El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Victoria
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Victoria

―Muriel Bahamontes está muerta.

Olivia y Andrés estaban de pie en el salón de Casa Libar, cubiertos de nieve, temblando de frío y con cara de susto. Acababan de llegar provenientes de la casa de Muriel, y por sus caras cualquiera diría que habían visto un fantasma.

Olivia torció el morro, presa de la ansiedad.

―Pues muerta, sin vida ―precisó.

A continuación, Olivia relató, de forma caótica y desordenada, cómo habían entrado en casa de Muriel por la puerta trasera intuyendo que algo no iba bien, y se habían encontrado su cuerpo inerte en el suelo del salón.

―¿Estáis seguros de que está muerta? ―preguntó César, que en ese momento se calentaba las manos sentado junto a la chimenea.

―Le hemos tomado el pulso ―confirmó Andrés con voz trémula―. Además, si vieras su cara no dudarías de que está muerta.

―¿Queréis verla? Le he hecho una foto ―dijo Olivia sacando el teléfono móvil del bolsillo de su abrigo.

―¡¿Le has sacado una foto?! ―preguntó horrorizada Victoria.

―¡¿Le has sacado una foto?! ―le preguntó a su vez Andrés mirándola consternado.

Olivia se encogió de hombros, nerviosa.

―No sé, es la costumbre…

―¿La costumbre de sacar una foto cuando te encuentras un cadáver? ―insistió Andrés, perplejo.

―¡La costumbre de sacar foto a cualquier cosa, Andrés!

A Victoria la cabeza le zumbaba como un avispero. Aún no podía creer que esto estuviera ocurriendo.

―¿Quién querría matarla? ―preguntó en voz alta el anticuario.

―¿Por qué das por hecho que la han matado? ―replicó César, que parecía tener su propio avispero en la cabeza.

Andrés se quedó mirándolo, sin entender.

―¿Insinuas que ha muerto por causas naturales?

―¿Había signos de violencia? ―se le ocurrió preguntar a Victoria.

―A simple vista, no ―respondió Andrés.

―Pudo sufrir una trombosis, o un infarto ―elucubró César levantándose enérgicamente del sillón.

―¿Qué más da cómo haya muerto? ―dijo entonces Olivia, que parecía al borde de un ataque de nervios― El caso es que está muerta, y que nos hemos ido de su casa dejando el cadáver ahí tirado.

―¿Alguien os ha visto entrar o salir de su casa? ―quiso saber Victoria.

Andrés y Olivia se miraron antes de decir nada.

―No lo sé, puede ―respondió Olivia―. ¿Qué importancia tiene eso ahora?

Victoria le dedicó una mirada firme.

―Eso es lo importante ahora ―afirmó, rotunda.

«Esta guerra va a ser mucho más dura de lo esperaba.»

Victoria descubrió que Andrés, Olivia y César la estaban mirando con cara de no estar enterándose de nada.

―¿No lo entendéis? Si estáis en lo cierto y alguien ha matado a Muriel Bahamontes, lo último que necesitamos es que sospechen de alguno de nosotros. Si alguien tiene motivos para quererla muerta, somos nosotros. ¿No lo veis?

Victoria desconocía si alguien en el pueblo podía tener motivos reales para matar a la presidenta del rizoma Drago; en su mente, sólo era capaz de visualizar una maniobra macabra para acusar a los Pumarino de querer quitarse de en medio a todos los que se oponían a su proyecto.

Quién estaba detrás de ese intento de salpicarla era un misterio, pero Victoria debía cubrirse las espaldas.

―Entonces, ¿qué propones que hagamos? ―le preguntó su sobrino César.

―Quedarnos aquí y esperar ―respondió Victoria.

―¿No vamos a hacer nada? ―intervino Andrés― ¿Ni siquiera llamar a la policía?

―Alguien la encontrará antes o después ―argumentó Victoria encendiéndose un cigarro―, y llamará a la policía. De esa manera, siempre y cuando nadie os haya visto entrar o salir de su casa, nadie podrá relacionaros con su muerte.

―¡Nosotros no hemos tenido nada que ver! ―se quejó Olivia, visiblemente agobiada― Hablas como si la hubiéramos matado nosotros.

―Ni siquiera sabemos si ha sido un asesinato ―volvió a insistir César.

―¡Ya basta! ―espetó Victoria, irritada― No sabemos lo que le ha pasado a Muriel. Lo que sí sabemos es que no queremos estar involucrados, ¿de acuerdo? Así que, vamos a calmarnos, a abrir una botella de vino, y a esperar a que las cosas sigan su curso. Muriel ya no es nuestro problema.

«Espero que esa mujer ya esté ardiendo en el infierno.»

Sus palabras fueron lo suficientemente efectivas para que Andrés y Olivia se quitaran la ropa de abrigo y se sentaran junto al fuego con una copa de vino.

―Por cierto ―añadió Victoria cuando los cuatro estuvieron sentados y algo más calmados―. Será mejor que no les digamos nada de esto a Estela y Lucio.

―¿Por qué? ―preguntó César.

No era que Victoria desconfiara de sus dos empleados, pero el hecho de que ambos fueran dragos y que, de alguna manera, fueran parte del bando contra el que Victoria creía estar librando esa guerra sucia, la hacían ser extremadamente precavida con ellos.

―Simplemente, quiero que esto quede entre nosotros ―fue todo lo que dijo Victoria.

―Me parece buena idea ―dijo a su vez Andrés―. Si no, corremos el riesgo de que Estela salga a comprar el pan y se lo cuente a todo el pueblo. No sería la primera vez.