El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Gerardo
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Gerardo

Anxo, un joven que acababa de ser padre por tercera vez, le contó que le había rogado a su mujer que le dejara salir de casa un rato porque, aseguraba, no soportaba más el sonido estridente de los dibujos animados que sus hijos llevaban viendo en bucle desde el jueves.

Su mujer había aceptado a regañadientes, no sin antes afirmar que a ella tampoco le vendría mal descansar de sus «cuatro niños».

Iria, una mujer de más de cuarenta años que vivía sola en una pequeña casita a las afueras del pueblo, se había puesto unos esquís viejos que guardaba en el desván para venir hasta el bar, cruzando prácticamente todo el pueblo.

―Ha sido lo más divertido que he hecho en mucho tiempo ―aseguró con una sonrisa en la boca.

También estaba allí Braulio, un hombre que se había pasado media vida como barrendero y manitas del pueblo, hasta que una lesión lo había inutilizado de por vida. Ahora cobraba una pensión generosa y ayudaba a Muriel Bahamontes en los asuntos del rizoma.

Si la presencia del vicepresidente del rizoma en el bar no era en absoluto sorprendente, la de la presidenta sí lo era, puesto que sólo lo hacía en ocasiones especiales o para visitar el museo.

Muriel llevaba una vida muy activa, pero bastante alejada de lugares de ocio como los bares.

Sin embargo, esa tarde se presentó en el bar dispuesta a hacer una excepción, probablemente con intención de socializar con los vecinos.

―Ponme el mejor vino que tengas, Gerardo ―le pidió cuando se hubo quitado el abrigo y la bufanda.

―¿No prefieres un caldo calentito? ―le propuso el tabernero.

―Nada me calienta más que una copa de buen vino ―afirmó ella, sentándose en la barra.

Parecía alicaída, aunque puede que fuera cansancio, como si el camino desde su casa al bar ―apenas cien metros― bajo la nieve y el viento la hubieran dejado exhausta.

Gerardo le sirvió un Gran Reserva Terra Ovadía y unas aceitunas, y aprovechó para servirse otra copa para él y charlar un rato con ella.

―Recibí la visita, como me dijiste ―murmuró Gerardo para que nadie más lo escuchara.

―Se ha vuelto loca ―afirmó ella con desprecio.

―Muriel, ¿quién ha robado el astrolabio? ―le preguntó acercándose más a ella.

Muriel abrió los ojos exageradamente.

―¿Por qué me lo preguntas? ―exclamó, indignada― ¡Yo no tengo nada que ver!

―Desde luego, nos ha hecho un gran favor, pero ¿quién querría robar algo así?  ―planteó Gerardo, confuso.

―Puede que se trate de algún cazatesoros ―observó Muriel, después de beber un trago de vino―. Al fin y al cabo, es un objeto antiguo, puede que de mucho valor.

―Yo creo que sólo tiene valor para Victoria ―repuso él, bajando aún más la voz―. No digo que no me alegre de que sus planes se hayan ido al garete, pero sólo espero que el asunto no salpique a nuestro rizoma.

Muriel se llevó una aceituna a la boca en silencio, haciendo oídos sordos a su comentario.

―Quizás Iria sepa lo que ha ocurrido en Casa Libar ―alzó la voz Muriel volviéndose a la aludida, que se encontraba a un par de metros de distancia.

Iria era sobrina de Victoria Pumarino, aunque nunca había tenido una relación muy estrecha con ella. Sin embargo, de llevarse a cabo el plan de su tía, Iria pasaría a ser bruhma.

―¿A qué te refieres? ¿Qué ha pasado en Casa Libar? ―preguntó sin perder la sonrisa.

Muriel le puso al corriente de lo ocurrido con el astrolabio mientras daba buena cuenta de su copa de vino. Iria no se mostró demasiado preocupada, aunque lamentó que un delito semejante se hubiera producido en una comunidad tan pequeña como Dos Gemelos.

―¿Qué te parece que tu tía quiera cambiaros de rizoma? ―la interrogó Gerardo después de sacarle un platillo con patatas fritas.

Iria se encogió de hombros.

―No lo veo mal, la verdad ―respondió, impasible―.

No me malinterpretéis ―se apresuró a añadir cuando vio las expresiones de Gerardo y Muriel―.

Para mí, no tiene nada de malo ser drago.

En serio, no me importa. Pero tampoco estaría mal recuperar un legado familiar tan antiguo, y de tanto valor histórico.

Ninguno de los dos tuvo tiempo de replicar nada, puesto que Santiago Chacal irrumpió en el bar bruscamente mientras echaba improperios a causa de la situación meteorológica del exterior.

―¡Alcalde! ¿Qué te pongo? ―le preguntó Gerardo cuando Santiago terminó su perorata.

―-Lo más fuerte que tengas, por favor ―bramó intentando recuperar el aliento.

Muriel e Iria se volvieron para observar con curiosidad al recién llegado.

―Santi, ¿se sabe hasta cuándo van a tener cerrada la carretera? ―preguntó Muriel con tono dramático.

―¡Ni pajolera idea! ―respondió con franqueza el alcalde― Pero hasta que la cosa mejore no parece que la vayan a abrir.

―Primero debería de dejar de nevar ―apuntó Iria.

―Me preocupa que haya una emergencia y no puedan venir la ambulancia o los bomberos ―explicó Muriel, cada vez más compungida.

―Tenemos un médico y dos enfermeros en el pueblo ―observó Santiago―. Y si hay un incendio… la nieve lo apagará.

―No me refería a un incendio ―contestó Muriel echándole una mirada fría.

―Entonces, ¿a qué te referías? ¿A algún gato que no pueda bajar de un árbol? ―bromeó Santiago echándose a reír.

Muriel mantuvo con firmeza su mirada gélida.

―Una tormenta de nieve puede acarrear muchísimos problemas, Santi ―afirmó con dureza―. No está de más estar preparados para lo que pueda pasar.

El alcalde dejó de sonreír y adoptó una expresión severa.

―Dos Gemelos está más que preparado para todo ―aseguró con orgullo―. Nos tenemos los unos a los otros. Tenemos la comunidad, no necesitamos nada más.

―Necesitamos medios, como cualquier otro pueblo o ciudad ―replicó Muriel sin amedrentarse.

En Dos Gemelos no existían los partidos políticos; al igual que había un único rizoma, también había una lista única para las elecciones.

El primer nombre de esa lista, el de la persona llamada a ser alcalde o alcaldesa, se elegía en una reunión abierta en la que nadie solía pugnar por ser candidato.

Santiago Chacal había sido elegido de la misma forma que todos los alcaldes anteriores; por un proceso no muy alejado del sorteo.

La única norma no escrita para la elección era aquella que decía que el presidente del rizoma y el alcalde de Dos Gemelos no podían ser la misma persona.

De no ser por esa norma, Gerardo estaba completamente seguro de que Muriel Bahamontes se presentaría encantada a alcaldesa.

―Pues yo creo que necesitamos tomárnoslo con calma. ¿A quién le apetece un carajillo? ―propuso el tabernero con la mejor de las intenciones.

―¡Buena idea! ―gritó Anxo desde la otra punta de la barra.

―¡Yo me apunto! ―oyó decir a una mujer.

Cuando Gerardo se disponía a servir una ronda para todos, la puerta del bar se volvió a abrir y el padre Salva entró con la misma expresión helada que habían traído los demás.

―El que faltaba ―murmuró el alcalde con sorna―. ¡Con la Iglesia hemos topado!

El cura, el alcalde y la presidenta del rizoma. La plana mayor de Dos Gemelos se había reunido inesperadamente en el bar de Gerardo.

El padre Salva aceptó con gusto el caldo montañés que le ofreció Gerardo, aunque en el transcurso de los primeros quince minutos apenas intercambió palabra con nadie. Finalmente, se dirigió a todos los presentes con el tono de voz que utilizaba durante los servicios eclesiásticos.

―Quiero aprovechar que muchos estáis aquí para anunciar que mañana a las doce ofreceré una misa especial ―anunció―.

En situaciones delicadas como esta, es más importante que nunca que la comunidad se mantenga unida.

Me gustaría que todos acudierais mañana a la iglesia y me acompañarais en mis oraciones.

Varios de los presentes confirmaron su presencia con gestos o frases sueltas. Otros como Braulio o Iria optaron por agachar la cabeza, evitando el contacto visual con el cura.

Antes de marcharse a casa, el padre Salva se volvió hacia dos de sus feligreses más ilustres.

―Santiago, Muriel. ¿Os veré mañana en la iglesia?

El alcalde hizo un gesto afirmativo mientras bebía de su tercera copa de coñac. Muriel, sin embargo, se tomó unos segundos antes de contestar.

―Por supuesto, Padre. Allí estaré.