Andrés
Encontró a Estela en la cocina, limpiando unas verduras mientras tarareaba una canción que sonaba en un altavoz de última generación.
―¡Uy! Hola, señor Taboada ―dijo cuando se percató de su presencia―. ¿Necesita algo?
Según sus cálculos la asistenta tendría cincuenta y tantos años, pero estaba en forma, se movía con mucha agilidad, llevaba el pelo negro como el azabache recogido en una coleta perfecta y sus ojos azules estaban llenos de vida.
―¿Yo? ―preguntó con incredulidad.
Asintió sin dejar de sonreír.
Estela dejó el pimiento que estaba lavando, se secó las manos con un trapo de cocina y se quedó mirándolo con una mano apoyada en la cintura.
―¿Hay algo que quiera preguntarme? ―quiso saber, poniéndose seria.
En realidad, sí había algo que Andrés quería preguntar a Estela, sólo que no sabía cómo abordar el tema.
―Verás, Estela, estaba pensando que… me estaba preguntando… a dónde has ido esta tarde, después de comer, cuando has ido a buscar las pastillas de Lucio.
Estela le lanzó una mirada desconcertada.
―¿A dónde iba ir? Pues a mi casa, a por las pastillas, ¿por qué? ―quiso saber, más asustada que molesta.
―¿Te pasaste por el bar de Gerardo, por casualidad?
Andrés vio la duda en sus ojos.
―Bueno… p-puede, sí ―balbuceó Estela―. Me he pasado por allí, sí. ¿Por qué?
En un principio, a Andrés no le había chocado que la asistenta de Victoria hubiese estado en el bar-museo poco antes que ellos. Había sido después del encuentro con Gerardo cuando Olivia y Andrés habían sospechado de aquel detalle.
―¿Por qué iría Estela al bar del pueblo? ―había planteado Olivia― ¿Y por qué no nos ha dicho nada? Visto lo visto, podía habernos ahorrado el viaje a nosotros.
―¿Tiene relación con Gerardo y su mujer? ―le había preguntado Andrés.
―En este pueblo todos tienen relación entre ellos ―había resuelto su compañera.
Poco después, Andrés había relacionado la visita de Estela con la revelación de que Gerardo y Mariana eran conocedores de que el astrolabio de los bruhmas había sido robado. ¿Quién si no podía haberles transmitido esa información?
―¿Le has contado tú que alguien ha robado el astrolabio? ―le preguntó directamente a Estela.
La mujer se sentó con ceremoniosidad en la mesa de la cocina, con el rostro compungido y una mano en el pecho.
―Sólo quería charlar un rato con alguien ―habló sin mirar a Andrés―, ver cómo estaba la gente del pueblo.
En ningún caso he ido al bar con la idea de contar nada.
Había varios vecinos, la mayoría buenos amigos que conozco desde que tengo uso de razón.
Cada uno ha contado cómo estaba viviendo el encierro en casa…
Yo, simplemente… les he contado que Lucio y yo habíamos pasado la noche en Casa Libar.
Alguien ha preguntado cómo estaba Victoria y…
bueno, yo sólo… he dicho que estaba disgustada…
―Estela calló unos segundos, y lanzó una rápida mirada al anticuario antes de continuar― y he terminado contando cuál era el motivo.
No me ha parecido… que fuera algo que hubiera que ocultar.
Andrés sintió un conato de culpa por haber puesto a Estela en ese aprieto, pero aún tenía motivos para recelar.
―Estela, estamos visitando a las personas que Victoria sospecha que pueden haber robado el astrolabio. Olivia y yo estamos siendo extremadamente discretos en nuestras visitas. ¿No crees que contarlo en el bar, y además delante de uno de nuestros sospechosos, no ayuda precisamente a nuestra tarea?
Estela se encogió de hombros, aunque no cambió la cara compungida.
―No se me ha ocurrido que pudiera perjudicar vuestras averiguaciones, la verdad.
―¿En serio?
A Andrés le costaba creer que aquella mujer fuera tan ingenua como quería aparentar.
―Mire, señor Taboada ―dijo ahora sí recuperando una expresión más severa―, conozco a Gerardo Barcaza desde que era un niño.
Y también a su mujer, Mariana. Y a Justo, que también estaba presente.
Y a Luisa, y a su hija Jara. Sinceramente, no puedo creer que alguno de ellos sea capaz de entrar en una casa y llevarse un objeto que no les pertenece.
No son delincuentes. Son mis vecinos, las personas con las que me he criado y con las que he vivido toda mi vida.
―Así que, ¿no apruebas lo que estamos haciendo? ―planteó Andrés, confundido.
―Yo no he dicho eso ―aclaró levantando una mano―. Sólo digo que no creo que el ladrón esté entre ellos.
―¿Y qué me dices de Muriel? ―probó Andrés.
Estela se lo pensó un poco antes de responder.
―No la veo cruzando el puente durante una nevada, rompiendo un cristal y entrando por una ventana, la verdad.
«En realidad, yo tampoco» tuvo que admitir Andrés, aunque se guardó de decirlo en voz alta.
―Entonces, ¿quién crees que ha robado el astrolabio?
Estela lo miró con recelo.
―No tengo ni la más remota idea, señor Taboada ―respondió con sequedad―. Quizás Olivia y usted logren descubrirlo.
Andrés se quedó un momento pensando. Parecía que Estela no apoyaba al cien por cien la búsqueda del culpable.
«¿Y si…?
―Estela, tú eres drago, ¿verdad? ―ella asintió― ¿Ves con buenos ojos lo que Victoria quiere hacer? ¿Te parece bien que recupere el rizoma Bruhma y mutile vuestro rizoma?
Estela se mantuvo rígida.
―Yo jamás me he metido en los asuntos de la señora ―afirmó con firmeza―. Yo trabajo para ella, pero sé cuál es mi lugar en esta casa y en esta familia.
―Pero debes tener una opinión ―insistió Andrés, impaciente―. ¿Te molesta que Victoria quiera escindir el rizoma Drago?
La mujer abrió los ojos exageradamente.
―No estará insinuando que yo tengo algo que ver con todo esto, ¿verdad?
―Yo no… No, no, yo sólo…
―No soy ninguna ladrona, y, si lo fuera, jamás robaría en esta casa ―sentenció Estela con una fortaleza que impresionó a Andrés―.
Llevo veinte años trabajando para Victoria Pumarino, y la sinceridad y la lealtad han definido nuestra relación, tanto laboral como personal.
Incluso si ese astrolabio supusiera un problema para mí, mi integridad personal me impediría hacerle algo así a mi señora.
―No pretendía acusarte de nada, Estela ―se apresuró a aclarar Andrés―. Sólo quería saber tu opinión.
Estela suspiró antes de contestar.
―Mi opinión es irrelevante en todo este embrollo, señor Taboada ―replicó antes de levantarse y marcharse dejando a Andrés con cara de circunstancia.