El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
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Reno

Se encontraron en The Banshee Labyrinth, un pub que presumía de ser el más embrujado de Escocia.

Ciertamente, tenía una atmósfera lúgubre, estaba decorado con temática de terror y contaba con pasillos subterráneos que subían y bajaban formando un laberinto oscuro lleno de pequeños rincones y recovecos abovedados.

Le sorprendía que una empollona friki como Martha MacFayden lo hubiera citado en un lugar como ese.

Se sentaron en una mesa sucia situada en un rincón de estilo gótico y, nada más beber un trago de su cerveza, Martha soltó la bomba:

―Mi hermano no quiere ayudarnos.

―¿Cómo? ―preguntó, desconcertado.

Si Tavish MacFayden, única persona que podía procurarles el acceso al castillo, no quería ayudarles, el futuro de su misión se acababa de tornar tan oscuro como aquel pub.

―Dice que nadie ajeno a la familia va a entrar en los dominios de nuestro clan ―le explicó Martha, que había perdido la sonrisa perenne que había mostrado el día anterior.

―¿Cómo? ¿Tu hermano no quiere que nadie que no sea de la familia entre en el castillo? ¿El mismo que quiere convertirlo en un hotel?

―Mi hermano es gilipollas ―era todo lo que Martha tenía que decir al respecto.

La luz tenue creaba unas sombras en el rostro de su acompañante, lo que la hacía aún menos agraciada de lo que de por sí era.

―¿Qué te ha dicho exactamente? ―insistió Reno, negándose a rendirse tan fácilmente.

―Le he contado la historia de tu familia y de tu “clan” ―dijo Martha haciendo el gesto de las comillas―, y le he explicado lo importante que es para ti recuperar ese reloj de arena.

Tavish me ha dicho que nuestro castillo no es un bazar donde conseguir cosas de segunda mano, que todo lo que hay allí pertenece a nuestra familia, y que si quieres un reloj de arena antiguo te lo compres en Ebay.

Reno esperaba que la escasez de luz del local ocultara su cara de mala hostia, porque no le apetecía pagar con Martha la estupidez de su hermano.

―No quiero un reloj de arena antiguo, quiero el reloj de arena antiguo que pertenece a mi familia y que se encuentra en vuestro castillo.

El tono de su voz era neutro, pero estaba seguro de que Martha había captado su malestar.

―Todo eso se lo he explicado, pero ya te lo he dicho: es gilipollas.

El detective bebió de su cerveza e intentó pensar una forma de convencer a ese niñato de que le dejara entrar al castillo. Sin embargo, Martha se le adelantó:

―Pero no te preocupes, Rino , tengo un plan.

La miró, y pese a lo fea que le parecía aquella joven, estuvo a punto de darle un beso.

―¿Qué plan?

―Vayamos a buscar la llave del castillo a casa de mi hermano ―propuso Martha mostrando una sonrisa traviesa.

―¿Perdón? Acabas de decir que tu hermano no quiere que yo me lleve el reloj de arena.

―Lo sé, pero puede que si te conoce personalmente y escucha tu historia, cambie de idea.

¿Ese era el plan de Martha? ¿Ir a casa de su hermano y que Reno le contara la misma historieta que le había contado a ella?

Pensándolo bien, Reno no tenía otra alternativa, salvo quizás viajar por su cuenta a Kilchurn Castle, colarse por una ventana rota y robar el reloj de arena.

―De acuerdo ―se rindió―. ¿Dónde vive Tavish?

―En Inveraray.

―¿Está lejos de aquí? ―preguntó suponiendo que hablaba de algún barrio de Edimburgo.

―A unas tres horas en coche ―respondió Martha, sonriente.

Al parecer, las sombras no impidieron que Martha vislumbrara su cara de asombro.

―Tranquilo, está de camino a Kilchurn Castle ―añadió tras soltar una carcajada―. Además, hace mucho que no visito a mi hermano, y este fin de semana no tengo planes, así que, soy toda tuya, Rino . ¿Salimos mañana a primera hora?