El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
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Andrés

Subieron al dormitorio con sus vasos de whisky en la mano.

―Este whisky fue un regalo que le traje a mi tía la última vez que fui a Escocia ―le contaba César mientras subían las escaleras―. Me costó un ojo de la cara, y la muy desagradecida ni siquiera había abierto la botella.

―Pues está cojonudo ―observó el anticuario―. Dile al detective de tu tía que traiga un par de botellas.

Se echaron a reír escandalosamente.

―Eso, que se deje de relojes de arena y traiga whisky del bueno ―añadió César volviendo a provocar que se rieran de buena gana.

Una puerta de la segunda planta se abrió y Estela asomó la cabeza. Tenía el pelo alborotado, así como cara de dormida y de enfadada.

―Shhhhhhhhhhhhh! ―chistó antes de volver a meterse en la habitación y cerrar la puerta.

Andrés y César se miraron, confundidos por lo inesperado de la reprimenda, y no pudieron evitar volver a reírse a carcajada limpia. Corrieron a su dormitorio antes de que Estela volviera a salir.

La suya era una amistad improbable, pero Andrés se estaba divirtiendo muchísimo con el sobrino de Victoria Pumarino.

César no era sólo un hombre de buen ver y con tendencia a la chulería; tenía un sentido del humor ácido y gamberro, una mente ágil y una personalidad tan marcada como su musculatura.

El whisky podía haber alterado su percepción personal de César, pero le había gustado mucho lo que esa noche había conocido de él.

El whisky también ayudaba a la desinhibición, y a esas alturas a Andrés le costaba no mirar a César con ojos lujuriosos.

Entraron al dormitorio y César se quitó de un movimiento el jersey y la camiseta.

Su torso desnudo le pareció aún más espectacular que cuando lo había visto por la mañana.

No podía dejar de mirarlo; su mente volaba ya por lugares lascivos, y notó un calor específico recorrer todo su cuerpo.

Una parte de él, quizás la más sensata, se sentía fatal por cosificar de esa manera a una persona. César era varios años menor que Andrés, por no hablar de que era heterosexual y posiblemente no contemplaba la opción de tener algo con otro hombre.

Andrés apartó la mirada y se concentró en cambiarse para meterse en la cama.

―¿Sabías que tenemos bañera de hidromasaje? ―dijo César señalando la puerta del baño. Al hacerlo se le marcaron los músculos del brazo y del torso.

―¡Vaya! ¡Menudo lujo para ser la habitación de invitados! ―observó Andrés.

―Mi tía instaló una en cada baño. Es así de excéntrica para algunas cosas. Deberías probarla.

―¿A tu tía? ―preguntó abriendo los ojos exageradamente.

―La bañera de hidromasaje ―rio César, y se dirigió al baño.

A Andrés le llegó el sonido de un grifo abriéndose, y después escuchó a César llamándolo para que fuera. Él obedeció, y al entrar en el baño vio que César estaba echando sales de baño en el interior de la bañera.

―Tomarte un whisky escocés bueno en una bañera de hidromasaje es un lujo que no está al alcance de cualquiera ―aseguró César mirándole con una sonrisa traviesa.

Andrés no supo encontrar un argumento para llevarle la contraria.

Ciertamente, aquella parecía una oportunidad para disfrutar un poco de la vida, para sacar algo provechoso de la situación en la que se encontraba, encerrado en esa casa, en ese pueblo y en ese valle.

¿Por qué no bajar un poco la guardia? ¿Por qué no dejarse llevar?

¿Qué mal hacía metiéndose en esa bañera con su compañero de habitación?

―¿Te apuntas? ―lo apremió César quitándose los pantalones y la ropa interior con un movimiento rápido.

Sin dejar de mirar el cuerpo desnudo de su adonis particular, Andrés apagó su mente y lo imitó, quitándose las prendas de ropa con torpeza.

No esperaron a que la bañera estuviera llena; ambos se metieron en ella colocándose uno en frente del otro, con las piernas entrelazadas debido a la falta de espacio.

El roce de sus pieles hizo que Andrés se pusiera ciertamente nervioso.

A César, sin embargo, no parecía incomodarle el roce de su cuerpo con el de otro hombre.

―Hacía mucho que no me bañaba con nadie ―observó con una sonrisa relajada.

«Esto parece sacado de una de mis fantasías sexuales» se dijo Andrés intentando relajarse y no mirar el cuerpo desnudo que tenía, literalmente, entre sus piernas.

Estuvieron un buen rato en silencio, con los ojos cerrados, mientras se iba llenando la bañera. Andrés trató de concentrarse en el sonido del agua, en el aroma de las sales de baño y en el tacto del agua sobre su piel.

De pronto, notó unos dedos acariciando su entrepierna.

«No me jodas.»

¿Estaba ocurriendo? ¿O estaba tan borracho que…? No, en efecto, estaba ocurriendo.

«No me lo puedo creer.»

Cuando Andrés entendió que César estaba, literalmente, tocando su pene, se obligó a dejarse llevar y a disfrutar del momento.

―¿Te parece bien? ―oyó susurrar a César.

Su miembro, ya endurecido, hablaba por él, pero Andrés lo confirmó con un suave «sí».

César comenzó a masturbarlo con delicadeza, realizando movimientos suaves y acompasados.

Andrés pensó en Juan, en lo que diría cuando se enterase. Quizás no se reiría tanto como la última vez que hablaron por teléfono, pero sabía que su novio entendería que se dejara llevar.

Así que, Andrés dejó que pasaran del juego de manos a la boca, a los besos húmedos y los lengüetazos, y después a las caricias, los roces y los sobeteos, al frote de distintas partes de sus cuerpos y a múltiples juegos y actos sexuales.

El momento era tan erótico y su cuerpo estaba tan excitado que Andrés terminó antes de lo que hubiese deseado. Sin embargo, continuó un buen rato dándole placer a César, y terminó volviendo a excitarse y a reanudar su propio placer.

Cuando el agua de la bañera se hubo enfriado los dos hombres salieron, se secaron, se vistieron y cada uno se metió en su cama.

Durmieron cinco o seis horas, y antes de que amaneciera Andrés notó que alguien se metía en su cama. César volvía a por más, y Andrés aceptó de buena gana la incursión. Se dieron placer bajo las sábanas de la misma forma en la que se lo habían dado bajo el agua.

―¿Puedo preguntarte una cosa? ―dijo Andrés cuando acabaron.

―Soy bisexual ―adivinó César.

―Y muy listo, por lo que veo ―rio Andrés.

―¿Lo dices por Olivia?

―¿Olivia? ¿Qué tiene que ver Olivia? ―preguntó él, confundido.

―Me acosté con ella hace un par de semanas ―le contó César―. Me imaginaba que te lo habría contado.

Andrés no sabía que existía relación íntima alguna entre César y Olivia, y sintió una mezcla de curiosidad ―por saber cómo había ocurrido―, culpabilidad ―por haber tomado prestado el amante de Olivia― y decepción ―por no ser tan especial como se sentía en ese momento―.

Optó por quitarle importancia al asunto ―los tres eran mayorcitos― y seguir viviendo el momento.

« Carpe diem ―se dijo Andrés buscando a César bajo las sábanas―. Quién sabe cuándo voy a tener la oportunidad de volver a estar con un hombre como éste.»

Y volvió a repetirse ese mantra cuando, antes de bajar a desayunar, dejó que César se metiera en la ducha con él y se ofreciera a enjabonar todo su cuerpo.

«Bendita tormenta de nieve.»