El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Salva
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―Mañana tengo que dar una misa para calmar los ánimos entre varios vecinos ―les había contado a sus dos amigos.

―¿Ahora eres terapeuta grupal? ―había bromeado Arjun.

―¿No es lo mismo que ser cura? ―había dicho a su vez Bingwen con una sonrisa burlona.

―Algo me dice que las dos partes me ocultan cosas ―les había confesado a sus dos amigos durante su reunión virtual.

―La gente se aburre mucho en ese pueblo, ¿verdad? ―había observado Arjun, divertido― ¿Por qué pelean por un objeto antiguo? ¿Por qué roban?

―Es una larga historia ―había respondido Salva―. Algo relacionado con la rivalidad entre dos rizomas. Una vez más, el maldito sistema de rizomas dinamita la convivencia entre miembros de la misma comunidad.

―Creía que en tu pueblo sólo había un rizoma ―había dicho Bingwen, confundido.

―Así es, Bing, pero al igual que hiciste tú, algunos vecinos quieren montar su propio rizoma.

Bingwen había creado, junto con un centenar de emigrantes chinos de Faro Cabalar, un rizoma llamado Dajia, con el propósito de dar cobijo y apoyo a todos los migrantes chinos que vivían en Cabalar.

No eran muchos los rizomas que se habían creado desde mediados del siglo veinte; de hecho, a los rizomas de nueva creación se los denominaba oficialmente «asociaciones con carácter rizomático».

Era una manera de no equipararlos con los rizomas «puros», esos teóricamente surgidos de forma “orgánica” o “natural” en la isla de Cabalar.

Salva era un gran opositor de los rizomas, llegando a desertar del rizoma al que pertenecía, Selenita, pero entendía perfectamente los motivos de Bingwen y las ventajas que le aportaba a la comunidad china de Cabalar la creación de un «rizoma» o «asociación con carácter rizomático» como Dajia.

Nada que ver, por otra parte, con lo que Victoria Pumarino pretendía recuperando un rizoma muerto.

De hecho, si tanto detestaban ser miembros del rizoma Drago, ¿por qué no se hacían arrizomáticos, como el propio Salva, y creaban una asociación con carácter rizomático como había hecho Bingwen?

Podían llamarla Bruhma y fingir que era un rizoma más. ¿Qué diferencia había?

«Sólo quieren ponerse más etiquetas, acentuar más las diferencias entre sus iguales» se lamentaba Salva.

Pese a todo, no le quedaba más remedio ―o así lo sentía― que dar esa misa e intentar calmar el ambiente del pueblo.

Veinte minutos antes del mediodía una docena de vecinos se encontraba ya en el porche de la iglesia de Santa Inés.

Desde una ventana de la casa del cura, adosada a la propia iglesia, Salva los observaba entre satisfecho, por el éxito de su convocatoria, y nervioso, por lo que pudiera pasar esa mañana.

Se valió de la puerta que conectaba el pasillo de su casa con la sacristía para ahorrarse el frío atroz que imperaba en el exterior y que se colaba irremediablemente en las dos edificaciones por las que él se movía.

Se vistió ceremoniosamente mientras escuchaba el cada vez más bullicioso murmullo de los vecinos que iban llegando a la iglesia.

A las doce en punto del mediodía, en el momento exacto en que las campanas dejaron de sonar, el padre Salva hizo su entrada en el presbiterio de la iglesia, y lo que vio lo impactó profundamente.

Salva jamás había visto su iglesia tan llena de gente.

«No cabe un alfiler ―se dijo, impresionado―. Están todos aquí.»

Era físicamente imposible que los cuatrocientos diecisiete habitantes de Dos Gemelos entraran en la pequeña iglesia de Santa Inés, pero tal era el hacinamiento de personas en aquel espacio cerrado que parecía que no faltaba nadie.

Salva los saludó con una sonrisa y un movimiento de cabeza y dio comienzo a la celebración litúrgica.

Mientras pronunciaba las primeras palabras de la misa, el padre Salva fue posando su mirada sobre todos y cada uno de los presentes; no tardó en ver a Braulio, el antiguo barrendero del pueblo, con su enorme barriga y su desagradable papada; también vio a Gerardo y Mariana, el matrimonio que llevaba el bar-museo, y a Conchita, la dueña de la única tienda de Dos Gemelos; no se le escapó la presencia de Claudia, Mikel o Anxo, agnósticos declarados que rara vez pisaban la iglesia, incluso en bodas y funerales.

En primera fila, rivalizando en posición con los miembros más importantes del rizoma Drago, se encontraba sentada Victoria Pumarino, escoltada por su sobrino César y su hermano Javier.

A su alrededor, Salva vio, entre otros, a su sobrinos Iria y Rafael, al matrimonio drago que trabajaba en su casa y a los dos forasteros que lo habían visitado la mañana anterior.

También en primera fila estaba el alcalde, Santiago Chacal, con cara de preferir estar en cualquier lugar menos allí, sentado entre Gerardo Barcaza y Fátima Castillo, la tesorera del ayuntamiento.

Había sin embargo una persona con la que Salva, por mucho que buscara, no lograba dar.

«¿Dónde demonios está Muriel?»

Conociéndola como la conocía, Salva sabía que Muriel Bahamontes estaría dispuesta a llegar a las manos por sentarse en primera fila en un evento social como ese.

Además, la presidenta del rizoma Drago le había asegurado delante de todo el bar que acudiría a la misa, y Muriel no era una mujer que se permitiera faltar a su palabra.

¿Qué le había impedido estar allí esa mañana?

A ninguno de los presentes en la iglesia de Santa Inés le costaría más de un minuto preguntarle a Muriel por qué no se había presentado allí; su casa estaba en frente de la iglesia, y la distancia entre su puerta y el pórtico de la iglesia se recorría en apenas unas zancadas.

Salva desconocía si algún vecino se había preocupado de conocer el motivo por el que Muriel seguía en su casa en ese momento, cuando todos esperaban verla sentada entre la élite de Dos Gemelos, esa élite de la que ella era parte indispensable.

La misa transcurrió sin la presencia de Muriel, entre bostezos del alcalde y bajo la escéptica mirada de los vecinos agnósticos.

La eucaristía supuso un ir y venir de gente molestándose mutuamente para pasar, levantándose y sentándose caóticamente y saludándose como si se encontraran en el bar de Gerardo.

Entonces, antes de dar por finalizada la misa, el padre Salva habló largo y tendido sobre los diez mandamientos que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí, extendiéndose innecesariamente en el noveno, el que ordenaba no robar.

El párroco comprobó cómo se torcían algunos morros, cómo se elevaban algunas cejas y cómo se cruzaban algunos brazos.

También presenció cómo Victoria Pumarino se tensaba de pies a cabeza.

―Los que me conocéis, y creo que sois la mayoría, sabéis que no soy un hombre que se ande por las ramas ―afirmó Salva con intención de finiquitar ese cometido―. Ha llegado a mis oídos, y supongo que también a los de muchos de vosotros, que se ha cometido un robo de gran magnitud en Casa Libar.

Un silencio atronador se apoderó de la iglesia. De pronto, nadie parecía tener necesidad de toser. Victoria estaba congelada, sin mover ni un sólo músculo de su cara.

―Un objeto de gran valor ha sido extraído de una casa del pueblo, probablemente por alguien cercano, dadas las condiciones meteorológicas actuales.

Como si de un efecto de sonido se tratara, un golpe de viento hizo vibrar las viejas ventanas de la iglesia, corroborando lo que el párroco acababa de afirmar.

―No me andaré con rodeos: me repugna que alguno de mis vecinos sea capaz de cometer un delito como ése, en su propio pueblo y contra un vecino ―manifestó Salva con la mayor contundencia de la que era capaz―.

Si alguno de los presentes es el responsable, o es conocedor de su identidad, le ruego, en nombre de Dios y de la decencia cívica y cristiana, que sea valiente y ponga fin a este desagradable incidente.

Una tos ronca proveniente del fondo rompió el sepulcral silencio que reinaba en la estancia. Salva sentía, de forma más clara y notoria que nunca, decenas de ojos clavados en él.

Deseoso de romper ese silencio tan incómodo, el párroco se disponía a continuar hablando, pero alguien se le adelantó:

―¿Por qué debemos suponer que ha sido alguien del pueblo?

La voz de Santiago Chacal resonó con fuerza en toda la iglesia. Un movimiento generalizado de cabezas acompañó el eco de sus palabras.

El padre Salva inspiró profundamente antes de replicar, pero volvieron a adelantársele.

―Porque sólo alguien del pueblo querría hacer desaparecer ese astrolabio ―contestó con rotundidad Victoria Pumarino.

Otro movimiento generalizado de cabezas puso a la dueña de Casa Libar en el foco de toda la atención.

El alcalde miró con cara de poco amigos a Victoria.

―Victoria, ¿crees que los vecinos de Dos Gemelos no tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos que tu maldito astrolabio? ―alegó Santiago con un desprecio evidente.

Salva temió que Victoria estallara y aquel encuentro terminara como el rosario de la aurora, pero sorprendentemente supo mantener la compostura.

―No lo sé, Santiago ―respondió―. Quizás deberías hablar con Muriel. Ella parece muy preocupada por la efigie de nuestro rizoma.

―No hay ninguna efigie ―intervino de pronto Mariana, que sí parecía a punto de perder los papeles―. Ese astrolabio es sólo un trozo de chatarra que habéis sacado del río.

―Entonces, dime, Mariana ―dijo Victoria―. ¿Quién se tomaría las molestias de robar un trozo de chatarra?

Toda la atención estaba ahora en Mariana, que se había incorporado casi completamente para encararse con Victoria. Tanto su marido como Santiago, Braulio o Fátima esperaban con manifiesta expectación que contestara la pregunta.

―No lo sé ―respondió al fin Mariana―. Probablemente, alguien igual de chiflado que cualquiera dispuesto a inventarse efigies de rizomas imaginarios.

Se escuchó un murmullo generalizado, incluso un par de exclamaciones de asombro.

«Esto se nos está yendo de las manos» pensó Salva en ese momento.

―Creo que este no es ni el momento ni el lugar de continuar con este debate ―atajó el cura dejando a una ofendidísima Victoria con la palabra en la boca―. Sería más conveniente que lo hicierais en el bar, en un ambiente más distendido.

A continuación, el padre Salva pronunció un puñado de frases para dar por finalizada aquella misa tan delirante.

―Podéis ir en paz ―dijo siendo consciente de lo cómico que sonaban esas palabras en ese contexto.

«Y no volváis a meterme en vuestros asuntos rizomáticos.»