El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Estela
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Estela

―Creo que traman algo ―le dijo a su marido cuando entró en la biblioteca.

―¿Quiénes? ―le preguntó frunciendo el ceño.

―La señora y los tres jóvenes ―respondió, algo irritada, puesto que le parecía obvio―. Cambian de conversación cada vez que entro en el salón.

―¿Crees que desconfían de ti?

En un principio, Estela había creído a su empleadora cuando ésta aseguró no tener motivos para desconfiar de ella; ahora, sin embargo, sospechaba que toda la tensión acumulada durante los casi cuatro días que habían pasado desde el robo del astrolabio podían haber llevado a Victoria a dudar incluso de sus propios empleados.

―Tú y yo somos dragos ―le contestó a su marido―. Ahora mismo, eso nos coloca fuera del círculo de confianza de la señora.

Lucio la miró con una media sonrisa.

―De momento, nos coloca en el cuarto de las fregonas.

Estela soltó una carcajada. Valoraba mucho que su marido, poco dado al humor, bromeara con la evidente intención de animarla.

―Voy a ver si me entero de algo ―dijo dirigiéndose a la puerta.

―No juegues con fuego, que luego te quemas ―le aconsejó su marido, mirándola con paternalismo.

Lucio sabía lo que disfrutaba Estela enterándose de cosas que no debía saber.

«Y esta vez no va a ser diferente.»

―¿Tiene Muriel algún enemigo público?

Esa fue la primera frase completa que Estela logró escuchar con claridad. La había pronunciado Olivia, que probablemente era la que hablaba más alto de los cuatro.

Estela se encontraba en el recibidor de la casa, detrás de un aparador, a sólo dos metros de la puerta del salón.

Había descubierto que desde esa esquina los sonidos procedentes del salón llegaban sorprendentemente bien.

Además, el aparador la protegería en caso de que alguno de los cuatro saliera al recibidor para ir al baño o la cocina.

―Santiago Chacal es lo más parecido a un enemigo que tiene Muriel ―respondió Victoria―. El equilibrio de poder entre el alcalde y la presidenta del rizoma nunca ha sido fácil.

―Pero, ¿qué ganaría el alcalde con la muerte de Muriel? ―planteó el anticuario.

«¿Cómo?»

¿Por qué hablaban de la «muerte de Muriel»? ¿Había algún complot contra la presidenta del rizoma Drago del que Estela no hubiera oído hablar? ¿A qué se referían exactamente?

Agudizó el oído.

―Lo único que tengo claro ―escuchó decir a Victoria― es que no puede ser casualidad que roben la efigie de nuestro rizoma y a los tres días Muriel aparezca muerta.

«Oh, Dios mío…»

¿Cómo y cuándo había muerto Muriel Bahamontes? ¿La habían matado? ¿Quién y por qué? Mil preguntas inundaban la mente de Estela en ese momento, aunque no parecía que fuera a obtener ninguna respuesta de las personas que estaba espiando en ese momento.

―Podríamos pasarnos toda la tarde dándole vueltas a las mismas preguntas, y seguiríamos sin tener ni jodida idea de nada.

El que había hablado era César, que sonaba bastante enfadado.

―Deberíamos dejar que la policía se encargue del tema ―propuso Olivia, con tono de preocupación.

―Por supuesto. Este crimen no tiene nada que ver con nosotros ―afirmó Victoria.

―Me refería a que deberíamos llamar a la policía ―dijo Olivia.

―¿Qué parte de «este crimen no tiene nada que ver con nosotros» no has entendido, Olivia? ―la amonestó Victoria con frialdad.

Estela casi podía visualizar el rostro enfadado de su jefa.

―¿Y si nadie la encuentra en las próximas horas? ―intervino Andrés― No vamos a dejarla allí pudriéndose indefinidamente, ¿verdad? Nadie se merece algo así.

―Estoy seguro de que alguien se pasará por su casa antes o después ―opinó César―. Esa mujer es muy activa en el pueblo. La echarán de menos enseguida.

«¿Qué? ¿Muriel está muerta en su casa y nadie sabe nada? ¿Qué clase de gente dejaría el cuerpo sin vida de una mujer mayor en su casa? ¡A Victoria se le ha ido la cabeza!»

Estela corrió a la biblioteca, donde encontró a su marido sentado en el mismo sillón y en la misma postura de antes.

―¿Ya has averiguado algo? ―le preguntó Lucio con una sonrisa.

Estela se acercó a él y, sin mediar palabra, se echó a llorar en sus brazos.

Abrumado por la inesperada reacción de su mujer, Lucio se quedó quieto y dejó que Estela llorara en su hombro un rato.

―¿Qué pasa, cariño? ―le preguntó cuando se hubo calmado.

Estela se limpió las lágrimas y adoptó su semblante más firme.

―Lucio, nos vamos ahora mismo de esta casa.