El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Estela
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Estela

Se acercó a la ventana e intentó escudriñar la oscuridad. La luz de las farolas al otro lado del río revelaba el velo de nieve que caía incesantemente, aunque con menos fuerza que la víspera.

―La isla continúa completamente bloqueada ―dijo con voz grave la locutora―. Las autoridades vuelven a pedir a los ciudadanos que no salgan de sus casas si no es completamente necesario, que en caso de hacerlo sean precavidos y que en ningún caso cojan el coche.

―¿No estaríamos mejor en casa? ―le había preguntado la víspera Lucio, mientras se metían en la cama.

―Aquí estamos bien ―le había respondido ella―. Además, en Casa Libar estamos entretenidos. ¿Qué haríamos tú y yo solos en casa tanto tiempo? ¡Nos volveríamos locos!

―Querrás decir que yo te volvería loca a ti, ¿no? ―había refunfuñado su marido.

―Lo que digo es que aquí somos útiles, tenemos cosas que hacer. Es mejor que estar en casa sin hacer nada, Lucio.

―Tú quieres estar enterada de lo que pasa con lo del robo del astrolabio ―había sentenciado Lucio, fingiendo que él no estaba disfrutando del asunto tanto como Estela.

En efecto, no sentía necesidad de volver a salir de Casa Libar hasta que la tormenta de nieve pasara. Su única salida había provocado que el anticuario sospechara de ella y la pusiera en un aprieto.

―Si te conociera, ese coleccionista de polvo no te hubiera acusado de algo así ―había dicho Lucio cuando ella le contó lo ocurrido con Andrés.

―Realmente no me acusó de nada, pero sé que se le pasó por la cabeza ―había verbalizado Estela.

Le había molestado que Andrés pusiera en entredicho su lealtad hacia Victoria, pero le constaba que su jefa había amonestado al anticuario por ello, lo que la hizo sentir mucho mejor.

Ahora, Estela estaba deseosa de que diera comienzo un nuevo día. A saber qué acontecimientos traería aquel sábado nevado.

Preparó café mientras la casa seguía dormida y la nieve golpeaba con suavidad el cristal de la ventana.

¿Qué importancia tendría, se preguntaba en ese momento, ser drago o bruhma si, inevitablemente, todos vivían a merced de la naturaleza?

La tormenta de nieve no discriminaba por rizoma, eso seguro.

Muriel Bahamontes estaba igual de atrapada que Victoria Pumarino.

El primero en aparecer en la cocina fue su marido. Tenía cara de no haber pegado ojo; sin embargo, Estela sabía que no había parado de roncar en toda la noche.

―¿Crees que debería despejar de nieve el puente? ―le preguntó Lucio mirando con preocupación por la ventana.

―¿Para qué? ―inquirió ella― En la radio acaban de decir que no va a dejar de nevar. Además, nadie va a venir ni a marcharse de aquí.

Lucio se encogió de hombros y le ayudó a preparar el desayuno.

Pasaban unos minutos de las nueve cuando César y Andrés, los últimos en bajar, se sentaron a la mesa. Para entonces, Victoria ya se había tomado dos cafés y media docena de magdalenas, y Olivia les había contado los sueños que había tenido esa noche con pelos y señales.

―¿Qué tal habéis dormido, chicos? ―les preguntó Victoria.

―Ha sido una noche movidita ―respondió César, que sin embargo no perdió su encantadora sonrisa. Andrés se mantuvo en silencio―. Y bien, ¿cuál es plan para hoy, familia?

Todos miraron inevitablemente a Victoria, que parecía algo más relajada que la víspera. No obstante, fue Olivia quien tomó la palabra.

―Supongo que habrá que seguir visitando sospechosos ―dijo antes de darle un mordisco a su tostada.

―¿Seguro que queréis seguir haciéndolo? ―preguntó Victoria.

―¿Qué otra cosa podemos hacer? ―respondió Olivia― Ya habrá tiempo de jugar al cluedo. Esto es más importante.

―¿Quién es el siguiente sospechoso? ―intervino Andrés, que en ese momento se servía una taza de café.

Victoria se lo quedó mirando, quizás valorando si merecía la pena continuar con el plan que habían puesto en marcha la víspera.

―Supongo que tendríais que ir a ver al cura ―habló finalmente, poco convencida.

―¿El cura? ¿Por qué está el cura en la lista de sospechosos? ―quiso saber Andrés.

Victoria bebió un buen trago de café antes de responder.

―Porque odiaría nuestro rizoma tanto como odia el resto de rizomas.

―¿Odia los rizomas? ―preguntó el mauleonés.

Quienes como Estela se habían criado en Dos Gemelos recordaban con cariño al padre Anselmo, el viejo y cariñoso párroco que había dedicado su vida al bienestar de todos los vecinos del pueblo.

También recordaban el vacío que dejó cuando murió, así como el choque que supuso la llegada de su sustituto, un cura joven y guapo  que poco o nada tenía que ver con el padre Anselmo.

El padre Salva representaba una nueva forma de entender la Iglesia, la religión y las tradiciones.

Una forma mucho más moderna, abierta y revolucionaria, y también totalmente alejada de los rizomas.

Lucio y Estela tenían bastante trato con él, ya que la casa del cura se situaba a pocos metros de la suya.

―El padre Salva nació selenita ―le explicó Estela a Andrés mientras le pasaba la jarra de la leche―. Pero cuando entró al seminario renegó de su rizoma y se autoproclamó arrizomático.

―¿Eso se puede hacer? ―preguntó Andrés, sorprendido.

―Se puede hacer, y cada vez se hace más ―le explicó César―. En Faro se ve mucho. Sobre todo entre los jóvenes. Lo raro es que lo haga un cura.

Según le explicaba el padre Salva a cualquiera que le preguntara, él consideraba que todas las personas eran iguales ante Dios, y por lo tanto no había necesidad de clasificarlas por rizomas, razas o clases sociales. Él había renunciado a su rizoma, y deseaba que todo el mundo hiciera lo mismo.

―Para el padre Salva, los rizomas son sólo otro mecanismo creado por el hombre para someter al prójimo ―añadió Olivia con la boca llena.

―Y, ¿cómo es posible que un cura arrizomático y antirrizomas viniera a este pueblo y aún hoy siga siendo el cura? ―planteó Andrés.

―La razón por la que el padre Salva pidió ser destinado a Dos Gemelos para desempeñar su labor fue, precisamente, por su carácter monorrizomático ―expuso Estela.

―No lo acabo de entender ―admitió Andrés, confundido.

―El padre Salva odia las diferencias entre las personas ―continuó la asistenta―, sean diferencias raciales, rizomáticas o de cualquier tipo. Lo bueno que tiene Dos Gemelos, al menos a ojos del padre Salva, es que no hay diferencias rizomáticas.

―Porque todos pertenecéis al mismo rizoma ―concluyó Andrés entendiendo la lógica que seguía el párroco.

―Al menos hasta ahora ―agregó Victoria, guiñándole un ojo al anticuario.

―Y, ¿creéis que el cura estaría dispuesto a torpedear el nacimiento de otro rizoma en su pueblo? ―preguntó Andrés.

―Vayamos a descubrirlo ―respondió Olivia, sonriendo.