El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
100%

Reno

Nada tenía que ver aquel pueblecito con encanto que resplandecía bajo el sol de julio con la masa blanca helada que se había topado la última vez que había visitado Dos Gemelos.

Las aguas del río Saga corrían limpias y producían un murmullo hipnótico, y los cantos de las aves de la zona resonaban entre las imponentes montañas verdes que rodeaban y protegían el pueblo.

«Puta secta.»

Caminó sin prisa hasta Casa Libar y esperó pacientemente a que le abrieran la puerta.

―¡Señor Soto! ¡Qué alegría verlo!

Estela lo recibió con una sonrisa y le hizo pasar al salón. Allí lo esperaba Victoria Pumarino, que vestía un vestido del color verde turquesa del rizoma Bruhma.

―Renato, querido ―lo saludó sonriente antes de estrecharlo entre sus brazos.

―Victoria ―respondió él evitando la palabra «querida».

Se sentaron a tomar café ―Reno lo pidió con whisky, como homenaje silencioso a Escocia― y dedicaron los primeros minutos a comentar el buen tiempo que estaba haciendo ese verano.

A continuación, pasaron a hablar de negocios.

―Reno, necesito que hagas otra búsqueda para mí ―anunció la patrona―. Tranquilo, nada de viajes ni objetos perdidos. Esta vez quiero que busques posibles bruhmas para nuestro rizoma.

Hacía sólo unos días que Victoria Pumarino había alcanzado por fin su objetivo: el registro oficial de rizomas había aceptado su solicitud de recuperar la oficialidad del rizoma Bruhma.

Veintiséis miembros ―seis más del mínimo requerido― habían firmado para adherirse a ese nuevo rizoma, tras demostrar lógicamente su relación ancestral con él.

Además, Victoria había presentados los tres objetos fundacionales: el sello oficial, la efigie ―el dichoso astrolabio― y el reloj de arena que el propio Reno había traído de Escocia tras haber pagado una fortuna a Tavish MacFayden, también conocido como el «pelirrojo cabrón».

―¿Necesitas más miembros? ―se sorprendió Reno.

―Nos vendría bien engrosar la lista de bruhmas, la verdad ―reconoció Victoria―. Ya es un logro ser reconocidos, pero necesitamos un poco de músculo si no queremos volver a extinguirnos en un par de décadas.

―Y, ¿de dónde pretendes sacar más bruhmas? ―planteó Reno con más tacto del que hubiese utilizado de forma natural.

―Debe haber muchísimas personas descendientes de Tomás y Cristóbal Pumarino ―aseveró Victoria con firmeza―. Tendrás que hacer un exhaustivo trabajo de investigación.

«Exhaustivo y aburrido» se lamentó el detective.

―Pero, aunque así fuese ―dijo Reno―, la gran mayoría llevará décadas o siglos perteneciendo a otro rizoma. ¿Qué te hace pensar que van a querer cambiar a un rizoma desconocido para ellos?

―Los motivos de todos ellos pueden ser muchos y muy diversos ―se limitó a responder la patrona.

―¿Qué me dices de los dragos? ―lanzó Reno.

―¿Qué pasa con ellos? ―preguntó Victoria, seca.

―Todos los dragos son, técnicamente, descendientes de Tomás y Cristóbal.

―¿Y qué? ―respondió, irritada.

―¿Tienes pensado atraer a alguno a vuestro rizoma?

―Los veintiséis miembros del rizoma Bruhma éramos dragos hasta hace nada. Los que no han hecho el cambio con nosotros es porque no quieren.

―Entiendo… Dime, ¿cómo están las cosas con la cúpula de los dragos?

―Distantes, la verdad ―reconoció Victoria―, pero al menos no quieren partir el pueblo en dos como pretendía la presidenta anterior.

«La presidenta anterior, también conocida como la mujer que murió en extrañas circunstancias durante la tormenta de nieve.»

―¿Al nuevo presidente no le parecía bien?

―Al nuevo presidente le voy a pagar cada año la cantidad de dinero que recibía en subvenciones ―confesó Victoria―. Además, hemos negociado que anualmente haré una donación para su mierda de museo siempre y cuando respeten nuestro rizoma.

Hasta hacía poco, con Muriel Bahamontes a la cabeza, los dragos habían proclamado que una escisión de su rizoma sería un desastre absoluto que jamás aceptarían; ahora, en cambio, el dinero parecía haber borrado cualquier problema concerniente a la existencia de un segundo rizoma en Dos Gemelos.

Reno suponía que el nombramiento de Gerardo Barcaza como presidente drago había sido clave para ese cambio de posicionamiento.

―Supongo que tú eres la presidenta de vuestro rizoma, ¿verdad?

Reno sabía que la idea inicial de Victoria había sido nombrar a su sobrino César presidente del rizoma Bruhma; sin embargo, tras la puñalada trapera que el exjugador de balonmano le había asestado a su tía, había sido apartado del proyecto.

De hecho, César había clavado aún más el puñal renunciando a cambiar de rizoma, manteniéndose oficialmente como drago.

Esto, suponía Reno, era una traición que la patrona difícilmente podría perdonar.

―Seré la presidenta hasta que encuentre a alguien más adecuado que yo ―aseguró con una sonrisa bastante impostada.

―¿Como quién? ―preguntó Reno con un interés igual de impostado.

―Como alguno de mis otros sobrinos ―respondió ella.

Supuso que al referirse a «otros sobrinos» tendría en mente al sobrino traidor.

―Mi sobrina Iria es bastante resuelta, y muy inteligente ―explicó Victoria como respuesta a la expresión escéptica que probablemente veía en el rostro de Reno.

―Seguro que os va fenomenal ―zanjó él, complaciente―. Por cierto, ayer vi a tu secretaria en la tele.

Se refería a Olivia Palafox, la asistente personal que la patrona había contratado el año anterior. Reno la había visto en un fragmento del programa matinal de Maulevisión, opinando sobre esto y aquello, en calidad de antropóloga cultural.

―Oh, sí, no me lo recuerdes ―se quejó Victoria―. Me dejó para escribir un libro y salir en la tele. ¡Menuda faena! Llevo semanas buscando un sustituto, pero ninguno me convence. Ahora que presido un rizoma, lo necesito más que nunca.

―Dime una cosa, Victoria ―dijo Reno poniéndose serio―. ¿Ha merecido la pena?

Durante unos segundos Reno observó a aquella mujer en edad de jubilación, cansada, que parecía tener problemas para mantenerse erguida, y sintió un poco de lástima por ella.

¿Cuán patético era enfrentarse a tus vecinos, perder a un sobrino y ser testigo de lo poco que le importas a la gente que te rodea, por satisfacer una ambición personal?

―Por supuesto que ha merecido la pena ―aseguró Victoria Pumarino levantando orgullosa el mentón―. Era el sueño de mi padre, y antes de mi abuelo.

«Una ambición personal heredada; mucho peor.»

―¿Aunque haya supuesto perder a César? ―contraatacó Reno.

―Habré perdido a César ―reconoció―, pero he ganado libertad. La libertad de ser quien siento que soy. Siempre me he sentido bruhma, y nunca se me ha permitido serlo. Ahora, lo que siento y lo que soy van por fin de la mano. ¿Sabes lo feliz que me hace saber que moriré siendo bruhma?

«¿Aunque mueras sola?»

―Supongo que la felicidad consiste en eso ―observó Reno, conciliador―: en alcanzar los objetivos que cada uno se marque en la vida.

―Exacto ―asintió Victoria, sonriendo.

Dragos, bruhmas, nelahs… Si por Reno fuera, se habrían extinguido hacía tiempo, pero, viendo lo lucrativas que estaban siendo para él los enfrentamientos entre rizomas, el detective esperaba que el sistema de rizomas continuara existiendo, al menos, hasta su jubilación.

«Probablemente ―reflexionó Reno antes de terminarse de un trago su café con whisky― los rizomas seguirán existiendo mientras haya personas como Victoria Pumarino.»