El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Gerardo
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Gerardo

Braulio apareció en el bar pasadas las ocho de la tarde. A esa hora, los pocos vecinos que se habían pasado por allí por la tarde, exhaustos por la misa y la reunión posterior celebrada en el bar, ya se habían marchado.

―¡Braulio! ¿Qué pasa?

―¡Muriel está muerta! ―vociferó atropelladamente.

―¿Cómo?

―Me he pasado por su casa y, como no abría, he entrado por la ventana del baño, y… bueno, está muerta, en el salón de su casa. Tiene la cara blanca como la nieve de ahí fuera, Gerardo. No respira. ¡Está muerta!

Por un momento, Gerardo no supo discernir si el vicepresidente del rizoma estaba horrorizado o entusiasmado por lo que estaba relatando, pero definitivamente estaba muy alterado.

―Vale, tranquilo, Braulio. Iré contigo ―dijo Gerardo poniéndole una mano en el hombro para tranquilizarlo.

Se puso un abrigo y salió con Braulio a la calle, donde los recibió una cortina de nieve que ya parecía eterna en Dos Gemelos. Pese a las condiciones climatológicas apenas les llevó un minuto llegar a casa de Muriel y entrar por la puerta que Braulio había dejado abierta.

La imagen del cuerpo sin vida de Muriel superó cualquier cosa para la que Braulio se hubiera preparado durante el breve recorrido desde el bar hasta allí. En ese mismo momento supo que esa imagen lo perseguiría para siempre.

Braulio le explicó que había recibido un mensaje de Estela Nieto diciendo que estaba preocupada porque Muriel no contestaba ni sus llamadas ni sus mensajes.

La asistenta de Victoria le había contado a Braulio que le había parecido raro ―como a todos, por otra parte― que Muriel no hubiera asistido a la misa del mediodía, y que sólo quería asegurarse de que estaba bien.

―Así que he venido a ver si Muriel estaba bien, y…―Braulio dudó un momento― me la he encontrado así.

Gerardo se agachó junto al cuerpo de Muriel y agarró su muñeca para comprobar que no tenía pulso. Bastaba con mirarla para saber que estaba muerta, pero creía que al menos debía cerciorarse.

―Voy a buscar al padre Salva ―anunció el tabernero incorporándose―. Tú no te muevas de aquí.

Braulio asintió con la cabeza y Gerardo salió por la puerta. No se molestó en volver a ponerse el abrigo, ya que la casa del cura estaba prácticamente en frente de la de Muriel.

Llamó varias veces al timbre, incluso golpeó la puerta un par de veces con los nudillos de su mano helada.

El padre Salva abrió la puerta y miró a Gerardo con impaciencia.

―¿Ahora qué? ―bramó, malhumorado.

―Venga conmigo, Padre ―le ordenó Gerardo, y haciendo un gesto con la mano para que lo siguiera, se dirigió a casa de Muriel.

El padre Salva debió entender que no tenía elección, ya que sin decir una palabra entró para coger las llaves de su casa y un chaquetón y obedeció.

Media hora más tarde, los tres hombres bebían de la mejor botella de coñac de Muriel mientras decidían qué hacer.

―De momento, no deberíamos dejar que se sepa en el pueblo ―propuso el padre Salva―. No queremos que cunda el pánico.

―Pero al menos llamemos a la policía ―suplicó Gerardo.

―Sí, eso sí ―convino el cura.

Gerardo llamó a la policía y le explicó a la persona que lo atendió que había encontrado a su vecina muerta en el salón de su casa.

Le preguntaron si su vecina tenía signos de violencia, a lo que Gerardo respondió negativamente, también quisieron saber la edad de la víctima, a lo que Gerardo respondió que sesenta y tres, y finalmente le informaron de que debido a la tormenta de nieve la policía podía tener dificultades para llegar a Dos Gemelos, pero que analizarían todas las opciones posibles, a lo que Gerardo respondió que de acuerdo.

―Probablemente, una señora de sesenta y tantos años muerta de forma natural no les parezca una urgencia ―concluyó Gerardo después de colgar―. Dudo que vayan a mandar un helicóptero para levantar el cuerpo de Muriel.

―¿Y la vamos a tener aquí? ―preguntó Braulio, con el ceño fruncido.

―Si te parece, la metemos en el arcón congelador de mi bar, para que esté fresquita ―respondió Gerardo con una ironía que Braulio no pareció entender, debido a la confusión de su rostro.

―La taparemos con una sábana y apagaremos la calefacción ―propuso con decisión el padre Salva―. Con este frío el cuerpo se mantendrá bien.

El párroco se levantó para dirigirse al piso de arriba. Volvió poco después con una sábana blanca que tenía bordadas mariposas drago.

―¿No deberíamos comprobar si le han robado algo? ―preguntó de pronto Braulio.

―¿Robar? ―replicó Gerardo, sin entender.

―Hace unos días entraron en Casa Libar y robaron un objeto de valor ―argumentó el vicepresidente del rizoma Drago―. ¿Y si han entrado en casa de Muriel con intención de robar y han terminado matándola?

El padre Salva y Gerardo se quedaron callados un momento, valorando hasta qué punto esa era una posibilidad a tener en cuenta.

―Eso implicaría que el ladrón lleva varios días en el pueblo ―replicó finalmente Gerardo―. La propia policía es incapaz de entrar en el valle. Así que, el ladrón sería alguien de Dos Gemelos.

―¿De verdad creéis que alguno de vuestros vecinos sería capaz de allanar dos casas, de robar e incluso de matar a una mujer? ―planteó el padre Salva mirando a los dos hombres con incredulidad.

―Yo no lo descartaría ―afirmó Braulio.

Instintivamente, Gerardo echó un vistazo a su alrededor buscando alguna evidencia de que allí hubiera estado alguien o de que se hubieran llevado algo de valor.

El sonido de una melodía lo pilló por sorpresa; provenía de un teléfono móvil que había en la mesita del salón. Gerardo entendió que alguien estaba llamando a Muriel.

Se acercó a la mesa y cogió el teléfono. En la pantalla leyó el nombre de Santiago Chacal.

―¿El alcalde llamando a Muriel? ―preguntó Braulio, que se había acercado para ver la pantalla― Eso sí que es una novedad.

―Quizás él también la llame para preguntar por qué no ha ido a la misa ―teorizó Gerardo mientras sostenía el teléfono en su mano.

―No es algo propio de Santi ―replicó Braulio elevando la ceja―. Me parece sospechoso.

―¿Queréis dejar de haceros películas? ―los regañó el padre Salva.

La llamada se cortó, y en la pantalla del teléfono quedó registrada la llamada perdida de Santiago Chacal.

Entonces, Gerardo reparó en una cosa: no había más notificaciones de llamadas o mensajes además de la llamada del alcalde.

―Braulio, ¿no decías que Estela había estado llamando y mandando mensajes a Muriel?

―Eso me ha dicho ella ―respondió Braulio, encogiéndose de hombros.

―Aquí no aparecen ―dijo Gerardo enseñándole el móvil.

―Qué raro ―musitó Braulio―. Espera.

El hombrecillo le arrebató el teléfono de Muriel a Gerardo y se acercó con paso rápido al cuerpo sin vida de su dueña. A continuación, se agachó junto a ella.

―¿Qué haces? ―le preguntó el padre Salva, con los ojos abiertos.

Lo que Braulio hizo fue agarrar la mano derecha de Muriel y colocar el pulgar en la parte inferior de la pantalla de su teléfono. Automáticamente, el teléfono se desbloqueó y Braulio se incorporó.

«Qué pocos escrúpulos» pensó Gerardo al ser testigo de aquella escena.

Vio cómo Braulio accedía al registro de llamadas y mensajes del teléfono con el ceño fruncido y los ojos muy despiertos.

―¡Ajá! ―soltó al fin― Tienes razón, Gerardo. Estela no ha llamado ni escrito a Muriel. Ni una llamada, ni un mensaje.

Se hizo el silencio en la habitación.

El padre Salva dirigió su mirada a Gerardo, que no tardó en decir en voz alta lo que bullía en su cabeza:

―Entonces, ¿cómo sabía Estela que a Muriel le pasaba algo?