El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
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Reno

―¿Paramos para comer? ―propuso Martha, que había preparado un táper con ensalada para la comida.

En realidad, ninguno de los hermanos MacFayden había ayudado demasiado esa mañana; se habían dedicado a hablar de la distribución del hotel que pretendían montar en el castillo, así como de las obras y mejoras que deberían llevar a cabo.

Comieron, cómo no, en el imponente salón de banquetes, una estancia que al parecer provocaba fricción entre los hermanos, ya que Martha deseaba que fuera una versión reducida del museo sobre el clan MacFayden que ella tanto anhelaba; Tavish, más práctico, proponía que fuera la sala de desayunos de los huéspedes.

―¿Tiene su familia algún castillo, o tierras, en Cabalar? ―lo interrogó Tavish mientras masticaba un trozo de lechuga.

«Quieres saber si tenemos pasta, ¿verdad, pelirrojo cabrón?»

―Sí, pero nada comparable a Kilchurn Castle ―respondió Reno aguantando en este caso las ganas de vomitar.

―Me parece fascinante la fortaleza del sistema de rizomas de Cabalar ―aseguró Martha con los ojos abiertos―. Los clanes escoceses son cosa del pasado, pero los rizomas están más vivos que nunca.

―Lo que es increíble es que en una democracia del siglo veintiuno siga aplicándose ese tipo de estratificación social ―opinó Tavish con el claro propósito de atacar a Reno.

―En realidad, el sistema de rizomas no es jerárquico ―le explicó su hermana―.

A diferencia del sistema de castas de la India, por ejemplo, todos los rizomas son diferentes entre ellos, pero no necesariamente superiores o inferiores.

Los rizomas son una muestra de pluralidad de identidades, formas de vida, creencias o tradiciones dentro de una sociedad.

En este caso, lo correcto sería hablar de diversificación social, no de estratificación social.

―Tavish, está de suerte ―dijo Reno con retintín―; hoy ha aprendido la diferencia entre estratificación y diversificación social.

La tensión latente se relajó cuando los tres pasaron a comentar la serie Outlander , que tantos turistas había atraído a Escocia y que los hermanos MacFayden esperaban recibir en su futuro negocio.

Una llamada de teléfono hizo que Tavish se ausentara unos minutos, y Martha aprovechó para disculpar y justificar la actitud de su hermano hacia Reno.

―Es muy celoso del patrimonio familiar ―expuso.

A Reno ser «celoso del patrimonio familiar» le parecía un eufemismo de «ser avaricioso» o directamente «ser un puto controlador desconfiado», pero se limitó a asentir con una sonrisa contenida, y a replicar:

―Bastante estáis haciendo recibiéndome en vuestra casa y permitiéndome pasar aquí tanto tiempo.

Retomaron la búsqueda con el estómago lleno y el optimismo renovado, pero cuando tres horas después el reloj de arena continuaba en paradero desconocido, Reno se planteó seriamente dar por perdida aquella batalla.

Visualizó la conversación con la patrona.

«Victoria, la información que tenemos es errónea.

El reloj de arena del rizoma Bruhma no se encuentra en Kilchurn Castle.

Aquí se pierde su pista. Podría estar en cualquier parte, en algún bazar de mala muerte, en el desván de cualquier octogenario al borde de la muerte, incluso haber desaparecido hace décadas.

Si yo fuera tú, lo falsificaría e intentaría colársela al puto registro oficial de rizomas.

Yo ya he hecho todo lo que estaba en mi mano.

Espero pacientemente el pago por mis servicios. »

Fue entonces, en el preciso momento en que tiraba la toalla y asumía su derrota como detective, cuando Tavish MacFayden, al que Reno denominaba cariñosamente «pelirrojo cabrón», se acercó a él para pedirle hablar en privado.

Se encerraron en una pequeña celda que se utilizaba para guardar productos de limpieza, y Tavish fue directo al grano.

―¿Cuánto estaría dispuesto a pagar por recuperar ese reloj de arena?

Reno lo miró con frialdad.

―¿A quién? ¿A usted? ―respondió.

―A quien lo tuviera.

Reno se quedó un momento callado.

―Para mi familia, ese reloj tiene un gran valor sentimental.

―¿Podría cuantificar ese valor sentimental? ―le pidió Tavish.

«¿De qué cojones va todo esto?»

―Me resultaría complicado ponerle un precio, la verdad ―respondió cuidadosamente―. Pero, en el caso de que lo hiciera, ¿estaría más cerca de encontrarlo?

Esta vez fue Tavish el que se tomó unos momentos antes de responder.

―Posiblemente.

«Hijo de puta.»

Reno había subestimado al mayor de los MacFayden.

El bueno de Tavish, el que estaba deseando convertir el castillo de su familia en un hotel para poder ganar dinero a costa de la turistificación de su propia identidad y de su legado familiar, acababa de quitarse la careta y se mostraba al fin como el ser despreciable que era.

―¿Es esto una especie de chantaje? ―se atrevió a preguntar Reno.

―¿Un chantaje? Yo no lo llamaría chantaje.

―Si quiero “encontrar” el reloj de arena, tengo que pagarle una suma de dinero. Yo a eso sí lo llamaría chantaje.

―Señor Pumarino, creo que no entiende que lo estoy ayudando ―repuso Tavish sonriendo.

―¿Ayudando? ¿A qué?

―A recuperar ese reloj ―respondió―. Por lo que a mí respecta, el reloj ya tiene dueño; alguien está dispuesto a pagar mucho dinero por él.

Yo podría simplemente amenazar a esa persona con darle el reloj a usted, y me daría todo el dinero que yo le pidiera.

Pero, por deferencia, le estoy dando a usted la oportunidad de mejorar la oferta.

―¿Qué oferta? ¡No me ha dado ninguna cifra! ―explotó Reno por primera vez.

―Quería tantear cuánto estaba usted dispuesto a pagar.

―Quería ver si podías sacar aún más tajada de este asunto, ¿verdad?

Reno se acercó a Tavish de forma amenazante y el escocés retrocedió hasta que estuvo contra la pared. Reno sintió unas ganas terribles de cogerle del pescuezo y apretar hasta que el «pelirrojo cabrón» contara todo lo que sabía.

―Todas esas llamadas, ayer y hoy ―dijo entonces Reno, más calmado―, eran de esa otra persona, ¿verdad?

Tavish, cuya expresión mostraba cierto grado de temor, asintió sin decir nada.

―¿Quién es? ―pidió saber Reno.

―No lo sé ―respondió Tavish.

―¡No me mienta!

―¡No lo sé! No me ha dicho su nombre. Pero es alguien de Cabalar.

Reno suponía que Tavish estaba mintiendo respecto a la identidad del supuesto comprador, pero decidió seguir con el juego.

―Y, ¿por qué quiere el reloj? ―lo interrogó.

―No lo sé.

Reno le agarró de la camiseta, y ese gesto valió para que Tavish hablara.

―Quiere evitar que usted se lo lleve.

Reno lo soltó y suspiró.

―¿Cómo? ¿Por qué? ―preguntó.

―Eso sí que no lo sé. Sólo me ha dicho que me pagara lo que haga falta si escondo el reloj mientras usted esté aquí.

―¿Cuándo se puso en contacto con usted?

―La primera llamada la recibí ayer, poco antes de que mi hermana y usted aparecieran en Inveraray ―le relató Tavish―. Esta persona me advirtió de que usted querría entrar al castillo y llevarse el reloj de arena, y me dijo que era de vital importancia que el reloj no saliera de aquí.

―¿Por qué? ―insistió el detective.

―No lo dijo.

―¿Y decidió fiarse de un completo desconocido?

―Me contó que usted no era quien decía ser ―admitió Tavish―.

Que era un detective privado llamado Reno Soto.

Lo busqué en internet y di con un par de fotos suyas.

Cuando mi hermana lo trajo a casa y comprobé que en efecto era el detective Reno Soto y que se estaba haciendo pasar por otra persona, decidí ponerme de parte de ese desconocido.

Pensé que podía ganar un poco de dinero para mi nuevo negocio simplemente evitando que un farsante con intenciones poco claras se llevara un objeto de nuestro castillo.

»Ayer, en cuanto llegamos al castillo, me dirigí al que fue el despacho de mi abuelo. Siempre ha estado lleno de objetos antiguos, y estaba convencido de que el reloj que usted busca estaría allí. No tardé ni dos minutos en encontrarlo, y lo oculté rápidamente.

Reno escuchó el relato de Tavish e intentó entender quién podía estar intentando sabotear su misión. Concluyó que debía ser un enemigo de Victoria Pumarino, alguien dispuesto a evitar que la patrona recuperara el reloj de arena de los bruhmas.

«Un drago, sin duda.»

―Dígame quién es ―le ordenó a Tavish.

―Ya le he dicho que no lo sé.

Reno se sintió tentado de probar de nuevo con la amenaza física, pero creyó más conveniente optar por el punto débil del «pelirrojo cabrón».

―Le daré el doble de lo que le ofrezca ese cabrón si me dice quién es.

Reno no pensaba darle ni un penique a aquel payaso a no ser que la patrona así se lo indicara, pero quería ponerlo a prueba y ver hasta dónde podía llegar.

Tavish MacFayden meditó unos segundos la propuesta de Reno ―éste incluso creyó ver el símbolo de la libra esterlina en sus ojos―, y finalmente confesó:

―El doble es mucho más de lo que esperaba sacar, la verdad. Ya que es tan generoso conmigo, señor Reno Soto, le daré dos cosas: el reloj de arena que ha venido a buscar y la identidad de la persona que pretendía impedirlo.