El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
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Andrés

«Ya los tenemos.»

La única persona que sabía que alguien había robado el astrolabio era… la persona que lo había robado. ¿Estaban Gerardo y Mariana implicados en el robo? ¿Les había llegado aquella información de algún otro vecino del pueblo?

―Es casi un milagro que el rizoma Drago haya sobrevivido a los cambios de los últimos cien años ―aseguró orgulloso Gerardo Barcaza.

―En realidad, todos los rizomas han sobrevivido ―le rebatió Olivia con la tranquilidad que debía darle ser una experta en la materia―. Quiero decir, que hace muchos años que no se extingue o desaparece un rizoma. La diferencia es que la gran mayoría de rizomas… se han mezclado.

―Sí, bueno, eso quería decir ―replicó Gerardo, sin perder la compostura―. Dos Gemelos es una de las tres reservas rizomáticas que quedan en Cabalar.

Lo que para Gerardo, Mariana y Muriel era motivo de orgullo, para el resto de mortales era simplemente una rareza, una particularidad exótica de la isla de Cabalar.

En la escuela, a los cabalenses les hablaban del origen de los rizomas, de sus particularidades y de la evolución demográfica y social que habían tenido.

Dependiendo de la escuela, se ensalzaba más o menos el patrimonio cultural y social que suponía el sistema de rizomas, y se estudiaban los rizomas con mayor peso demográfico en la isla.

Andrés, que había acudido a un colegio público bastante progresista, no había recibido una educación especialmente completa en el ámbito de los rizomas.

Sabía, por ejemplo, que los rizomas más grandes de la isla eran Mulhe, Freya y Sofira, y que en Mauleón su rizoma superaba en número a Selenita y Survara.

A partir de ahí, Andrés conocía muy poco sobre la configuración de los rizomas en la isla de Cabalar; de hecho, acababa de aprender en Dos Gemelos que las otras dos «reservas rizomáticas» a las que se refería Gerardo Barcaza eran Ovadía y Murillo, donde los rizomas Tehúme y Farukha habían mantenido su superioridad numérica de manera aplastante hasta el día de hoy.

Aunque era un ignorante total en el tema, a Andrés le parecía que Dos Gemelos, Ovadía y Murillo no dejaban de ser guetos autoimpuestos por comunidades rizomáticas conservadoras, elitistas y probablemente racistas.

Se alegraba de que hubiera miembros de esos tres rizomas que, como César u Olivia, decidieran vivir sus vidas fuera de esas “reservas”.

―¿Cree que Dos Gemelos terminará siendo el último pueblo monorrizomático? ―planteó Olivia, provocando una expresión muy graciosa en Gerardo―. He oído que en Murillo están teniendo serios problemas para retener a sus jóvenes en el barrio.

―Sinceramente, espero que no seamos el último rincón de la isla en guardar un tesoro de esa magnitud ―respondió Gerardo hinchado de orgullo.

Un grito de júbilo llegó desde el bar seguido del sonido de la puerta cerrándose. Algún vecino celebraba haber llegado sano y salvo al bar tras haberse enfrentado al frío y a la fuerza de la tormenta.

―¿Está viniendo mucha gente al bar? ―se le ocurrió preguntar a Andrés.

―Oh, sí, más de lo que esperábamos ―reconoció el tabernero―. ¿No os lo ha contado Estela?

―¿Estela ha estado aquí? ―preguntó Olivia.

―Se ha pasado antes a saludar ―respondió Gerardo―. Es una buena mujer.

«¿Aunque trabaje para Victoria Pumarino?»

―Por cierto, aquí tenéis la efigie del rizoma Drago ―anunció Gerardo sosteniendo con cuidado el pequeño espejo de mano con forma de mariposa―. Este espejo data de 1890. Pertenecía a Graciela Bahamontes, la mujer de uno de los fundadores del rizoma Drago.

«Uno de los bisnietos de Tomás y Cristóbal Pumarino» pensó Andrés al recordar lo que Victoria les había contado.

―¿Cuál es la efigie de los róbledas, señor Taboada? ―le preguntó Gerardo devolviendo con delicadeza el espejo a la vitrina de donde la había cogido.

―Es una urna hecha de madera de roble ―le respondió él con educación.

―¿Y qué hay dentro la urna? ―se interesó Gerardo.

Andrés se encogió de hombros, sintiéndose un poco tonto.

―Por lo que he leído ―intervino Olivia―, la urna guarda trozos de corteza de los primeros robles que plantaron los róbledas, hace más de mil años.

Andrés terminó sintiéndose tonto del todo, pero sonrió a la antropóloga, que lo miró con cara de «siento dejarte en evidencia».

―Si tú lo dices, así será ―reconoció Andrés, y después se dirigió a Gerardo―. Como ve, tampoco me importa demasiado. Paso bastante de mi rizoma.

Gerardo le dedicó una mirada llena de asombro y de algo parecido al desprecio.

―¿Por qué pasas de tu rizoma? ―quiso saber, al tiempo que fruncía el ceño.

―No me siento cómodo con esto de los rizomas ―se apresuró a explicar―. Lo respeto, y entiendo que signifique tanto para algunas personas, pero yo prefiero vivir al margen de este tipo de etiquetas.

«Etiqueta» era un término bastante más suave que el que Andrés hubiera elegido en otro contexto.

―Tenía entendido que los róbledas se sentían muy orgullosos de su rizoma ―dijo entonces el anfitrión―. Entiendo que hay excepciones…

―Las hay ―le confirmó el róbleda formando una sonrisa―. Y más aún desde los secuestros y asesinatos del año pasado.

Gerardo asintió, incómodo. El caso del asesino de róbledas había sido un bombazo mediático, político y social que había sacudido todo el país, especialmente la isla de Cabalar.

A Andrés le había tocado vivir muy de cerca aquellos hechos, puesto que una de las víctimas mortales había sido Isabel Caballero, una clienta que él conocía y quería muchísimo.

Dada la repercusión que esos crímenes habían tenido, Andrés estaba seguro de que los habitantes de Dos Gemelos no habían sido ajenos a lo ocurrido.

―Eso fue superfuerte ―aseguró Olivia haciendo un gesto dramático con la mano.

―Fue una tragedia, la verdad ―apuntó Gerardo―. Debió de ser muy duro para todos los róbledas.

―Lo fue ―confirmó Andrés sin intención de entrar en detalles―.

¿Sabe, señor Barcaza? Mi rizoma fue una vez puro y original, como el suyo.

Hoy en día, en cambio, se mezcla y convive con otros muchos rizomas.

De hecho, apenas quedan familias enteramente róbledas.

Yo mismo soy fruto de la relación entre un róbleda y una boltaña. Soy sólo mitad róbleda.

Podía notar cómo sus palabras penetraban en la mente de Gerardo Barcaza provocando sentimientos, si no de repulsa, al menos de incomodidad. Y, francamente, lo estaba disfrutando.

―Y, fíjese, si fuese biológicamente posible que mi pareja y yo procreáramos ―prosiguió Andrés―, mis hijos serían sólo una cuarta parte róbleda, ya que su otro padre, Juan, sería survara.

Cien por cien, eso sí. Así que, ya ve, en muy pocos años la pureza del rizoma Róbleda, así como la de la gran mayoría de rizomas, se ha diluido irremediablemente en la vida moderna.

Andrés lanzó una mirada cómplice a Olivia, que asintió con la cabeza y sonrió.

―Lo que intento decirle con todo esto, señor Barcaza ―continuó Andrés―, es que lo que ustedes, los dragos, están viviendo ahora, ya lo han vivido antes otros muchos.

Que eso que tanto temen, eso que intentan evitar a toda costa, en realidad, acabará pasando.

Antes o después. Quieran o no. Porque la sociedad, igual que la naturaleza, evoluciona, se transforma, y cambia.

Y no hay nada que puedan hacer para evitarlo.

No pueden evitar que el rizoma Drago deje de ser el único rizoma de este pueblo, ni que se mezcle con otros rizomas o se diluya generación tras generación. Simplemente, va a pasar.