El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Victoria
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Victoria

Un bruhma nunca da un paso atrás, tal como un barco no navega hacia atrás; sólo cambia de rumbo.

«Al menos el malnacido que robó el astrolabio no se llevó el libro.»

Hacía muchos años que había fotocopiado el libro de arriba abajo, no fuera a ser que sus palabras se perdieran entre el fuego, el agua o cualquier otro elemento.

Había hecho que su padre guardara un par de copias en la caja fuerte que poseía en la tienda de antigüedades de Mauleón, y César también guardaba otra en su piso de Faro Cabalar.

Si el original sufría algún percance, su contenido no se perdería.

Por desgracia, esa máxima no se aplicaba a la efigie del rizoma Bruhma; el astrolabio cumplía su función precisamente por ser un objeto único e irremplazable, vestigio de la larga historia de su rizoma.

Si no era el original, perdía todo su valor.

Ningún funcionario del registro oficial de rizomas aceptaría una réplica de la efigie, puesto que se requería probar que se trataba de uno de los objetos fundacionales del rizoma.

Puede que Estela y Lucio no entendieran la importancia de la desaparición del astrolabio, incluso que ignoraran lo duro que era para Victoria no poder recuperar el rizoma de sus antepasados.

Mucho más difícil de entender debía ser para Andrés Taboada, que había crecido en una ciudad cada vez más alejada de las tradiciones rizomáticas y en un rizoma más preocupado por acumular poder y dinero que por mantener su esencia.

Pero a Victoria le dolía que su sobrino César se estuviera comportando de una manera tan apática hacia todo lo que estaba pasando en Casa Libar, aunque ciertamente no le sorprendía.

César siempre había sido un alma libre, una nota discordante en la familia Pumarino, pero era parte de su encanto.

Su tía solía respaldarlo en todas sus decisiones, por muy disparatadas que le parecieran.

Solía ser Victoria la que llamaba a su hermano Javier y a su cuñada Gloria para tranquilizarlos, para pedirles que confiaran en su hijo y que no lo presionaran tanto.

Victoria siempre se ponía de su parte, apoyaba sus proyectos y lo defendía a muerte.

Ahora, sin embargo, cuando era ella la que se había embarcado en un proyecto que muchos definirían como locura, Victoria se sentía incapaz de poner a su sobrino de su parte.

Sus tres hermanos, Javier, Elisa y Matilde, jamás habían mostrado demasiado interés en el proyecto que su abuelo, su padre y su hermana mayor habían mantenido vivo durante décadas, aunque tampoco se habían mostrado contrarios.

Victoria había anhelado siempre que César no siguiera los pasos de su padre y sus tías, y que le devolviera a Victoria al menos una parte del apoyo que ella le había mostrado durante todos esos años.

Sin embargo, César se mostraba igual de reacio, y de momento, no parecía estar en el equipo de Victoria.

Los que sí estaban en su equipo, pero no parecían estar acertando demasiado, eran Olivia y Andrés.

Acababan de volver del bar de Gerardo Barcaza, y lo habían hecho con las manos vacías, sin ninguna pista que pudiera ayudarles a encontrar el astrolabio y tras haberse enfrentado a Gerardo y a su mujer.

―El plan no está dando resultados ―le dijo Victoria a Estela cuando la asistenta entró en la biblioteca con una taza de té―. Estamos igual que al principio, sólo que ahora todo el pueblo debe de saber que estamos buscando el astrolabio.

―Eso ya lo sabían ―repuso Estela mientras dejaba la taza de té sobre su escritorio.

Victoria la miró sin entender.

―¿Cómo lo han sabido?

La asistenta tomó aire antes de responder.

―Lo han oído de mi boca, señora ―respondió mostrando cierto embarazo.

Antes de que Victoria dijera nada, Estela continuó hablando.

Le explicó a su empleadora cómo se había dado la conversación, la manera tan torpe en la que ella había hablado del robo del astrolabio y lo arrepentida y avergonzada que se sentía.

Le contó también la tensa conversación que acababa de tener con el anticuario.

―No te lleves mal rato, mujer ―la tranquilizó Victoria―. Se iban a enterar antes o después. Incluso puede que lo supieran ya.

Estela la miró sin entender.

―¿Cómo iban a saberlo, señora?

―Quizás lo sabían… porque están implicados ―dijo Victoria sin miramientos.

―¿Gerardo y Mariana? ―preguntó Estela.

―Gerardo, Mariana, y a saber cuántos dragos más ―afirmó.

―¿Cree que es un complot de todo el pueblo? ―planteó Estela abriendo los ojos exageradamente.

―No lo descarto ―respondió, suspirando―. Ya no sé de quién puedo o no puedo fiarme, Estela.

Su asistenta se quedó de pie, mirándola con expresión afligida.

―¿Lo dice por mí, señora? ¿Porque me he ido de la lengua? ―dijo mostrando una fragilidad inusual en ella― No pensará que soy parte de ese complot, ¿verdad?

―Ya basta, Estela ―le ordenó, cansada de su verborrea―. No tengo motivos para no creer en tu palabra. Puedes estar tranquila.

―Gracias, señora.

―Y ahora, haz el favor de decirle al anticuario que venga. Necesito hablar con él.

Estela se marchó veloz y con la cabeza agachada.

Un par de minutos después Andrés Taboada entró en la biblioteca. Victoria le pidió que tomara asiento.

―Andrés, sé que tu intención es buena, y te agradezco muchísimo que nos estés ayudando desinteresadamente con este asunto.

―Ya que estoy atrapado aquí, no se me ocurre mejor pasatiempo ―respondió taciturno.

―Sólo te voy a pedir que seas cauteloso ―le dijo con tono pausado.

―¿Qué quieres decir con eso? ―preguntó el anticuario, borrando la sonrisa de su cara― ¿Crees que no estoy siendo cauteloso?

―No diría tanto ―respondió, ella sí cautelosa―. Pero has interrogado a mi asistenta como si estuviera en la lista de sospechosos.

―¿Por qué no iba a estarlo? ―repuso Andrés elevando una ceja― Ella también es drago.

―No es ese tipo de drago ―afirmó Victoria―. Estela y Lucio son personas honradas, sensatas y razonables. Jamás se opondrían a que yo recuperara mi rizoma.

―O jamás te lo dirían a ti ―observó él, rozando la impertinencia―. Puede que ellos sean el caballo de Troya de Muriel y compañía.

―¿Qué quieres decir?

―Sólo digo que, si yo pretendiera sabotear tu plan, buscaría la forma más eficaz de hacerlo, y valerse de dos personas que trabajan para ti es una forma muy eficaz.

―Si así fuera, hubieran robado el astrolabio en cualquier momento, sin necesidad de hacerlo en medio de una tormenta de nieve y con la casa llena de gente ―argumentó Victoria―. Además, y esto es lo que importa, Estela y Lucio son familia para mí. Y yo para ellos. Y la familia nunca te traiciona.

Había pronunciado esas últimas palabras con mucha menos convicción de la que le hubiese gustado, pero parecieron surtir efecto en Andrés, puesto que no las rebatió.

―De acuerdo, tú los conoces mejor que yo ―concluyó levantándose para marcharse.

―Gracias ―dijo por decir algo.

Cuando estaba a punto de salir por la puerta, Andrés se dio la vuelta.

―Victoria, puede que sea una tontería, pero… ―comenzó diciendo, pensativo― ¿A qué se dedica Muriel?

―¿A qué? A cuidar de su casa y de su maldito rizoma.

―¿Es ama de casa? ―preguntó Andrés, volviendo a sentarse frente a Victoria. Ella asintió con la cabeza― ¿Y tiene algún cargo en el ayuntamiento? ¿Es concejal?

―¿Muriel? Bastante tiene con ser la presidenta del rizoma Drago ―le aseguró―. Además, en Dos Gemelos no hay concejales. Sólo un alcalde y un puñado de trabajadores públicos. ¿Por qué lo preguntas?

Andrés se quedó unos instantes perdido en sus propios pensamientos. Después, volvió a tomar la palabra.

―Puede que no sea nada, pero esta mañana, mientras registraba su habitación, encontré unos documentos que me llamaron la atención.

―¿Qué documentos? ―preguntó, intrigada.

Entonces, Andrés le habló de un impreso del Ministerio de Administración Territorial, de un apartado concreto que hablaba de «alteraciones de los términos municipales» y de requisitos y circunstancias que posibilitaban o imposibilitaban la segregación de una parte del territorio de un municipio.

―¿Ese impreso estaba en el dormitorio de Muriel? ―preguntó Victoria, con el corazón a mil.

―Y había varios puntos subrayados ―apuntó Andrés.

Se quedó mirándolo mientras intentaba procesar esa inesperada información.

―Y, ¿por qué demonios no me has dicho nada hasta ahora? ―estalló finalmente, asimilando aún lo que acababa de escuchar― Cuando habéis vuelto de casa de Muriel os he pedido que me contarais con pelos y señales todo lo que habías visto y escuchado.

Pudo ver cómo Andrés se tensaba ante su reacción.

―Yo… no lo recordaba ―afirmó Andrés moviéndose nervioso en su butaca―.

Cuando he encontrado ese documento no le he dado importancia, y Muriel me ha pillado en su habitación justo en ese momento, y con el susto, los nervios, la tensión…

¡Yo qué sé! ¡Se me ha pasado! Además… no veo qué relación puede tener con el astrolabio que estamos buscando.

―¡Por supuesto que la tiene! ―dijo una voz grave provocando que tanto Andrés como Victoria se sobresaltaran.

César estaba en el umbral de la puerta, aparentemente escuchando la conversación.

―¡César! ¿Qué quieres decir? ―le preguntó Victoria, ansiosa.

―«Segregación de una parte del territorio de un municipio» ―recitó su sobrino―. ¿No lo entiendes? Ése es su plan B.

―¿Su plan B? ―repitió Andrés, que tampoco parecía entender a qué se refería César.

―En plan B por si Victoria Pumarino tiene éxito y resucita el rizoma Bruhma ―explicó César mientras se acercaba a ellos con la mirada brillante.

Victoria lo miró con atención, esforzándose por entender lo que quería decir. Lo hizo al mismo tiempo que César lo verbalizaba.

―Si los bruhmas nos segregamos de los dragos, ellos segregarán un trozo de Dos Gemelos para que nosotros dejemos de ser parte de él.