El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
72%

Reno

―Si encontramos el reloj de arena, volveré a Edimburgo y no los molestaré más ―le había prometido el detective, que también había accedido a hacer un “donativo” para el futuro negocio de los MacFayden.

La discusión se interrumpió cuando la silueta de un pequeño castillo apareció en la otra orilla del loch , detrás de un numeroso rebaño de ovejas.

―¡Ahí está Kilchurn Castle! ―anunció con ceremoniosidad Martha MacFayden.

De cerca, Kilchurn Castle parecía más impresionante, especialmente por su ubicación en una pequeña península que lo enclavaba entre las misteriosas y apacibles aguas del loch .

El verdor de los prados y las montañas, las nubes grises en el cielo, el reflejo de la luz crepuscular en el agua y las piedras gastadas por el tiempo de la edificación formaban un paisaje extrañamente armónico, como sacado de la ilustración de una antigua leyenda escocesa o de la portada de un disco de música celta.

Reno creyó oportuno verbalizar sus impresiones y elogiar el hogar del clan MacFayden para allanar el camino hacia el objetivo que lo había llevado hasta allí.

―¡Vaya! Es un castillo formidable ―afirmó contemplando con admiración Kilchurn Castle―. Se nota que tiene un pasado glorioso.

«Vaya chorrada acabas de soltar» se dijo, ligeramente avergonzado.

Sin embargo, comprobó, aún más avergonzado, que Tavish y Martha MacFayden se henchían de orgullo al escuchar sus palabras.

Corrieron a resguardarse de la lluvia hasta la puerta principal, que Tavish abrió con una llave antigua que parecía pesar un quintal.

Ya en el interior, Reno se dejó guiar por pasillos, escaleras y estancias que maravillaban como escenarios de tiempos legendarios pero que pedían a gritos una reforma profunda.

No obstante, Reno enmudeció al entrar en la sala de banquetes del castillo; se trataba de una estancia de paredes de piedra grisácea y un alto techo sostenido por vigas de madera oscura.

Una enorme chimenea coronada por la cabeza disecada de un ciervo ocupaba la parte central de la pared norte; en el resto de paredes podían apreciarse armaduras antiguas, escudos heráldicos y tapices que narraban leyendas e historias de antiguas batallas, así como varios retratos de ilustres jefes del clan MacFayden.

Una larga mesa de madera maciza dominaba la estancia, llena de velas y candelabros de hierro forjado, y el suelo estaba tapizado en su totalidad con el tartán amarillo y naranja claro del clan MacFayden.

―¿Impresionado? ―lo provocó Tavish con una sonrisa burlona.

Lo estaba, sinceramente, pero en el fondo Reno deseaba negarlo para borrar esa sonrisa de superioridad que tanto odiaba.

―Desde luego ―se obligó a decir.

―Este salón ha sido escenario de grandes reuniones y de importantes eventos ―explicó Martha con un entusiasmo que a Reno le parecía más genuino―. El clan MacFayden dominó estas tierras durante varias décadas, y es parte indispensable de la historia de Escocia.

―Este de aquí es nuestro abuelo, Arthur MacFayden ―indicó Tavish señalando el cuadro de un hombre de barba blanca que vestía un elegante uniforme consistente en un kilt con el tartán del clan, una camisa de cuello alto, un chaleco, una bolsa de cuero colgada del cinturón, unas medias a cuadros y unos zapatos con hebillas―.

Fue el último MacFayden que habitó este castillo.

―Kilchurn Castle era todo su mundo ―recordó soñadora Martha.

―Es precioso, la verdad ―convino Reno intentando contenerse―. Os va a quedar un hotel muy bonito.

Disfrutó viendo la expresión de los ojos de Tavish, aunque se arrepintió de haber sido tan impertinente.

―Bueno, será mejor que busquemos ese reloj de arena ―lo socorrió Martha antes de que su hermano dijera nada.

Buscar un objeto de dimensiones previsiblemente pequeñas en un castillo tan sobrecargado como aquel parecía una tarea complicada.

No todas las estancias estaban tan limpias y ordenadas como el salón de banquetes, y piezas de todo tipo se acumulaban en cualquiera de los oscuros rincones de Kilchurn Castle.

«Poca luz y un frío de cojones» se lamentó Reno mientras abría un enorme armario tallado con motivos tradicionales de cuyo interior emanaba un fuerte olor a cerrado.

Martha buscaba enérgicamente algún reloj de arena, pero se enfrascaba en explicaciones absurdas sobre su clan, minando la moral de Reno; Tavish, por el contrario, se dedicaba a seguir al visitante, más interesado en vigilar sus movimientos que a encontrar el reloj de arena.

―¿Tiene alguna fotografía que pueda ayudarnos a saber qué buscamos exactamente? ―le preguntó Tavish con una sonrisa forzada.

Reno se quedó mirándolo con desdén.

―Ese reloj de arena salió de Cabalar a finales del siglo dieciocho ―respondió, impasible―. Todavía no existían las cámaras de fotos.

Tavish contestó a su vez con otra sonrisa impostada.

Retomaron sus tareas ―Reno la búsqueda del reloj de arena, Tavish la vigilancia de Reno― y no volvieron a dirigirse la palabra. Aunque no hacía mucha falta, puesto que Martha hablaba por todos.

―¿Os imagináis que el antepasado de Rino que trabajó aquí hubiera tenido una historia de amor con alguna de las hijas de la familia y hubiera terminado teniendo descendencia? ―oyó decir a Martha, que estaba inmersa en un monólogo continuo― Puede que haya gente con sangre MacFayden y Bruhma.

A Reno le repugnaba pensar en sangres y en todo lo que eso representaba, pero se mantuvo en el papel de hijo de Victoria Pumarino y siguió con la búsqueda.

Pasadas las ocho de la tarde, no habían obtenido ningún resultado. El reloj de arena que buscaban no aparecía por ninguna parte, y los hermanos MacFayden parecían cansados de estar allí pasando frío.

―Me gustaría seguir buscando mañana ―les pidió Reno, decidido a no rendirse tan fácilmente.

―Comprenderá que tenemos una vida ―replicó Tavish con tirantez.

―Puedo venir yo solo ―dijo Reno―. No quiero ser una molestia.

―¡De eso nada! Te ayudaremos ―respondió Martha, que por alguna razón encontraba divertida la búsqueda.

Tavish le lanzó una mirada afilada a su hermana.

―Hermano, tú puedes quedarte en Inveraray ―le dijo Martha―. Yo vendré con el señor Pumarino.

―No, hermana ―respondió él, irritado―. Cancelaré mis planes de domingo y vendré con vosotros.

El viaje de regreso a Inveraray tampoco fue distendido. En primer lugar, porque Tavish se vio de pronto obligado a alojar en casa a su hermana y a Reno, algo que evidentemente no deseaba.

―No me importa quedarme a dormir en Kilchurn Castle ―probó Reno con intención de ahorrarse la pernocta en casa del «pelirrojo cabrón» y de buscar el reloj de arena durante toda la noche, si hiciera falta.

―No quieras dormir solo en ese castillo, Rino ―contestó riendo Martha―. Por la noche se oyen unos ruidos rarísimos.

―Mi sofá es muy cómodo ―fue todo lo que dijo su hermano, que no parecía dispuesto a dejarlo solo en su castillo.

Justo cuando entraban en Inveraray, Tavish recibió una llamada que silenció rápidamente.

―¿Quién te está llamando todo el rato? ―lo interrogó su hermana― ¿Algún ligue?

―No es nadie ―zanjó Tavish, enfadado.

A Reno le importaba «un pimiento» quién llamaba a Tavish MacFayden; en ese momento sólo pensaba que al día siguiente tendría su última oportunidad de cumplir su objetivo.

Si el reloj de arena no aparecía, tendría que volver a Cabalar con las manos vacías.