El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Olivia
65%

Olivia

También admiraba la capacidad del padre Salva para integrarse en un pueblo que vivía tan preocupado por su identidad y su historia.

Si había un lugar en la isla de Cabalar donde el rizoma estaba por encima de la política o la religión, ese era Dos Gemelos.

Sin embargo, y aquí radicaba la clave de su éxito, el padre Salva se había hecho un hueco en la jerarquía del pueblo, manteniendo a los vecinos comprometidos con la fe cristiana y logrando que lo aceptaran como figura relevante de la comunidad sin ni siquiera ser drago.

―Padre, le presento a Andrés Taboada, un amigo de Mauleón ―comenzó diciendo cuando el padre Salva los invitó a pasar.

―¿A qué debo vuestra visita? ―fue al grano― No hace un día como para salir de casa.

Andrés y ella representaron el teatro de los botes de conserva, el cuidado entre vecinos y el altruismo de tipología «anuncio de la Lotería de Navidad». El padre Salva fue amable, cordial y educado, y, aunque sonreía mucho, algo en su mirada transmitía cierta resistencia a creerse la pantomima.

―¿Vais a visitar todas las casas del pueblo? ―les preguntó, incrédulo.

A Andrés se le congeló la sonrisa y miró a Olivia con ojos asustados.

―No todas ―se apresuró a contestar ella―. Sólo las de los más vulnerables.

Al padre Salva pareció hacerle gracia su respuesta.

―¿Te parece que yo estoy entre los más vulnerables? ―preguntó, ampliando su bonita sonrisa.

«A ver cómo sales de ésta, Oli.»

―Usted vive solo ―la socorrió Andrés para su sorpresa―. Eso ya lo hace vulnerable en una situación como esta.

―Eso es. Además, es usted el cura del pueblo ―agregó Olivia, envalentonada―. No podemos permitirnos que le pase algo al único párroco que tenemos.

El padre Salva soltó una carcajada.

―En eso tenéis toda la razón ―les concedió, sonriente―. Si yo faltara, en Dos Gemelos tendrían problemas para encontrar un nuevo cura; cada vez somos menos, y si a eso le sumamos que en este pueblo el cura debería ser drago o, como yo, arrizomático…

―La cosa se complica, sí ―observó Olivia, riendo, antes de reconducir la conversación―. El caso es que está usted bien, así que nos quedamos más tranquilos. Por cierto, queríamos aprovechar para preguntarle algo.

Notó cómo Andrés se tensaba y el padre Salva volvía a levantar las defensas.

―Ha habido un robo en Casa Libar ―anunció Olivia directamente―. Ocurrió la tarde del jueves, cuando se desató la tormenta de nieve. Alguien accedió a la casa rompiendo una ventana de la biblioteca, y se llevó el viejo astrolabio que apareció el mes pasado en el río.

El padre Salva se quedó mirándola con expresión inescrutable.

―¿El que pertenecía al rizoma Bruhma? ―preguntó finalmente, evidenciando que el párroco sabía de lo que le estaban hablando.

―Claramente, el ladrón es alguien de Dos Gemelos ―añadió Andrés―. Si fuera alguien de fuera, estaría atrapado en el pueblo, ya que el puerto estaba cerrado para entonces.

―Entiendo ―respondió el padre Salva, solemne―. Y, ¿hay algo que yo pueda hacer por vosotros?

En realidad, y esta era la parte más difícil de su cometido, lo único que el padre Salva podía hacer por ellos era demostrarles que él no tenía nada que ver con el robo.

«Pero claro, no hay manera fácil de decir algo así.»

―Robar es pecado, ¿verdad, Padre? ―soltó de pronto Andrés, provocando que tanto el padre Salva como Olivia se volvieran bruscamente hacia él.

―¿Cómo dices? ―preguntó el párroco, confundido.

―¿Robar no es uno de los pecados capitales? ―insistió Andrés.

El padre Salva lo miró fijamente.

―No ―respondió con rotundidad, para luego añadir―: pero es uno de los Diez Mandamientos que Dios entregó a Moisés.

―«No robarás» ―citó Olivia, recordando la película de Charlton Heston.

―Bueno, a eso me refería ―dijo Andrés soltando una risita―. Robar no es muy cristiano que digamos, y tengo entendido que en Dos Gemelos los creyentes son mayoría.

Olivia desconocía si realmente Andrés había oído ese dato, o se lo estaba inventando para justificar su teoría, pero había acertado: en Dos Gemelos se vivía la religión con bastante fervor, tanto que muchos dragos pensaban que la mariposa drago era algo así como un símbolo de Jesús, cuando no directamente una reencarnación de Dios.

―La verdad es que pocas congregaciones son tan devotas como esta ―reconoció el padre Salva con un deje de orgullo en la voz―. Como párroco, siento una gran satisfacción por la respuesta de los miembros de mi parroquia, aunque desearía que vinieran más a misa.

―¿Y no podríamos apelar a los valores cristianos para que el ladrón confiese o, al menos, se arrepienta y devuelva el astrolabio? ―propuso Andrés.

El padre Salva se encogió de hombros.

―Podríamos, pero ¿cómo propones que lo haga? ―quiso saber.

―Mañana es domingo ―señaló Olivia, vislumbrando un plan―. ¿Tiene pensado dar misa?

El padre Salva la miró con interés.

―Depende de cómo evolucione la tormenta de nieve ―respondió, señalando con la cabeza la ventana―. No me gustaría que nadie se partiera la crisma de camino a la iglesia.

Olivia asintió, suponiendo que muchas de las personas que acudían a misa eran mayores y por lo tanto más vulnerables a los embates del viento o la nieve.

―Puede que muchas personas agradezcan salir de casa y reunirse con sus vecinos y su párroco después de tres días de encierro involuntario por la tormenta ―argumentó Andrés con determinación.

―Además, la iglesia está literalmente en el centro del pueblo ―añadió Olivia, cada vez más convencida―. Al menos de la parte norte del río, que es la principal. La mayoría sólo tendría que caminar unos pocos metros desde su casa.

―Así que, yo sólo tengo que celebrar la misa del domingo y recordarles a los asistentes que uno de los mandamientos revelados por Dios afirma que no se debe robar.

―Exacto ―le confirmó Olivia.

El padre Salva le lanzó una mirada que denotaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por no perder la paciencia.

―Si eso es todo lo que me pedís, de acuerdo. Pero no quiero saber nada más de este asunto.