Olivia
También cabía la posibilidad de que el impacto de haber encontrado muerta a Muriel Bahamontes tuviera algo que ver con su malestar estomacal.
«No todos los días se encuentra una con un cadáver» se dijo para justificar el nerviosismo que se había apoderado de ella.
«Nosotros no hemos hecho nada ―intentó tranquilizarse―. Ya estaba muerta cuando hemos llegado.»
Sin embargo, otra voz se impuso en su cabeza.
«La hemos dejado allí tirada, como a una colilla.»
César había asegurado que no tardarían en encontrarla, y una vez lo hicieran ―esperaba Olivia―, llamarían a la policía y concluirían que había muerto de forma natural. Nada ni nadie los llevaría hasta Olivia y Andrés.
«¿Ha sido una muerte natural o la han asesinado? ―se preguntaba Olivia― ¿Quién iba a querer matarla? ¿Y por qué?»
Sin embargo, no eran esas cuestiones las que más preocupaban a Olivia. Lo que realmente le preocupaba era que ella, Olivia Palafox, había decidido por voluntad propia no atender a esa mujer y marcharse de su casa.
Se levantó de la butaca, agobiada, y comenzó a dar vueltas por la biblioteca. Necesitaba tranquilizarse, de lo contrario, acabaría volviéndose loca encerrada en esa casa.
Se apoyó en la enorme chimenea tapiada, sobre la cual había varios objetos muy bonitos, entre los que destacaba una talla de madera con la forma del símbolo del rizoma Bruhma, la cabeza de un tridente y una ola de mar.
«¿Creerían en tritones y sirenas los antiguos bruhmas?»
Olivia cogió la talla con intención de analizarla detenidamente, pero resbaló en sus dedos y cayó al suelo. Olivia pegó un gritito justo antes de que la talla se estrellara contra el suelo y se partiera en dos pedazos.
―¡Mierda!
Se agachó para recoger su estropicio, y cuando lo hizo algo llamó su atención.
El muro que tapiaba el hueco de la chimenea había sido levantado toscamente con ladrillos ennegrecidos por el tiempo.
Olivia reparó en que entre los dos ladrillos situados en la parte más baja del muro había una fina rendija, apenas perceptible.
Se inclinó frente a la chimenea y repasó con los dedos la rendija.
No parecía un desperfecto casual: había una simetría extraña en el dibujo de los ladrillos, como si uno de ellos no encajara del todo con el resto.
«Qué raro…»
Al presionar con la palma notó una ligera oscilación, un crujido metálico que no tenía nada que ver con la fragilidad del mortero.
Olivia probó a empujar con más fuerza y el ladrillo cedió apenas un centímetro hacia adentro, como si estuviera montado sobre un resorte oculto.
Entonces se oyó un chasquido sordo, seguido de un leve temblor en toda la estructura.
Poco a poco, el muro comenzó a desplazarse hacia un lado, deslizándose con sorprendente suavidad, revelando en el hueco de la chimenea un agujero en el suelo de cuya oscuridad subía una escalera de mano de madera.
―¡Joder! ―se le escapó a Olivia.
Su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Acababa de descubrir un pasadizo secreto? ¿Una entrada secreta a Casa Libar? ¿A dónde llevaba esa escalera que se adentraba en las profundidades de la casa?
Sintiéndose la protagonista de una novela de misterio, Olivia introdujo la cabeza en el hueco de la chimenea, y se asomó con sumo cuidado al agujero que prácticamente cubría toda la superficie. Sintió una ligera corriente proveniente de algún lugar ahí abajo.
Tuvo la tentativa de avisar a Andrés o a César, pero llevada por la emoción de aquel descubrimiento se dispuso a bajar la escalera de mano que tenía enfrente.
Lo más complicado fue colocar las manos y los pies en la estrecha escalera sin golpearse la cabeza contra el hueco de la chimenea o sin caer por el agujero.
«Sería una muerte patética» pensó mientras comenzaba a bajar por la escalera.
Cuanto más bajaba, más se adentraba en la oscuridad. Lejos de sentir miedo, Olivia sentía cada vez más excitación. ¿A dónde conducían esas escaleras? ¿Existía alguna cámara secreta en Casa Libar? ¿Una antigua mazmorra? ¿Una sala de torturas, quizás? O, mejor aún, ¿una sala de juegos sexuales?
De pronto, su pie derecho tocó fondo. Olivia había llegado al final de la escalera.
Cuando se bajó de la escalera sacó su teléfono móvil y encendió la linterna con algo de miedo. La luz le descubrió un sencillo pasadizo de piedra que se perdía en la oscuridad.
Olivia avanzó por el pasadizo alumbrando el suelo para no tropezar o pisar algo ―algún tipo de roedor, por ejemplo―, y se inquietó al no escuchar absolutamente nada salvo el sonido de sus pasos.
La distancia que Olivia estaba cubriendo excedía ya las dimensiones de la propia Casa Libar, y la humedad se intensificaba a cada paso, lo que llevó a Olivia a concluir que probablemente estuviera cerca del río Saga, cuando no debajo de él.
«¿Estoy saliendo de la isla Libar?» se preguntó.
De ser así, aquel pasadizo podía ser una entrada o salida de Casa Libar.
«¿Y si el ladrón hubiera entrado por este pasadizo?» se le ocurrió de pronto.
No. Habían roto la ventana de la biblioteca para entrar en la casa. Si hubieran utilizado aquel pasadizo, podían incluso haber entrado y salido de Casa Libar sin que nadie se diera cuenta. En ese caso, romper la ventana no hubiese tenido sentido. ¿O sí?
«Quizás el ladrón rompió la ventana para hacernos creer que había entrado por allí» elucubró Olivia.
El corredor continuaba y no parecía tener fin.
Olivia tuvo entonces conciencia de lo lejos que se encontraba de la salida y un sentimiento de claustrofobia comenzó a embargarla.
Si algo le ocurría allí abajo, o si se cerrara la abertura por la que había entrado, estaría atrapada a varios metros bajo tierra, en la más completa oscuridad ―la batería de su móvil no duraría demasiado― y sin modo de pedir ayuda, puesto que no había cobertura.
«Nadie sabe que estoy aquí ―pensó angustiada, aunque rápidamente se dijo que había dejado el muro de la chimenea abierto, por lo que César, Andrés o Victoria terminarían por encontrarla antes o después.
Justo cuando sus temores comenzaron a imponerse y Olivia se planteó dar media vuelta para volver por donde había venido, la luz de su teléfono iluminó algo.
Las paredes del pasillo se bifurcaron a ambos lados formando una cámara espaciosa, sin puertas que la delimitaran, como si el propio pasillo hubiera decidido tomar un respiro y ensancharse para formar un refugio secreto.
En la cámara había varias cajas, un par de baúles y un arcón de madera.
Una capa de polvo lo cubría todo, pero el arcón estaba semiabierto, como si hubiera sido cerrado a toda prisa.
Olivia se acercó instintivamente al arcón y lo abrió lentamente.
Lo que encontró dentro provocó un vuelco en su estómago.
Dentro del arcón estaba el astrolabio de los bruhmas.