El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
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Andrés

―¿Te vas a quedar a vivir allí? ―oyó decir a Juan al otro lado de la línea.

―Muy gracioso.

―Si pasas un par de noches más compartiendo habitación con ese chulazo ―le dijo Juan―, vas a acabar metiéndote en su cama.

―Juan, si te molesta, yo…

―No me molesta, bobo ―respondió rápidamente―. Me alegra que tengas motivos para estar contento, dadas las circunstancias.

―Eres el mejor novio del mundo.

―Lo sé.

Hablaron largo y tendido hasta que César apareció en el dormitorio y Andrés tuvo que colgar, no sin antes recibir de su novio la petición de que disfrutara «de la noche».

―Estaba en la biblioteca ―le explicó César mientras se desvestía―, vigilando que una gaviota no entrara por la ventana y se llevara algún objeto de valor.

―Aquí no hay gaviotas ―rio Andrés―. Estamos muy lejos del mar.

―Desgraciadamente ―se lamentó César―. Qué ganas tengo de volver a casa…

Era la primera vez que Andrés lo veía tan abatido.

―¿Echas de menos tu cama? ―preguntó Andrés intentando provocar a su nuevo amante.

―Mañana tenemos partido ―apuntó César ignorando la pregunta―. Me jode no poder estar allí.

Nada interesaba menos a Andrés que el deporte, y si el fútbol o el tenis le parecían asuntos de otro planeta, el balonmano se situaba en una galaxia muy, muy lejana.

Sin embargo, Victoria y Olivia le habían contado que el Atlético Faro era un equipo con mucha historia y bastante seguido en Faro Cabalar, y que, después de una década en segunda división, su nuevo entrenador, también conocido como su nuevo amante César, estaba logrando llevar al equipo a lo más alto de la tabla, al deseado ascenso a la máxima categoría.

Era comprensible pues que César no quisiera perderse ningún partido.

―Seguro que les va fenomenal ―improvisó con torpeza Andrés.

César se metió en la cama ―en la suya― y se sumió en un silencio total.

Decepcionado, Andrés se planteó levantarse y meterse en su cama para animarlo, pero temía el rechazo de César, que parecía alicaído y sin ganas de diversión, y se dijo que quizás por la mañana las circunstancias serían más óptimas.

Se obligó a cerrar los ojos y a dejar a un lado el robo del astrolabio, las intenciones secesionistas de Muriel y sus ganas de tener a César entre sus brazos. No tardó en dormirse, y pronto estaba soñando con tormentas de nieve y ladrones que corrían por las calles de Dos Gemelos.

Se despertó poco después con un ruido. Escuchó cómo César salía de la habitación. Consultó el reloj y comprobó que ni siquiera eran las diez de la noche.

«¿A dónde irá?»

La respuesta llegó pocos minutos después en forma de gemidos; concretamente, los de Olivia. Su habitación estaba pared con pared con la que compartían Andrés y César, y se escuchaba alto y claro lo que estaba ocurriendo allí.

«Vaya, vaya, vaya… Parece que Don Bisexual hoy ha preferido el menú tehúme» pensó Andrés intentando tomárselo con humor para no sentirse aún más decepcionado.

Los gemidos se alargaron un buen rato, y no fue hasta que el silencio volvió a reinar en Casa Libar que Andrés logró volver a conciliar el sueño.

Volvió a despertarlo el sonido de la puerta al abrirse y de César volviéndose a meter en la cama ―la suya, no la de Andrés―, y al consultar la hora vio que era casi medianoche.

Para entonces, la carroza de Andrés ya se había vuelto calabaza.

Por si no había quedado claro con sus gritos de placer, lo primero que hizo Olivia a la mañana siguiente fue contarle a Andrés lo ocurrido.

―César apareció ayer en mi habitación y me folló como nunca me había follado nadie.

A Andrés le chocaba muchísimo la naturalidad y la confianza que Olivia mostraba hacia él pese a conocerse de apenas tres días. Se preguntó si sería algo habitual en los antropólogos o si simplemente era la forma de ser de esa mujer.

―Menos mal que hoy te vas a poder confesar en la iglesia ―bromeó Andrés decidiendo no decirle que la noche anterior había sido él el que había disfrutado de las artes amatorias de César.

―Perdón, Señor, porque he pecado ―recitó Olivia con voz dramática―. Y perdón por los pecados que ojalá vuelva a cometer pronto.

Ambos se echaron a reír mientras entraban en el salón de Casa Libar, donde se encontraron preparado un desayuno de lo más completo.

―¡Buenos días! ―los saludó Victoria entrando poco después por la puerta― Queridos, siento deciros que el puerto sigue cerrado. No os vais a librar de la misa.

Aunque no albergaba demasiadas esperanzas, Andrés sintió cómo el desánimo volvía a apoderarse de él.

―Miremos el lado positivo ―replicó Olivia, más animada que él―. El ladrón tampoco se va a librar de nosotros tan fácilmente, porque vamos a seguir aquí siguiéndole la pista.

―Me encanta tu manera de pensar, Olivia ―le dijo Victoria, sonriéndole.

―¿César no va a desayunar con nosotros? ―le preguntó Andrés.

―Dice que no tiene hambre ―contestó Victoria―. Está disgustado porque hoy juega su equipo y no puede estar allí. Parece que sólo le importa el maldito Atlético ―añadió con amargura.

Estela apareció con una jarra de café recién hecho que impregnó la estancia de un riquísimo aroma que despertó los sentidos y el ánimo de Andrés.

―Bueno, ya que no podemos encargarnos de lo que hay fuera de este valle ―observó―, centrémonos en lo que está ocurriendo aquí.

―¡Eso es! ―celebró Olivia sirviéndose una generosa cantidad de café― Tengo el presentimiento de que hoy va a ser un día lleno de sorpresas.