El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Salva
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Llamaron a su puerta golpeando varias veces con la aldaba.

Antes de abrir la puerta y descubrirlo, creyó dar con la respuesta, ya que sólo había una persona en el pueblo que utilizaba la vieja y roñosa aldaba de la puerta de la casa del cura.

―Padre, necesito que me haga un favor ―anunció la recién llegada, parada en medio del pasillo.

―Pasa, pasa, y quítate ese abrigo mojado ―la apremió.

Muriel sólo había tenido que recorrer una docena de metros desde su casa hasta la de Salva, pero tenía el abrigo y el pelo cubiertos de copos de nieve.

Entraron en el salón, donde el fuego crepitaba vigorosamente, y Salva ayudó a Muriel a quitarse el abrigo y sentarse en una butaca junto a la chimenea.

―Dime, ¿en qué puedo ayudarte? ―preguntó cuando se hubo sentado a su lado y servido dos tazas humeantes de café recién hecho.

―Padre, ¿recuerda eso de lo que le hablé en la fiesta de Santa Inés? ―comenzó diciendo, cogiendo entre sus manos la taza de café.

―¿Puedes concretar un poco, Muriel?

Muriel Bahamontes le había hablado de muchas cosas en aquella fiesta. Era de las que disfrutaba hablando con los demás, contando historias, criticando actitudes, soltando rumores o dejando caer informaciones a medias.

―Le dije lo mucho que me preocupaba que Victoria Pumarino quisiera escindirse de nuestro rizoma ―explicó atropelladamente.

«Como para no recordarlo ―pensó Salva―. Me pusiste la cabeza como un bombo.»

―¿Qué pasa con eso? ―se impacientó Salva. La película que estaba viendo en televisión se había puesto muy interesante.

―Pasa que ahora quiere acusarnos de haber robado el astrolabio de su casa ―dijo Muriel con tono de indignación.

―¿Cómo? ¿El astrolabio de los bruhmas?

―Dice que alguien lo ha robado ―asintió Muriel.

La aparición en el fondo del río Saga de la efigie del desaparecido rizoma Bruhma había alterado a los feligreses de Dos Gemelos de una forma que él jamás había presenciado.

En un principio, Salva había concluido que aquel suceso sólo preocupaba a los dragos más comprometidos como Muriel.

Sin embargo, al día siguiente, una de las mujeres que ayudaban a limpiar la iglesia, Lucinda, había demostrado que el párroco estaba equivocado.

―Esa loca pretende resucitar un rizoma, como si fuera el mismísimo hijo de Dios ―había sentenciado Lucinda con un desprecio bastante impropio en ella.

Salva llevaba los suficientes años en Dos Gemelos como para conocer en profundidad el sentimiento que el rizoma Drago provocaba en la mayoría de los habitantes del pueblo, pero le costaba entender una oposición tan visceral a las intenciones de Victoria Pumarino.

En cualquier caso, robar la efigie de los bruhmas le parecía ir demasiado lejos.

―Victoria pretende acusarnos a nosotros del robo ―aseguró Muriel.

―¿A quiénes?

―¡A los dragos! ―exclamó como si fuese la cosa más obvia del mundo― Está mandando a su secretaria y a un róbleda de Mauleón a visitar a varios de nosotros.

A mí vinieron a verme ayer. Fingieron estar preocupados por los vecinos.

También visitaron a Gerardo y a Mariana.

Lógicamente, sospechan de nosotros porque somos los que nos oponemos con más firmeza a esa estúpida idea suya.

―Y, ¿qué tengo que ver yo con todo esto? ―quiso saber Salva, preocupado por que aquella mujer quisiera meterlo en asuntos que no iban con él.

―Puede que también lo visiten a usted, Padre.

―¿A mí? Yo no soy drago.

―Pero usted también se opone a que divida nuestro rizoma.

En realidad, Salva se oponía a la mera existencia de los rizomas, especialmente a su influencia en la vida de los ciudadanos. Lo bueno de Dos Gemelos era que no existía la discriminación por rizoma. Por eso no le entusiasmaba la idea de que en el pueblo surgiera otro rizoma y se crearan dos bandos.

Sin embargo, él no pensaba tomar partido en esta lucha de intereses, y desde luego no tenía nada que ver con el robo del astrolabio.

―Yo no sé nada sobre ningún robo ―le aseguró a Muriel―. Y así se lo haré saber si vienen a preguntar aquí.

―¿Podría decirles algo más?

―¿Cómo?

Muriel bebió un sorbo de café, quizás para tomarse un tiempo antes de decir lo siguiente.

―¿Puede decirles que los dragos no tenemos nada que ver?

La miró, confundido.

―¿Por qué iba a decirles eso?

―Porque es la verdad ―argumentó ella.

―Pero yo no sé quién ha robado el astrolabio.

―Sabe que no hemos sido nosotros ―repuso Muriel.

―¡Eso tampoco lo sé, Muriel!

―¿Cree que nosotros tenemos algo que ver?

―¡No lo sé! ¡Y tampoco me importa! ―estalló el cura, harto de todo este asunto― Preferiría que en lugar de enfrentaros entre vosotros por ser dragos, o ser bruhmas, os preocuparais de ser buenas personas, y de acercaros más a la Iglesia y a Dios. Eso estaría bien, Muriel.

―Así que, ¿no piensa ayudarme? ―preguntó Muriel, afligida.

Salva suspiró, cansado.

―¿De verdad crees que ayudaría en algo que yo le dijera a Victoria que no tenéis nada que ver?

Muriel asintió tres veces.

―Usted es el único que puede.

―¿Yo? ¿Por qué? ¿Por no ser ni drago ni bruhma?

―No existen los bruhmas ―aseguró Muriel con firmeza―. Todos somos dragos. Todos somos vecinos. Todos somos cristianos. Y así debe seguir siendo. Y usted, que efectivamente no es drago, es el único que puede mediar en este asunto.

Así que ahora le tocaba ser algo así como un mediador de paz entre unionistas y secesionistas.

―No veo por qué yo, en nombre de la Iglesia, debería meterme en asuntos que nada tienen que ver con la religión.

Muriel le lanzó una mirada desafiante que Salva no le había visto jamás.

―Padre, déjeme recordarle que nosotros lo aceptamos en Dos Gemelos pese a su negativa a formar parte de nuestro rizoma.

―Yo no soy drago ―se defendió.

―Era selenita, y no tuvo reparos en dejar de serlo. Podía haber elegido ser drago.

―Me sorprende esa insinuación viniendo de ti, Muriel ―respondió Salva―. Creía que tú defendías que uno no se hace drago, bruhma o selenita. Sencillamente se es.

―Y así es. Pero hicimos una excepción con usted, al aceptar un cura que no era drago. Sabe que aquí todos lo somos.

―Victoria Pumarino no opina lo mismo ―la provocó, algo cansado de este juego―. Mira, Muriel, no sé a dónde quieres llegar con esto. Si pretendes amenazarme para que diga o haga lo que tú quieras, estás perdiendo el tiempo.

―Yo no estoy…

―Llevo quince años siendo el párroco de Dos Gemelos, y lo soy porque vosotros aceptasteis que lo fuera.

Os venía fenomenal que yo fuera arrizomático, para que así el vuestro siguiera siendo el único rizoma del pueblo.

Os vino de perlas que el nuevo cura renegara de su rizoma, y no os importó entonces que tampoco me uniera al vuestro.

Así que, si ahora, quince años después, has decidido que esto suponga un problema, de acuerdo, lo aceptaré sin rechistar.

Pero espero que entiendas que no pienso hacer nada para evitarlo.

Ni me voy a convertir en drago, ni voy a decirle a Victoria Pumarino nada que no sea verdad. ¿Queda claro?

Muriel lo miraba con ojos de cordero degollado. Parecía estar a punto de estallar.

De pronto, llamaron al timbre de su casa.

―Son ellos ―anunció Muriel, tras lo cual se puso en pie con ceremoniosidad―. Saldré por la puerta trasera.

Y así, sin mediar palabra, Muriel Bahamontes dio por terminada la conversación y desapareció de su casa.