El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
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Reno

―Háblame de tu rizoma.

Martha lo miraba con expectación desde el asiento del copiloto.

Aunque le costara encarnar a un descendiente descerebrado de los antiguos bruhmas, debía mantenerse en el papel del hijo de Victoria Pumarino para lograr su objetivo.

―Los bruhmas somos gente noble, trabajadora y muy familiar ―improvisó mientras mantenía la mirada fija en la carretera y en el paisaje verde que los rodeaba.

A continuación, echó mano de su memoria para recuperar trazos de la información que la patrona le había contado entre tanta verborrea―.

Mis antepasados vivían en una isla llamada Libar, pero una terrible catástrofe natural arrasó con ella y prácticamente extinguió a sus habitantes.

―¡Oh, Dios mío!

Martha escuchó con interés el catastrófico relato de los bruhmas, y cuando Reno terminó el teatrillo se lanzó a señalar similitudes entre el rizoma Bruhma y el clan MacFayden.

―Los MacFayden también hemos sido grandes marineros ―aseguró Martha con expresión triunfal―. No sería raro que nuestros antepasados hubiesen tenido relaciones comerciales.

Visto lo visto, Reno optó por no hacer demasiado caso a lo que contaba Martha y se centró en los bonitos paisajes que los acompañaban durante el camino hasta Inveraray.

Sólo el hecho de tener que conducir por la izquierda ya requería de toda su atención, pero aún y todo logró disfrutar del camino y sobrellevar la conversación con su acompañante.

Llegaron a Inveraray al mediodía, con un cielo nuboso que se reflejaba en las tranquilas aguas del loch Fyne como si de un espejo gigante se tratara; los rayos de luz que se filtraban entre las nubes brillaban sobre la superficie del agua generando un efecto óptico difícil de describir con palabras, razón por la cual Martha MacFayden, que contaba con la habilidad suficiente para hablar de lo que fuera en cualquier situación, se limitó a soltar unos escuetos «Ooohhhh» mientras observaba embelesada el paisaje.

Al cruzar el pequeño puente de Aray se encontraron a la izquierda con el coqueto pueblo de Inveraray a orillas del loch Fyne y a la derecha con el imponente castillo de Inveraray, epicentro y motor turístico de la localidad.

―Este castillo ha sido desde el siglo dieciocho la residencia del Duque de Argyll ―le explicó Martha activando el modo empollona repelente―, que a su vez era el cabeza del clan Campbell, uno de los más importantes de esta zona de las Highlands .

―Pues menuda choza se hizo el cabrón ―soltó Reno en castellano sin ninguna intención de que Martha lo entendiera.

Ella continuó hablándole de los Campbell, de los escándalos de los distintos Duques de Argyll y de las maravillas del pueblito de Inveraray mientras Reno se centraba en seguir las indicaciones de Google Maps para llegar a la casa de Tavish MacFayden.

Inveraray resultó ser un pueblito de casitas mayormente blancas y mucha actividad turística y comercial.

A orillas del loch , a cualquiera le parecería que Inveraray era un lugar sacado de un cuento de hadas.

No obstante, a Reno, que no creía en los cuentos de hadas y que había sido amamantado con vinagre de manzana, Inveraray le pareció un pueblucho turístico donde aparcar suponía un enorme desgaste de energía.

Con el coche de alquiler aparcado y la bufanda cubriendo casi toda su cara, el detective siguió a Martha hasta una casita blanca no muy grande de cuya chimenea salía un humo que prometía algo de calor hogareño.

En efecto, se estaba muy a gusto en el interior de la casa, no así ante la gélida presencia de su anfitrión, Tavish MacFayden.

―¿Qué demonios hacéis aquí? ―le lanzó a su hermana con cara de pocos amigos cuando estuvieron en el salón de su casa.

―Hermanito, te presento a Rino Pumarino ―anunció Martha sin perder la sonrisa.

―¿Por qué habéis venido? ―insistió Tavish sin relajar la tensión de su rostro.

―Como te dije por teléfono, el señor Pumarino…

―Recuerdo lo que me dijiste ―la cortó―, y también recuerdo que te dije que no pensaba dejar que nadie entrara en el hogar de nuestro clan.

«¿Hogar? ¡Si lo quiere convertir en un puto Bed and breakfast !»

Reno se contuvo de decir nada, y dejó que Martha hiciera su trabajo.

―Sólo busca un reloj de arena que perteneció a su familia ―le aseguró Martha, que parecía creer al cien por cien que las intenciones de Reno eran buenas.

Tavish MacFayden dirigió entonces su mirada hacia él.

―¿Por qué cree que ese reloj se encuentra en nuestro castillo? ―lo interrogó escrutándolo con sus ojos verdes.

―Quizá sería más educado ofrecerle un té al señor Pumarino antes de seguir hablando ―observó Martha lanzándole una mirada incómoda a su hermano.

Sin embargo, Reno se arrancó a dar las explicaciones que le pedía.

―Uno de mis antepasados emigró a Escocia portando ese objeto tan valioso para nuestra familia.

Por desgracia, nunca se supo más de él, ya que jamás regresó a Cabalar.

En mi familia llevamos años investigando qué fue de mi antepasado y del reloj de arena, y tenemos informaciones que indican que vivió en el castillo de Kilchurn, probablemente como sirviente o como trabajador de los MacFayden.

―¿Insinúa que mi familia le robó el reloj de arena? ―preguntó Tavish con contención.

Martha abrió muchísimo los ojos, consciente de lo que aquella pregunta suponía.

―Desde luego que no ―se apresuró a decir Reno con calma―.

Pero puedo suponer que mi antepasado estaba en posesión del reloj cuando llegó a Kilchurn Castle.

Obviamente, pudo haberlo vendido o perdido durante los años que pasó allí, pero al menos querría comprobar si está en el castillo, ya que es la única pista con la que cuento.

―¿Nos tomamos un té? ―propuso Martha, cada vez más inquieta.

―¿Quién era su antepasado? ―quiso saber Tavish.

―Vicente San Juan ―contestó Reno repasando toda la información de la que disponía―. Sobrevivió a una tragedia en la que lo perdió todo, y emigró a Escocia para empezar una nueva vida. Por lo que sabemos, fue contratado por los MacFayden alrededor del año 1800.

―Lo buscaré en los archivos de la familia ―aseguró Tavish con semblante serio.

―¿Cómo? ¿Crees que se lo está inventando? ―lo regañó Martha.

―No creerás que voy a dejar que alguien entre en mi castillo sin comprobar si lo que dice es cierto, ¿verdad?

―¿Quién se inventaría algo así? ―le rebatió su hermana.

―Entonces, si confirma lo que le cuento ―aprovechó para proponer Reno―, ¿accederá a dejarme entrar en su castillo para buscar el reloj de arena?

Tavish se quedó mirándolo sin decir nada, probablemente buscando una excusa para negarse a aceptar su petición. Martha esperaba la respuesta tan impaciente como Reno.

―Necesitaré confirmar lo que usted me dice, sí ―respondió finalmente Tavish―. Así como una generosa donación para el mantenimiento y el cuidado de Kilchurn Castle.

Durante varios segundos que parecieron minutos, sólo se escuchó el crepitar de la pequeña chimenea que había en una de las paredes del salón; la repisa de la chimenea estaba cubierta por un tartán alargado con los colores amarillo y naranja claro del clan MacFayden, y sobre ella había un cuadro con una foto antigua de la que parecía ser la actual familia MacFayden al completo.

A Reno no le costó reconocer a la versión de seis o siete años de Martha ―su cara poco agraciada era fácil de identificar―, ni tampoco a la versión preadolescente del hombre que en ese preciso momento estaba intentando sacarle dinero por dejarle entrar en su castillo.

―¿Vas a cobrarle por recuperar una reliquia familiar? ―le echó en cara Martha, que a estas alturas no ocultaba su enfado.

―Creía que Kilchurn Castle no era un bazar donde conseguir cosas de segunda mano ―dijo Reno recordando lo que el propio Tavish había dicho en un principio.

―No pretendo venderle el reloj, señor Pumarino ―respondió él―. Le estoy pidiendo una donación para el castillo a cambio de acceder a él. Considérelo un peaje o una entrada.

―¿Me cobrará un extra si encuentro el reloj y quiero llevármelo? ―preguntó con ironía.

―¡Claro que no! No soy ningún usurero ―respondió él con una sonrisa.

«Lo que eres es un hijo de puta.»

―Tavish, esto no está bien ―lo amonestó Martha, claramente avergonzada por la actitud de su hermano.

―Sólo intento proteger nuestro castillo y el legado de nuestro clan ―se defendió él borrando su sonrisa―, a diferencia de ti, que te dedicas a abrirle las puertas de nuestro hogar a cualquier extraño.

―No es ningún…

―Yo soy el actual responsable del castillo y seré yo el que decida quién entra en su interior y en qué condiciones ―sentenció para terminar con la discusión. En efecto, Martha no dijo nada más.

Tavish volvió a dirigir toda su atención a Reno.

―Pagaré lo que haga falta ―anunció éste intentando no perder la única oportunidad que parecía tener de entrar a ese puto castillo.

Tavish asintió con una sonrisa.

―Me alegra escuchar eso, señor Pumarino. Y ahora, permítame invitarle a un té. Debe estar usted muerto de frío y cansado del viaje. Después, hablaremos de negocios.

Tavish se perdió por la puerta que daba a la cocina y su hermana y Reno se quedaron en silencio, mirándose perplejos.

De nuevo, sólo se escuchaba el crepitar de la chimenea.

«Pelirrojo cabrón.»