El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) César
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César

―Tienes que salir de ese puto pueblo como sea ―le ordenó Rebeca desde el otro lado de la línea telefónica.

―¿Por qué te iba a mentir? ¿Qué se me ha perdido a mí en Dos Gemelos?

«Mi futuro, en realidad» pensó, apesadumbrado.

―Rebeca, intentaré salir de aquí cuanto antes, te lo juro ―le prometió, deseando poder cumplir su promesa―. Nadie tiene más ganas que yo de salir de aquí, te lo aseguro.

Y no mentía: César necesitaba salir de Dos Gemelos urgentemente. Toda aquella situación ―el astrolabio, la muerte de Muriel― lo estaba sobrepasando, y le urgía huir de allí cuanto antes.

―Si no vuelves para el entrenamiento de mañana pienso mandar al Ejército a buscarte ―lo amenazó, ya más relajada, Rebeca.

―¿Vas a mandar tanques? ―bromeó César aprovechando la ocasión.

En ese momento, mientras Rebeca seguía con su monserga, César vio algo fuera, a través de la ventana de la biblioteca.

Aunque le costó unos segundos, finalmente reconoció a Estela y Lucio recorriendo bajo la nieve el tramo que había entre la entrada de Casa Libar y la ribera del río Saga. Lucio cargaba con una bolsa de viaje.

«¿A dónde van los yayos?»

Los siguió con la mirada mientras llegaban al puente y lo cruzaban agarrados del brazo. Los vio alcanzar la calle Mayor y desaparecer tras cruzar la esquina.

«Qué cosa más rara.»

―Rebeca, voy a tener que dejarte ―anunció dirigiéndose a la puerta―. Para cuando te des cuenta estaré allí con mis chicos.

―¡Más te vale!

César cruzó el vestíbulo y entró en el salón de Casa Libar, donde Victoria y Olivia veían distraídas la televisión.

―Estela y Lucio se han ido.

Olivia lo miró desconcertada.

―¿Cómo que se han ido? ―le preguntó.

Victoria dejó la taza de té que tenía en la mano sobre el platillo y escuchó atentamente las explicaciones de su sobrino.

―Les habrá surgido una emergencia ―dijo Victoria con semblante serio cuando César terminó―. Estela y Lucio nunca dejarían su puesto de trabajo.

―Y, ¿por qué no te han avisado? ―le planteó Olivia a su tía, que acogió con mal disimulada irritación aquella pregunta.

―Pues no tengo ni idea ―dijo por toda respuesta.

Acto seguido, Victoria cogió su teléfono móvil y, bajo la atenta mirada y el tenso silencio de César y Olivia, buscó el contacto de su asistenta y esperó pacientemente sin recibir respuesta.

César no sabía qué podía haber llevado al viejo matrimonio a abandonar Casa Libar de manera tan repentina, pero consideraba que en ese momento todos tenían problemas mucho más importantes entre manos. De hecho, se alegraba de que los sirvientes de su tía se hubieran marchado.

«Cuanta menos gente haya pululando por la casa, mejor.»

―Ya llamará ―dijo Victoria dejando el teléfono sobre la mesa.

―Creo que voy a subir a echarme un rato ―anunció César―. Me duele la cabeza.

Era cierto. La cabeza le iba a estallar, y necesitaba estar solo un rato.

―Andrés está en vuestra habitación ―le informó Olivia―. Hablando con su novio, cómo no. Puedes ir a mi habitación, si quieres.

«No, gracias». Lo que Olivia buscaba era repetir el revolcón de la noche anterior, y César no estaba para revolcones, ni con Olivia, ni con Andrés, ni con nadie.

―Tranquila, me echaré en tu despacho ―respondió César―. Supongo que Estela y Lucio no van a necesitarlo más.

En el momento en el que su tía lo fulminaba con la mirada, sonó el teléfono de Victoria.

―¿Es Estela? ―preguntó Olivia, nerviosa.

―No ―contestó Victoria poniendo cara de desconcierto―. Es Gerardo Barcaza.

―¿Gerardo? ¿Por qué te llama? ―quiso saber César, igual de desconcertado que su tía.

Victoria se quedó mirando un momento la pantalla de su móvil y finalmente lo dejó sobre la mesa.

―No lo sé, y tampoco me interesa.

―¿Creéis que sabe lo de Muriel? ―se impacientó Olivia.

Descubrir el cadáver de la presidenta de los dragos había sido una experiencia muy traumática para la asistente personal de Victoria, y parecía muy nerviosa.

«Quizás debería echar un polvo con ella para que se tranquilice» pensó César sintiendo lástima por ella.

―¿Por qué iba a llamarme a mí? ―le espetó Victoria, ya visiblemente molesta― Nada me vincula con la muerte de esa mujer. Y a vosotros tampoco. Así que relajaos un poco.

«Es fácil decirlo…»

El teléfono de Victoria volvió a sonar.

―¿Quién es? ―preguntó Olivia.

Victoria comprobó la pantalla de su teléfono.

―Oh, es sólo Reno.

El detective de su tía continuaba de gira por Escocia, y había logrado acercarse al reloj de arena más de lo que César había imaginado.

―¿Tampoco lo vas a coger? ―le preguntó Olivia, confusa.

―Creo que debería ―admitió Victoria, suspirando―. Reno sólo llama cuando es importante.

«¿Qué es eso tan importante, Renito?»

―Si me disculpáis, yo también tengo que hacer una llamada importante ―anunció César saliendo del salón.

A sus espaldas, escuchó cómo su tía contestaba la llamada de su detective.

―Reno, espero que no me llames para pedirme más dinero.