El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
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Andrés

―¿Os habéis marchado de la escena del crimen? ―lo interrogó Juan.

―¿No es lo mismo?

―Olivia y yo nos hemos asustado ―confesó, algo avergonzado―. Sé que ha estado mal, pero seguro que alguien la encuentra. Si no, llamaré yo mismo a la policía, te lo prometo.

―No sé si sería lo más inteligente, cariño ―le aconsejó Juan―. ¿Habéis tocado algo? ¿Y si encuentran vuestras huellas en la escena del crimen?

―¡Que no es una escena…!

―¡ANDRÉS!

Olivia irrumpió en la habitación, como no podía ser de otra manera, sin llamar. Por su cara parecía que había visto un fantasma.

―¿Qué pasa? ―preguntó Andrés, preocupado.

―Necesito que vengas conmigo ―respondió Olivia, nerviosa.

―Bajo enseguida ―le prometió Andrés, pero ella negó con la cabeza.

―No lo entiendes. Tienes que venir ya. Ahora.

Andrés enarcó una ceja. Entendió que Olivia no le iba a dar opción a elegir.

―Cariño, te llamo luego ―le dijo a Juan antes de colgar y salir pitando detrás de Olivia.

La siguió escaleras abajo, y mientras lo hacía pasó por su mente que alguien hubiera vuelto a robar en la casa o incluso que pudiera haber aparecido otro cadáver.

Al llegar al piso inferior Olivia giró a la izquierda y se metió en la biblioteca.

Cuando Andrés la imitó y ambos estuvieron dentro Olivia cerró la puerta tras él.

Cuando se giró, Andrés descubrió una abertura en la chimenea de la biblioteca.

Que él recordara, esa chimenea siempre había estado tapiada.

―¿Qué cojones es…?

―Sígueme ―le ordenó Olivia―. Tenemos que meternos por ahí.

―¿Por la chimenea? ―preguntó él, incrédulo.

―Es un pasadizo secreto ―le explicó Olivia introduciéndose por la abertura.

Andrés la vio perderse en la oscuridad bajando por una escalera de mano vertical.

―Enciende la linterna de tu teléfono y baja por esta escalera ―oyó decir a Olivia, que no parecía dispuesta a esperarlo.

Sin tiempo de dudar o de entender plenamente lo que estaba pasando, Andrés obedeció y descendió cuidadosamente por la escalera que partía de la misma base del hueco de la chimenea. Por suerte, sólo necesitó unos segundos para recorrer la distancia que separaba los dos extremos de la escalera.

―¿Dónde estamos? ―preguntó cuando tocó suelo.

―Creo que este túnel es una vía de salida subterránea ―respondió Olivia penetrando en la oscuridad.

―¿Una salida de Casa Libar?

―De la isla Libar ―le corrigió Olivia―. Aunque aún no lo he comprobado. Primero quiero que veas esto.

Andrés recorrió el túnel siguiendo de cerca a Olivia, que avanzaba a gran velocidad, como si tuviera prisa por llegar a su destino.

En un momento dado, el pasillo se ensanchó formando una cámara o habitáculo integrado en su recorrido. A ambos lados había sistemas de almacenamiento como cajas, baúles o aparadores antiguos.

Olivia se dirigió directamente a un arcón enorme con la tapa abierta. Andrés se asomó al arcón y descubrió que el interior contenía una única cosa.

Su mente necesitó unos segundos para entender lo que Olivia le estaba mostrando.

―¿Es eso lo que creo que es? ―preguntó en estado de shock.

―Dímelo tú, que eres el anticuario ―respondió Olivia.

Andrés se agachó para coger el astrolabio y Olivia lo iluminó con su teléfono. No fue necesario un examen demasiado exhaustivo.

―Es el astrolabio que robaron ―certificó Andrés con el corazón latiendo a toda velocidad.

―¿Y qué coño hace aquí? ―preguntó Olivia con nerviosismo, aunque Andrés entendió que era una pregunta retórica.

―¿Cómo lo has encontrado? ―la interrogó él.

Olivia le relató atropelladamente, casi pisando sus propias palabras, cómo había terminado haciendo aquel descubrimiento.

―Ahora sabemos que el ladrón entró en la biblioteca a través del hueco de la chimenea ―concluyó Andrés, intentando poner orden en su cabeza―, que se llevó el astrolabio, que rompió la ventana, supongo que para hacernos creer que había entrado por allí, que volvió a salir por este pasadizo y que escondió aquí el astrolabio.

Pero ¿por qué no se lo llevó? ¿Por qué lo escondería aquí?

―Quizás pensaba que aquí estaría seguro ―teorizó Olivia―, que nadie descubriría este lugar.

―¿Tal vez esperaba que la policía, o algún tocapelotas como nosotros, apareciera en su casa para buscar el astrolabio?

―¡Eso es! ―gritó Olivia― Y no le faltaba razón. Acertó al no arriesgarse a llevárselo a casa.

―¿Quién crees que…?

Andrés no terminó la frase. La respuesta, que difícilmente le iba a dar Olivia, se encontraba probablemente al otro lado de aquel pasadizo subterráneo.

―Vayamos a ver a dónde lleva este pasillo ―propuso Andrés sintiendo cómo sus pulsaciones volvían a acelerarse.

Olivia lo agarró entonces del brazo.

―Ay, Andrés. ¡Qué emocionante es esto y qué cagada estoy!

Sin perder más tiempo, y agarrados de la mano como niños asustados a la par que excitados por la aventura de lo desconocido, Andrés y Olivia continuaron recorriendo el pasadizo que fácilmente había superado el centenar de metros.

«Debemos estar debajo del pueblo» calculó Andrés.

Pero, exactamente, ¿dónde acabaría el pasadizo? ¿La casa de quién estaba unida con Casa Libar mediante un pasadizo de semejantes dimensiones? ¿Quién, cuándo y por qué había construido una entrada secreta a Casa Libar? ¿Estaban a punto de descubrir al ladrón del astrolabio?

Tras lo que a Andrés le pareció una auténtica eternidad, el pasillo llegó a su fin. En el muro que se toparon encontraron una escalera de mano idéntica a la que había dentro de la chimenea de Casa Libar.

―Tú primero ―le ordenó Olivia soltando su mano y dirigiendo la luz de la linterna hacia arriba.

Andrés respiró hondo y se encaramó sin miedo a la escalera para iniciar el ascenso a lo desconocido. Pronto sintió el peso de Olivia al subirse tras él a la escalera.

En lo alto de la escalera encontraron una especie de losa que cubría el hueco de la escalera. Temiendo que estuviera cerrada, Andrés probó a propinar un golpe suave con el puño, pero descubrió que la losa cedía con facilidad.

La apartó y salió en lo que parecía una habitación completamente a oscuras. La luz de la linterna le dejó vislumbrar un armario y una mesa, así como varias sillas. Andrés ayudó a Olivia a salir por completo del agujero abierto en el suelo antes de inspeccionar debidamente aquel lugar.

―¿Dónde estamos? ―susurró Olivia, mirando a su alrededor.

Andrés se valió de la linterna para dar con un interruptor y encender la luz de la habitación.

A sus ojos les costó acostumbrarse a la claridad, pero después no necesitó demasiadas pistas para saber exactamente dónde se encontraban.

―¡Hostia! ―se le escapó.

―Con la Iglesia hemos topado ―murmuró Olivia, petrificada.

En efecto, estaban en la sacristía de la iglesia de Dos Gemelos.