El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Olivia
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Olivia

Pese a lo que dijo el padre Salva, el enfrentamiento entre Victoria y Mariana no continuaría en ninguna parte.

Nada más levantarse, Victoria le pidió a su sobrino que la llevara «inmediatamente» a Casa Libar.

César obedeció sin decir nada y la agarró del brazo para llevarla hasta su coche, aparcado a pocos metros de la iglesia.

―¿Te has dado cuenta de que Muriel no está? ―le susurró a Andrés mientras avanzaban lentamente entre la gente para salir de la iglesia.

―Claro que me he dado cuenta ―respondió él―. Igual no se atreve a enfrentarse a Victoria.

―Puede que temiera perder los papeles, como ha hecho Mariana.

―No me imagino a Muriel perdiendo los papeles de esa manera ―dijo Olivia―. Tiene que haber otra razón por la que no haya aparecido hoy.

―¿Otra razón? ¿Cuál? ―preguntó el anticuario abriendo los ojos.

Olivia se encogió de hombros.

―No lo sé. Pero podemos ir a preguntárselo.

―¿Ahora?

―¿Cuándo, si no? ―repuso Olivia― Vive ahí enfrente. Ya que estamos aquí…

César, Victoria, Estela y Lucio ya se dirigían con paso ligero al coche, cubierto por una capa bastante gruesa de nieve.

―Nos estarán esperando ―dijo Andrés señalándolos.

―Que se vayan sin nosotros ―repuso Olivia―. Volveremos andando, como hemos hecho siempre.

Andrés pareció dudar un momento, pero finalmente corrió hasta el coche y le dijo algo a César, que pareció consternado al escuchar que Olivia y Andrés se quedaban allí.

El coche se alejó despacio por la calle Mayor, y Olivia y Andrés se quedaron en el pórtico de la iglesia esperando a que todos los asistentes a la misa se dispersaran para volver a sus casas o dirigirse al bar-museo.

―Olivia, hay algo que no te he dicho antes ―le soltó de pronto Andrés. Ella se quedó mirándolo, expectante―. Hace dos noches… fui yo el que… bueno… disfrutó… de César.

―¿Cómo?

Por un momento, Olivia pensó que había entendido mal las palabras del anticuario.

―Me lo tiré ―agregó éste―. Varias veces.

«Pues no. Lo había entendido bien.»

―Vaya… Pues qué bien ―fue lo que respondió ella.

En un primer momento, Olivia se sintió decepcionada. Era conocedora de la ajetreada vida sexual de César, y desde luego no esperaba ser su única amante. Pero que el sobrinísimo hubiera elegido acostarse con Andrés pudiendo haberla elegido a ella… le dolía un poquito.

No obstante, pronto encontró la manera de sentirse mejor.

―Pues no debió de gustarle tanto si la noche siguiente vino a mi cama ―lanzó provocando la risa de Andrés.

―Pues tienes razón ―le concedió el anticuario―. Veremos a quién elige esta noche.

Para entonces, se habían quedado solos en el pórtico de la iglesia.

―¿Vamos? ―le propuso Andrés señalando la casa de Muriel.

―¿Preparado para otro encuentro con Miss Simpatía? ―bromeó Olivia antes de dejar el refugio que les ofrecía el pórtico.

―No veo la hora ―respondió él, sonriendo.

Cruzaron la calle bajo la cortina de nieve que caía en perpendicular. Olivia llamó al timbre y ambos esperaron pacientemente mientras el viento frío les helaba el cuerpo.

Al no recibir respuesta, probaron con la preciosa aldaba con forma de mariposa.

«Como no podía ser de otra manera.»

Tampoco se abrió la puerta.

―¿Crees que no está? ―preguntó Olivia, decepcionada.

―Hay luz en la casa ―señaló Andrés.

En efecto, una luz cálida se filtraba a través de la cortina de la ventana situada junto a la puerta principal.

―¿La vieja nos está haciendo ghosting ? ―soltó Olivia haciendo reír a Andrés.

Volvieron a llamar al timbre, pero nada pareció moverse en el interior de la casa.

―Igual se ha quedado dormida ―se le ocurrió a Andrés, que tenía cara de estar congelado.

―¿A mediodía?

―Oye, ¿y si le ha pasado algo?

―¿Que se ha mordido la lengua y se ha envenenado?

―Va en serio, Olivia. A lo mejor se ha resbalado saliendo de la ducha y está tirada en el suelo del baño.

Un estrechísimo callejón separaba la casa de Muriel de la de Alicia, la vecina de al lado.

Olivia y Andrés rodearon la casa de Muriel atravesando el callejón; avanzaban penosamente debido a que la nieve allí se acumulaba alcanzando fácilmente medio metro de grosor.

Exhaustos por el esfuerzo, alcanzaron la parte trasera de la casa, donde había un minúsculo patio lleno de trastos y plantas de todo tipo.

―¿Deberíamos romper una ventana para entrar? ―preguntó Olivia, desanimada― Sería gracioso, dadas las circunstancias…

―Puede que no haga falta ―declaró Andrés agarrando el pomo de la puerta trasera de la casa y abriéndola sin problemas.

Entraron sin pensárselo dos veces y cerraron la puerta dejando atrás el frío. Se encontraban en la cocina de la casa, donde la luz permanecía apagada y todo estaba recogido y ordenado.

―¿Muriel? ―la llamó Andrés con bastante poco ímpetu.

No hubo respuesta.

―Joder, espero que no nos la encontremos despatarrada desnuda en el baño ―susurró Olivia mientras avanzaba despacio por la cocina― ¿Señora Bahamontes? ―lo intentó ella alzando la voz― Soy Olivia Palafox. ¿Se encuentra bien?

Dejaron la cocina y cruzaron el pequeño pasillo que hacía las veces de vestíbulo de la planta baja. La casa estaba en completo silencio, y sólo la luz proveniente del salón mostraba señales de presencia alguna.

La puerta del salón estaba entreabierta, así que Olivia la abrió sin llamar.

―¿Señora Bahamontes?

Allí, tendida en el suelo del salón, sobre la hermosa alfombra con los colores del rizoma Drago, se encontraba Muriel Bahamontes.

―¡Hostia! ―gritó Andrés dando un respingo.

Los ojos de Muriel estaban totalmente abiertos, pero no había vida en ellos.