El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Victoria
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Victoria

Estaban todos reunidos alrededor de la mesa del comedor, jugando al cluedo.

Olivia había insistido en jugar una partida, después de que Andrés y ella volvieran de visitar al cura y a otros dos vecinos al azar, para no levantar más sospechas.

Lucio había comenzado ganando las primeras dos partidas, lo que había provocado que tanto su mujer como César se propusieran tomarse la revancha.

Fue en medio de la tercera partida cuando Estela recibió el mensaje.

―¡Mañana hay misa! A las doce ―anunció tras leerlo―. Lo han puesto en el grupo del pueblo.

«Algún día crearé un grupo de Whatsapp de los bruhmas» pensó mientras Estela les contaba que muchos de los miembros del grupo habían confirmado su asistencia con emojis de todo tipo.

―Parece que todo el pueblo estará allí ―concluyó Estela, para luego dirigirse a su empleadora―. ¿Irá usted, señora?

Victoria sintió todas las miradas sobre ella.

―No se me ha perdido nada en la iglesia ―replicó finalmente.

―Creo que sería bueno que acudieras, Victoria ―opinó Olivia con el tono de voz de una profesora de primaria.

―¿Por qué? ―se limitó a preguntar.

―Porque es muy probable que el ladrón esté allí mañana ―argumentó su asistente personal―. Que vea que no tienes miedo de enfrentarte a tus enemigos. Hasta puede que se ponga nervioso ante tu presencia. Eso nos puede ayudar a atraparlo.

―¿Tú también vas a ir a misa, sor Tehúme? ―la vaciló César haciendo reír a Olivia.

―¡Claro que sí! ¡Todos deberíamos ir! ―exclamó ésta con vitalidad― Será como en el cluedo: uno de los presentes será el ladrón. Cuantos más seamos, más ojos tendremos para detectar cualquier señal.

Victoria dudaba de que acudir a esa misa fuera a acercarlos lo más mínimo a descubrir quién había robado la efigie de su rizoma. Alguien capaz de cometer un delito así no se amedrentaría por ver a Victoria y sus acompañantes en la iglesia del pueblo.

―Además, somos nosotros los que le hemos pedido al padre Salva que celebre la misa ―intervino Andrés―. Lo menos que podemos hacer es acudir.

―A mí… me gustaría ir ―anunció Estela con cautela―. Si a la señora le parece bien. Dejaré la comida preparada antes de ir.

―No hay problema, Estela ―le concedió Victoria, con media sonrisa―. Aunque quizás tengamos que sacar los esquís para salir de la isla.

Tras una mañana especialmente tranquila, la nevada había vuelto a intensificarse por la tarde, apagando cualquier esperanza de que aquella tormenta de nieve llegara a su fin.

Andrés era el que peor estaba llevando la situación: el anticuario parecía deseoso de volver a Mauleón y dejar atrás aquellos días de encierro en Casa Libar.

Su sobrino, César, tampoco parecía estar disfrutando de su estancia en la casa de su familia; se le veía algo malhumorado, debido quizás al inusual ajetreo que había en Casa Libar, habitualmente un remanso de paz donde César podía descansar del bullicio de la capital.

―Quizás podamos utilizar el coche de César para acercarnos a la iglesia ―dijo entonces Lucio mirando al sobrino de Victoria―. Es el único de los tres coches aparcados fuera que tiene neumáticos de invierno.

César taladró con la mirada al jardinero de su tía.

―Me gusta más la idea de los esquís, la verdad ―replicó con su sonrisa ladeada.

―Yo tengo cadenas ―aportó Andrés―. Serán suficientes para cruzar el puente y llegar a la iglesia.

César se volvió hacia el anticuario.

―Sería más seguro ir en trineo que con tu coche ―bromeó―. Si prometéis no hacerle ningún rasguño, podéis llevaros mi coche.

―¿Tú no vas a venir? ―le preguntó Olivia.

―Prefiero quedarme a cuidar la casa ―respondió él―, no vaya a ser que alguien vuelva a entrar y se lleve algún jarrón de porcelana china.

Victoria vio cómo al anticuario le divertía el comentario de César. A ella, sin embargo, le asqueaba la forma en que su sobrino se tomaba a broma todo lo que estaba ocurriendo.

«Si supiera lo que nuestra familia ha luchado por llegar hasta aquí ―se lamentó Victoria observando a su sobrino―. Ahora que estamos tan cerca de conseguir nuestra meta…»

―César, en coche o en esquís, pero tú vienes con nosotros ―le ordenó de pronto Victoria.

Había tomado la determinación de no rendirse, de seguir luchando y de hacer todo lo que estuviese en su mano para recuperar lo que era suyo. Y, sin duda, necesitaba a su sobrino para lograrlo.

César se había quedado mirándola, desconcertado.

―¿Yo? Tía, no he pisado una iglesia desde mi primera comunión.

―Pues ya va siendo hora de que lo hagas ―respondió Victoria con firmeza―. Olivia tiene razón. Quiero que todo el pueblo nos vea. A mí, a la que han robado en su propia casa; pero también a ti, el futuro líder del rizoma con el que van a tener que convivir en el pueblo a partir de ahora.

César se mantuvo en silencio, sin duda conteniéndose de oponerse a su tía.

―Eso, si Muriel no convierte esta isla en un gueto ―replicó finalmente César, que ahora parecía enfadado―, y a nosotros en unos parias.

―¿Y qué si dejamos de pertenecer al municipio de Dos Gemelos? ―saltó Victoria elevando considerablemente el tono― Crearemos también nuestro propio municipio.

Se arrepintió inmediatamente de haber dicho aquella frase. Si cualquiera de sus adversarios la escuchara, diría que el subconsciente la había traicionado, y que Victoria Pumarino tenía la misma facilidad para crear un municipio que para crear un rizoma.

―¿Y también me va a tocar ser el alcalde de Bruhmalandia, la isla de los parias? ―continuó diciendo César, que se mostraba cada vez más molesto.

Victoria optó por el silencio. No quería discutir con César. Lo necesitaba a su lado, y de su lado.

Fue Olivia la que finalmente destensó el ambiente.

―¡Pues parece que mañana tenemos plan en familia! ―exclamó levantando su copa de vino.