en posesión del reloj de arena.
»Cuando hace cuatro años viajé a Escocia con mi novia de entonces sentí curiosidad por conocer la zona, incluso conduje hasta el castillo de Kilchurn, pero no pude acceder ni siquiera a la finca, me tuve que conformar con ver el castillo de lejos.
Lo dejé estar, puesto que nunca pensé que ningún Pumarino fuera a recuperar ese reloj.
Cuando el jueves supe que Reno estaba en Edimburgo y que había contactado con un miembro de la familia MacFayden, me puse las pilas para contactar yo mismo con ellos.
Por suerte, yo di con el hermano listo y avaricioso, y enseguida se mostró abierto a escuchar mi propuesta.
Victoria no podía creer que su sobrino le hubiera ofrecido dinero a un extraño para que evitara que su tía recuperara una reliquia familiar.
El robo del astrolabio podía haberse debido a un arrebato cuyas consecuencias después se le habían ido de las manos; la trama escocesa, sin embargo, había sido un acto premeditado que se remontaba a varios años atrás.
«Mi sobrino lleva años preparando el terreno por si el rizoma Bruhma emergía y desbarataba sus planes.»
Pero había un tercer episodio que superaba en gravedad el robo del astrolabio y la llamada a Tavish MacFayden, y que sobrepasaba lo tolerable para Victoria Pumarino: ¿estaba César también implicado en la muerte de Muriel Bahamontes?
Estaba a punto de preguntárselo cuando la puerta del salón volvió a abrirse y Olivia y Andrés entraron con el astrolabio de los bruhmas en la mano.