El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Gerardo
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Gerardo

El filósofo cabalense Tristán Berton sostenía que «todo lo que hay en el tramo entre el domicilio y el puesto de trabajo ―y viceversa― de una persona conforma su microcosmos personal».

Aseguraba que la gente compraba en los comercios que quedaban en el camino del trabajo a casa, que tendía a relacionarse con las personas con las que se cruzaba y que se familiarizaba con los paisajes y los edificios de su ruta.

Ese «microcosmos», como él lo definía, determinaba completamente la vida de cada persona.

«Un cambio en la ruta para ir al trabajo puede cambiar nuestra vida de una manera que no podemos ni imaginarnos», aseveraba el filósofo.

«En Dos Gemelos no tenemos rizomas, tenemos distintas familias dragos» solían repetir cada vez que un visitante o turista preguntaba por el tema de los rizomas.

«Un único rizoma. Original. Puro.»

―Ni soy drago ni lo he sido nunca ―le había contestado la muy testaruda.

―Está como un cencerro ―había apuntado Mariana, su mujer, que hizo la misma afirmación cuando Muriel llamó por teléfono para avisarles de que Victoria había mandado a dos lacayos a su casa con intenciones bastante sospechosas.

Muriel había vaticinado que ellos también recibirían alguna visita extraña, y así terminó siendo.

―¡Señor Barcaza! Veníamos a ver qué tal estaba.

A media tarde apareció en el bar Olivia Palafox, una joven antropóloga que recientemente había comenzado a trabajar para Victoria Pumarino, sabía Dios haciendo qué.

Venía acompañada de un hombre con cara de susto que, tal y como le había adelantado Muriel a Gerardo, pertenecía a los róbledas de Mauleón.

Los saludó con educación y dejó que Mariana los recibiera y acomodara en una de las mesas del bar sin dejar de echarles miradas desconfiadas.

Gerardo se metió detrás de la barra para preparar café, y mientras lo hacía escuchó cómo los recién llegados le contaban a su mujer lo preocupados que estaban por los vecinos del pueblo.

Cuando Gerardo se acercó con los cafés descubrió que habían traído varios botes y latas de conserva.

―Esto es un bar ―apuntó Mariana con muy poco tacto―. Tenemos reservas de comida de sobra. Llevadle esas latas a alguien que las necesite más que nosotros.

―Pero gracias de todas formas ―añadió su marido mientras servía el café―. Es todo un detalle.

―Vosotros no estáis aquí para repartir comida, ¿verdad? ―disparó Mariana entrecerrando los ojos.

―¿A qué se refiere? ―balbuceó Olivia sin dejar de sonreír.

―Os ha mandado tu jefa para ver si nos sonsacáis algo ―dijo sin tapujos Mariana.

―¿Qué querríamos sonsacarles? ―preguntó el róbleda visiblemente más tenso que la chica.

Mariana le dirigió una mirada cómplice a su marido antes de responder.

―Conocemos de sobra a Victoria. No hace falta que disimuléis.

Olivia y el róbleda intercambiaron una mirada nerviosa.

―Sabemos que ha encontrado la efigie de los bruhmas, nos lo restregó ella misma en la fiesta de Santa Inés ―intervino Gerardo para intentar que aquella pareja, sin duda títeres en manos de la señora de Casa Libar, entendiera a qué se referían―.

Algo trama si os ha reunido a todos en esa casa justo en medio de una tormenta de nieve.

―¿Qué insinúa? ―le preguntó Olivia, entre ofendida y curiosa.

―No insinúo nada ―respondió―. Sólo digo que Victoria Pumarino no hace nada sin motivo. Siempre tiene un plan, un objetivo, y creo que esta visita es parte de su última ocurrencia.

―Habla de ella como si fuera una demente ―apuntó el róbleda con cara de preocupación.

―Desde luego, no es la flauta más afinada de la banda ―replicó Mariana sin pensárselo dos veces.

Gerardo pudo ver cómo Olivia luchaba por no reírse; su acompañante en cambio pareció aún más contrariado.

―En fin, no sé qué os habrá contado Victoria ―retomó Gerardo intentando reconducir la conversación―, pero nosotros somos gente honrada y sólo queremos mantener nuestras tradiciones y vivir tranquilos en nuestro pueblo.

―Y seguir cobrando todas las subvenciones ―disparó Olivia, demostrando que no era ninguna mosquita muerta.

―Vaya, conque eso es lo que os ha contado Victoria ―respondió Gerardo, sintiendo que se le enrojecía la cara.

―¿No es verdad que el proyecto de Victoria pone en riesgo alguna de las subvenciones que reciben por el museo? ―planteó Olivia con frialdad.

―Si por proyecto te refieres a la locura de resucitar un rizoma muerto hace dos siglos y mancillar la historia y la gloria del rizoma Drago, sí, ese proyecto amenaza las ayudas que recibe este museo, y por lo tanto su supervivencia.

―A mí me parece un buen motivo para querer sabotear a Victoria ―comentó el róbleda, serio―. Quizás no esté tan loca como la pintan.

―¿Nos estás acusando de algo, majo? ―lo amenazó Mariana.

―Exactamente, ¿qué sospecha que le hemos hecho? ―preguntó su marido intentando rebajar la tensión.

La pareja se miró, sin saber muy bien qué decir.

―Si vamos a comportarnos como adultos ―propuso Gerardo―, seamos sinceros los unos con los otros.

Olivia se quedó un momento pensando, y después asintió con la cabeza.

―De acuerdo ―dijo al fin―. Digamos que… anoche… alguien se coló en Casa Libar. Y estamos seguros de que ha sido alguien del pueblo.

―No somos ladrones ―aseveró Mariana―. Y si es eso lo que estáis insinuando presentándoos aquí…

―Buscad si queréis ―dijo Gerardo―. Sois libres de registrar la casa, el museo y el bar. No encontraréis nada.

Mariana lo miró exactamente igual que aquella vez en que le dijo a su madre que podía quedarse a dormir en su casa siempre que quisiera.

―¿Registrar? ―pronunció su mujer con la voz temblorosa― Para eso van a tener que venir con algún policía y con una orden de registro.

La tensión se intensificó en el ya de por sí cargado ambiente. El viento golpeó con fuerza las ventanas del bar, haciendo aún más evidente el silencio que se había instalado tras el ladrido de su mujer.

―Mariana…

―¡Gerardo! No voy a permitir que nadie se presente en mi casa, me llame ladrona y encima se le permita registrar mi casa.

―Señora, nadie le ha llamado…

―Mariana, sólo quiero que esta gente vea que no tenemos nada que esconder ―dijo Gerardo intentando que su mujer se tranquilizara.

―¿Para qué carajo íbamos a querer nosotros un astrolabio? ―vociferó Mariana sin pararse a escuchar nada de lo que le estaban diciendo― ¡Si ni siquiera entiendo para qué sirve!

En ese preciso momento Gerardo reparó en la expresión en la cara de los visitantes, y supo que algo iba mal.

«¿Qué has dicho, Mariana?»

―Dígame una cosa, señor Barcaza ―dijo el róbleda dirigiéndose a él con ceremoniosidad―. ¿Cómo se sentiría usted si alguien se llevara la efigie del rizoma Drago? Supongo que lo tendrán aquí mismo, en el museo.

Así era. La efigie del rizoma drago, un espejo de mano con forma de mariposa, era una de las piezas de mayor valor histórico, económico y sentimental que custodiaban en el museo, y desde luego su desaparición supondría una grandísima pérdida.

―Dejad que os enseñé todo lo que tenemos en el museo ―respondió Gerardo, rendido―, pero os aseguro que el espejo drago es la única efigie que vais a encontrar aquí .