Estela
Un ruido proveniente de la sacristía los puso en alerta.
―Hay alguien más aquí ―dijo el padre Salva volviéndose para dirigirse a la puerta que había detrás del altar.
―¡Tenga cuidado, Padre! ―le advirtió Gerardo, asustado.
―Habrá sido el viento ―dijo el alguacil.
―O alguna rata ―sugirió Mariana―. Cada vez hay más en este pueblo.
A Estela no se le escapó el doble sentido de aquel comentario, y no le sorprendió viniendo de boca de Mariana.
―No sé qué ratas has visto tú en Dos Gemelos ―farfulló Santiago, visiblemente molesto.
Mariana no tuvo ocasión de replicarle al alcalde, puesto que dos figuras cruzaron la puerta de la sacristía provocando la sorpresa de todos los presentes, incluida Estela.
―¡Olivia! ¿De dónde salís? ―les preguntó Estela sin entender nada.
La secretaria personal de su señora y el anticuario de Mauleón parecían igual de sorprendidos que ellos. No llevaban ropa de abrigo, y sujetaban sus teléfonos móviles en la mano con la linterna encendida.
―¿Qué hacíais en la sacristía? ―los interrogó el padre Salva.
―Yo diría que espiarnos a escondidas ―se adelantó Gerardo con tono acusatorio.
―No estábamos espiando a nadie ―se defendió Olivia, que parecía aturdida―. Nosotros… hemos aparecido… a ver cómo lo explicamos…
―Hemos descubierto un pasadizo que une Casa Libar con la sacristía ―declaró el anticuario mientras su mirada se posaba uno a uno en todos los presentes―. Desconocíamos a dónde llevaba… y, la verdad, no esperábamos que fuera aquí.
―¿Un pasadizo? ¿A qué os referís? ―preguntó Estela, cada vez más confundida.
―Un pasadizo secreto ―especificó Andrés―. La entrada está en la chimenea tapiada de la biblioteca.
―¡Así que era verdad! ―murmuró Lucio con los ojos abiertos.
―¿El qué? ―le preguntó ella.
―Reno siempre ha dicho que había un pasadizo secreto en Casa Libar ―explicó su marido.
―Pensaba que eran cuentos suyos ―repuso Estela.
―Pues era verdad ―dijo Olivia―. Pero, ¿sabéis qué más hemos descubierto en ese pasadizo?
Nadie dijo nada.
―El astrolabio de los bruhmas ―resolvió Andrés, provocando el asombro de todos.
Estela y Lucio intercambiaron una mirada cómplice. ¿Qué significaba aquello? ¿Quién había utilizado ese pasadizo secreto? ¿Qué hacía allí el astrolabio robado? ¿Quién lo había dejado allí?
Andrés volvió a tomar la palabra.
―Supongo que la pregunta más lógica ahora, Padre, es por qué no nos ha dicho que su sacristía está conectada con Casa Libar ―disparó con la mirada puesta en el párroco.
―¿Cómo dice? ―bramó el padre Salva, tensando la mandíbula.
―El astrolabio robado está escondido técnicamente en el subsuelo de su iglesia, Padre ―expuso Olivia―. ¿Cómo lo explica?
Todas las miradas se posaron en el padre Salva, que parecía atónito.
―No sé de qué me estáis hablando ―balbuceó con torpeza.
―¿No sabía de la existencia de ese pasadizo, Padre? ―lo interrogó el alcalde.
―¡Por supuesto que no! ―contestó el cura, con mayor contundencia.
―Pues alguien en el pueblo conocía su existencia ―aseguró Andrés sin perder la firmeza―, y lo ha utilizado para entrar en Casa Libar y robar el astrolabio. Sin duda, debió de salir por la iglesia.
―Yo no vivo aquí ―dijo el padre Salva―. Como entenderéis, no vigiló la iglesia las veinticuatro horas del día. Cualquiera puede entrar y salir de aquí sin problemas.
―¿No cierra la puerta de la iglesia? ―se sorprendió Andrés.
―La casa del Señor siempre tiene abiertas sus puertas ―afirmó el padre Salva―. Y, sin embargo, recibe pocas visitas.
―A ver si lo he entendido bien ―intervino Santiago―. ¿Alguien ha utilizado un pasadizo secreto que va de la sacristía a la biblioteca de Casa Libar para llevarse el dichoso astrolabio y lo ha perdido en el pasadizo?
―No lo ha perdido ―respondió Olivia―. Lo ha escondido allí abajo.
―¿Para qué? ―preguntó el alcalde― ¿Por qué arriesgarse a que alguien lo encuentre y se lo devuelva a Victoria?
―Supongo que le parecería un lugar seguro hasta que pasara la tormenta, o se olvidara el asunto ―dijo el anticuario.
Estela se dirigió entonces al párroco.
―Padre, ¿cree que Muriel podría haber utilizado el pasadizo de la sacristía para robar el astrolabio? ―le planteó―. Antes usted ha dicho que creía que fue ella la que lo robó.
―Sería posible ―aseguró el padre Salva―. La casa de Muriel está justo enfrente. Apenas tardaría un minuto en recorrer la distancia entre su casa y la sacristía.
―¿De verdad os imagináis a Muriel entrando por la chimenea de Casa Libar como Papá Noel para robar un objeto antiguo? ―planteó Braulio, que parecía verdaderamente escéptico.
―A mí me cuesta creerlo, la verdad ―admitió Gerardo―. Si lo pensáis bien, pudo haberlo hecho cualquier vecino, no sólo Muriel; cualquiera que conociera la existencia de ese pasadizo y la costumbre del padre Salva de dejar la puerta de la iglesia abierta.
―Es cierto ―le concedió Olivia―, pero creo que el ladrón conocía perfectamente tanto la iglesia como Casa Libar. ¿Cuánta gente en Dos Gemelos tiene la capacidad de moverse con tanta facilidad por esos lugares?
―Señorita Palafox ―replicó Gerardo―. Todos los que estamos aquí, entre muchos otros, estuvimos en Casa Libar hace apenas dos semanas.
Victoria Pumarino nos odia a nosotros y a nuestro rizoma, pero le encanta invitarnos a su casa para restregarnos lo rica que es y lo buena que es organizando fiestas.
Todos hemos tenido acceso a su salón, a su biblioteca e incluso a la planta de arriba.
Cualquiera pudo haber descubierto ese pasadizo.
―Mi marido y yo llevamos muchos años trabajando en Casa Libar ―intervino Estela―, y no conocíamos el pasadizo.
―En cuanto a la sacristía ―dijo a su vez el padre Salva―, sólo un puñado de mujeres que me ayudan en la iglesia suele entrar allí y, sinceramente, tampoco las veo arrastrándose por el agujero de una chimenea.
―Creo que hay un detalle al que no estamos dando la suficiente importancia ―retomó Olivia―.
Si te molestas en salir de tu casa en medio de una tormenta de nieve, entrar en la iglesia, recorrer todo el pasadizo hasta Casa Libar, entrar en la biblioteca, llevarte el astrolabio, romper una ventana, volver a meterte en el pasadizo y hacer todo el camino de vuelta a casa, ¿por qué dejar el astrolabio en un arcón?
No me convence el argumento de que el ladrón no tenía dónde esconderlo.
―Quizás había alguien en la iglesia ―teorizó Andrés―, se asustó, y decidió dejar el astrolabio en el pasadizo.
―¿Pero el ladrón sí salió por la sacristía? ―repuso Olivia― Podía haber vuelto a Casa Libar…
―Y haber salido por la ventana ―completó Andrés, abriendo los ojos―. Quizás entró por el pasadizo, se llevó el astrolabio al subsuelo, y se vio obligado a salir por la ventana de la biblioteca.
―Entonces, ¿para qué romperla? ―planteó Olivia, confundida― Le bastaba con abrir la ventana y saltar.
―Así mataba dos pájaros de un tiro ―opinó el alcalde―. Escapaba de allí y además fingía haber entrado por la ventana.
Para Estela, aquella teoría tenía sentido, pero había algo que no acababa de convencerla. Había un detalle que no encajaba.
―Y, ¿por qué no encontramos huellas en la nieve?
―se preguntó en voz alta Estela, y luego se volvió hacia su marido― En su momento, asumiste que el ladrón se había encargado de borrar sus huellas.
Pero ahora que sabemos que pudo entrar por el pasadizo, tiene más sentido que no hubiera huellas afuera.
No había huellas porque el ladrón no salió de Casa Libar.
―Estamos en un callejón sin salida ―se lamentó el padre Salva―.
Será mejor que esperemos a que venga la policía y se ocupe de resolver este misterio.
Ahora, deberíamos pensar qué hacer con el cuerpo de Muriel.
Y esta sería una buena ocasión para que nos explicarais ―añadió dirigiéndose a Andrés y Olivia― cómo sabías que Muriel estaba muerta si…
―Estela, ¿qué has dicho?
Olivia había interrumpido al cura sin titubeos, y Estela comprobó que la miraba con los ojos totalmente abiertos.
―¿Yo? ―preguntó ella, nerviosa.
―Acabas de decir que el ladrón no salió de Casa Libar ―expuso Olivia, tensa―. Supongo que te referías a que no salió por la ventana sino por el pasadizo secreto, pero has dicho que «no salió de Casa Libar».
Estela no entendía a qué se refería, y por la expresión del resto dedujo que ellos tampoco.
―Era una forma de hablar ―balbuceó Estela, creyendo que Olivia la estaba acusando de algo.
―Lo sé, lo sé, no es eso ―se apresuró a aclarar Olivia―. Es sólo que… Hemos dado por hecho que el ladrón rompió la ventana para hacernos creer que entró y salió por allí, y así desviar la atención del pasadizo secreto. Pero, ¿y si…?
Todos la miraron expectantes.
―¿Y si no era eso lo que pretendía al romper la ventana? ―preguntó Olivia, abriendo aún más los ojos.
Un silencio denso se impuso en la estancia.
―¿Y qué crees que pretendía? ―la apremió Gerardo.
Entonces, como si de una revelación enviada por la mismísima Santa Inés se tratara, Estela creyó saber a qué se refería Olivia.
―Pretendía hacernos creer que se había marchado con el astrolabio ―afirmó Estela ante la mirada atónita de los demás―. Y que ya no estaba en Casa Libar.
Tras asentir con la cabeza, Olivia añadió algo más:
―Pero sí estaba en Casa Libar. Nunca llegó a marcharse.