El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Salva
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El primero en aparecer en la iglesia fue el alcalde, que venía poco abrigado para el frío que hacía en el exterior.

―Es la primera vez que vengo a la iglesia dos veces en el mismo día ―comentó Santiago Chacal con jocosidad antes de ponerse serio―. ¿Qué ha pasado?

El alcalde se quedó mirándolo, impasible.

―Para saber por qué ha faltado a su misa, Padre ―respondió con parsimonia―. Sabe Dios que Muriel no se pierde un encuentro vecinal, y mucho menos una misa. Usted lo sabrá mejor que yo.

El padre Salva asintió, en silencio. Parecía que el alcalde no sabía nada sobre lo que le había ocurrido a Muriel.

―¿Le ha dicho ella que la he llamado? ―quiso saber Santiago, confundido.

―No, señor alcalde, no me lo ha dicho ella.

―¿Entonces? ¿Cómo…?

―Yo estaba presente cuando usted la ha llamado ―explicó el párroco―. Verá, resulta que…

La entrada de Braulio en la iglesia interrumpió la conversación.

―¿Sabemos algo de la policía? ―preguntó el vicepresidente del rizoma muy alterado.

―¿La policía? ―repitió el alcalde, abriendo mucho los ojos― ¿Qué ha pasado?

Braulio lo miró confundido.

―¿No sabe nada? ―le preguntó al padre Salva.

«Dios, dame paciencia» pidió el párroco.

―Será mejor que se siente, alcalde.

Para cuando el padre Salva terminó de contarle lo ocurrido al alcalde, el resto de invitados ya había llegado, muertos de frío pero con ganas de saber más.

―Victoria no me ha cogido el teléfono ―les informó Gerardo.

―¿Y si también está muerta? ―se le ocurrió a Santiago.

―Tiene la casa llena de gente ―repuso Salva―. Si no te coge el teléfono es porque no quiere, Gerardo.

―Puede que esté encubriendo a su asistenta ―aportó Mariana, con el ceño fruncido.

―No deberíamos hacer suposiciones ―les pidió el párroco―. Oigamos primero lo que tiene que decir Estela.

Salva también había convocado a la asistenta de Victoria esa noche en la iglesia, pero media hora más tarde que al resto, para poder establecer una estrategia común. Estela sabía algo que ellos desconocían, y debían sacárselo sin avasallarla.

―Dejadme hablar a mí ―pidió Braulio―. Es a mí a quien ha escrito.

―¿No estás un poco nervioso para interrogar a nadie? ―espetó el alcalde, y sin esperar respuesta dijo― Será mejor que lo haga el padre Salva.

―Estoy de acuerdo ―dijo Belén, la secretaria.

Todos miraron al padre Salva esperando que dijera algo. Él se limitó a asentir.

Estela llegó a la iglesia acompañada de su marido Lucio. Su cara atestiguaba una desconfianza hacia todos y un recelo que le tensaba los labios en una mueca contenida.

―¿Qué es esta reunión secreta? ―ordenó saber Estela.

―No es una reunión secreta ―respondió Salva con su voz más dulce―. Sólo un pequeño gabinete de crisis.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó Lucio, tan serio como siempre.

―Dínoslo tú, Estela ―intervino Mariana, con el rostro colorado.

Tanto el alcalde como el padre Salva le lanzaron una mirada recriminatoria.

―¿Yo? ―respondió la aludida, nerviosa.

―¿Cómo sabías que le había ocurrido algo a Muriel? ―se adelantó el padre Salva antes de que Mariana continuara con su ofensiva.

―Ya se lo dije a Braulio, no me cogía el teléfono…

―No hay ninguna llamada tuya en el móvil de Muriel ―aseveró el padre Salva―. Ni ningún mensaje.

―¿Qué le ha pasado a Muriel? ―quiso saber Lucio.

―Si no le llamaste, ¿qué te hizo sospechar que pasaba algo con ella? ―insistió el párroco ignorando al marido de Estela. Ésta cerró los ojos, como si intentara protegerse. Lucio la agarró del brazo.

―No quiero problemas ―balbuceó Estela.

―Cuéntanos lo que sabes ―le ordenó Santiago Chacal―. A ti no te pasará nada.

―Entonces, ¿por qué parece que esto es un juicio contra mi mujer? ―explotó Lucio sin soltar a Estela.

―Esto no es ningún juicio ―expuso el padre Salva sin perder su tono calmado―. Pero Muriel estaba muerta en su casa, y de alguna manera Estela lo sabía. Sólo queremos saber cómo.

Estela abrió los ojos, ahora llorosos, y suspiró con fuerza antes de hablar.

―Lo escuché en Casa Libar ―confesó con voz temblorosa―. Escuché que estaba muerta y que el cuerpo aún no había sido encontrado.

―¿A quién se lo escuchaste? ―exigió saber Gerardo.

Estela miró a su marido, dubitativa.

―Estamos en la casa del Señor ―le recordó el padre Salva, más por impaciencia que por convicción―. Jesús dijo: «La verdad os hará libres.»

Estela se sentó en uno de los bancos de la iglesia, y su marido la imitó sin soltar su brazo.

―Se lo escuché a mi señora ―confesó, turbada―. Con ella se encontraban su sobrino, su asistente personal y nuestro invitado, el señor Taboada.

―¿El róbleda? ―preguntó Gerardo, a lo que Estela asintió― Ese hombre no es de fiar. Reniega de su propio rizoma.

―¿Tampoco yo le parezco de fiar? ―le echó en cara Salva, cansado de ese tipo de comentarios― Le recuerdo que también renegué del mío.

―No es lo mismo, Padre ―lo justificó Mariana.

―El caso es que los cuatro estaban hablando sobre la muerte de Muriel ―retomó Estela―. Le dije a Lucio que nos íbamos de esa casa y después le escribí a Braulio.

―¿Cree que ellos han podido… matar a Muriel? ―le planteó el padre Salva con precaución.

Estela se quedó mirándolo, aturdida, y después negó con la cabeza.

―No lo creo. Discutían sobre quién podía haberla matado. Sospechaban del alcalde.

―¡¿De mí?! ―bramó Santiago, poniéndose hecho una furia― ¿Cómo se atreven…?

―Es lo que todos pensaríamos, Santi ―lo interrumpió Lucio, para sorpresa de todos los presentes―. Muriel y tú lleváis años enfrentados.

―¡Pero somos vecinos! ―replicó el alcalde― ¡Y dragos orgullosos! Yo jamás le haría daño a ningún miembro de nuestra comunidad. ¡Por Dios, si hasta la he llamado esta tarde para preguntar si estaba bien!

―Y es bastante sospechoso, la verdad ―lo acusó Braulio.

―¿Sospechoso? ―dijo Santiago― Si yo la hubiese matado, ¿para qué iba a llamarla por teléfono?

―Para despistar ―propuso Mariana, que provocó la sorpresa en su marido―. Podría ser una forma de alejar cualquier sospecha hacia ti.

―Mariana, tú me conoces de toda la vida ―dijo el alcalde―. ¡Todos me conocéis de toda la vida! ¿Por qué iba a querer matar yo a Muriel?

―Para que no te hiciera sombra en el pueblo ―respondió Gerardo, que parecía haberse unido a su mujer en la acusación contra el alcalde.

―¿A estas alturas? ―exclamó Santiago―. Llevo casi doce años siendo alcalde, y voy a cumplir la edad de jubilación. ¿Para qué quiero más poder en el pueblo? Yo ya he hecho bastante. Por mí, Muriel puede quedarse con la alcaldía, con la presidencia del rizoma…

―Muriel ya no se va a quedar con nada ―le cortó Braulio, con muy poco tacto.

―Hay otra razón por la que podías querer que Muriel estuviera muerta ―participó Estela, ya más tranquila―. Muriel estaba estudiando segregar Dos Gemelos en dos municipios, que la isla Libar dejara de ser parte del pueblo.

―¿Cómo? ―se sorprendió el padre Salva― ¿Para qué?

―Era su respuesta al desafío de Victoria Pumarino ―explicó Gerardo―. Si Victoria partía nuestro rizoma en dos, Muriel pensaba hacer lo mismo con Dos Gemelos. Así, la isla Libar sería de los bruhmas, y Dos Gemelos de los dragos.

―¿Qué locura es ésa? ―se escandalizó Salva.

«Esta gente se está volviendo loca.»

―Yo no tenía ni idea de nada de eso ―aseguró Santiago Chacal―. Muriel no me había dicho nada, porque sabía que yo no lo aprobaría. ¿Cómo vamos a trocear nuestro pueblo? ¡Bastante nos separa el río Saga!

A Salva se le estaba poniendo dolor de cabeza.

Siempre había aborrecido los conflictos vecinales, políticos y ―especialmente― rizomáticos de sus feligreses.

No entendía cómo gente que pertenecía al mismo lugar, que había crecido junta, y que compartía tanta pasión por su historia, su cultura y sus costumbres, podía tener tantos problemas.

―Esperad un momento ―les pidió a todos los presentes―. Creo que nos estamos desviando del escenario más lógico.

Todos lo miraron expectantes.

―¿Y cuál es ese escenario? ―preguntó José, el alguacil.

Salva tomó aire e intentó ordenar sus ideas antes de exponer su teoría.

―Llevamos desde el jueves encerrados en nuestras casas por una tormenta de nieve, y en sólo cuatro días han pasado dos cosas extraordinarias en Dos Gemelos: un robo con allanamiento de morada y la muerte de una vecina en extrañas circunstancias.

¿Casualidad? No lo creo. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la vecina en cuestión era la principal sospechosa de la dueña del objeto robado.

Muriel vino a verme ayer para pedirme que la defendiera, a ella y a todos vosotros, de las acusaciones de robar el astrolabio de los bruhmas, y pocos minutos después Victoria Pumarino mandó a dos personas para que yo los ayudara a atrapar al ladrón.

¿No os parecen demasiadas coincidencias?

¿Cómo no van a estar relacionados los dos incidentes?

¿Cómo puede ser casualidad que tres días más tarde de la desaparición del astrolabio la mujer que más feliz debía sentirse por ello aparezca muerta?

El escenario más lógico para mí… es que una cosa es consecuencia de la otra.

Las últimas palabras del padre Salva retumbaron por toda la iglesia. Se hizo el silencio mientras los ocho vecinos presentes lo miraban con perplejidad.

―Y, exactamente, Padre ―intervino finalmente Santiago―, ¿quién cree que robó el astrolabio, y quién cree que ha matado a Muriel?

Salva se tomó unos segundos para contestar.

―No sé quién ha matado a Muriel, pero creo que fue Muriel la que robó el astrolabio.