César
―¿Qué pasa? ―preguntó, irritado― ¿Han vuelto a entrar a robar?
―No, por Dios ―respondió su tía―. Pero es justamente por eso por lo que necesito vuestra ayuda.
Lucio se acercó sigilosamente y se sentó en una silla situada en una esquina de la estancia, a cierta distancia de donde se encontraban tía y sobrino.
―Quiero que la casa esté constantemente vigilada ―decretó la tía Victoria.
―¿Vigilada? ¿A qué te refieres? ―preguntó César, confundido.
―Si han entrado una vez, pueden volver a hacerlo ―afirmó Victoria con dramatismo.
―Tía, la casa está llena de gente ―repuso―, y estamos todos atrapados aquí. Si alguien intenta volver a entrar, alguno de nosotros lo verá o escuchará.
―César, ¿tengo que recordarte que el ladrón entró con todos nosotros dentro de la casa? ―masculló ella con frialdad.
―¡Nadie esperaba que ocurriera algo así! ―objetó César― Ahora sería más difícil que…
―Vigilaremos la biblioteca, señora ―intervino Lucio con parsimonia―. Es el lugar más accesible de la casa desde el exterior.
―También pueden entrar por la cocina, o por el salón ―observó César.
―La cocina es territorio de Estela, y siempre hay alguien en este salón ―señaló Victoria, resuelta―. Vigilaremos la biblioteca y la entrada principal.
―¿Vigilaremos? ―repitió César.
―Vigilaréis ―corrigió sin pudor su tía―. Lucio y tú. Podéis turnaros.
César dirigió su mirada a Lucio buscando algo de complicidad, pero sólo recibió un asentimiento rígido por su parte.
―¿Lucio y yo? ¿Por qué? ―se quejó.
―Olivia y el anticuario ya tienen bastante con visitar a los sospechosos ―argumentó Victoria―, y Estela y yo debemos ocuparnos de la casa. Vosotros la protegeréis.
Se disponía a seguir quejándose cuando Lucio se levantó para añadir algo.
―Señora, ¿hay alguna otra manera de entrar o salir de Casa Libar? Reno Soto siempre dice que en esta casa debe haber algún pasadizo secreto…
―¿Un pasadizo secreto? ―preguntó César.
―¡Bobadas! ―rio Victoria haciendo un gesto con la mano― No creas todo lo que te cuenta Reno, Lucio.
―Recuerdo que de pequeños mis primos y yo siempre jugábamos a buscar puertas o trampillas secretas ―comentó César sonriendo al recordar los días en los que Casa Libar era un lugar lleno de emocionantes aventuras infantiles.
―¿Lo ves? Cosa de niños ―le dijo Victoria a Lucio, que se encogió de hombros.
―Sólo quería descartar que alguien pudiera entrar en la casa sin ser visto ―se justificó el manitas de la casa.
―No les ha hecho falta un pasadizo secreto para entrar y llevarse el objeto de más valor de la casa ―se lamentó su tía con un deje de reproche que a César no se le escapó.
―Como no encontramos huellas del ladrón en el exterior de la casa ―insistió Lucio―, se me ha ocurrido que quizás haya una manera más discreta de entrar aquí.
―¿Más discreta que rompiendo una ventana? ―replicó César, con tono burlón― No se me ocurre ninguna.
―No hace falta que hagáis guardia toda la noche ―atajó su tía Victoria ignorando tanto el comentario de Lucio como el de César―, pero al menos durante el día vigilad quién entra y sale de la casa.
Sólo os pido que protejáis Casa Libar hasta que la policía se haga cargo del asunto.
Así que, nada de holgazanear por la casa, por favor.
A César no se le escapó la indirecta. ¿Sabría su tía que se había acostado con su asistenta?
―A tu tía Victoria no se le escapa nada ―solía decirle a menudo Gloria, madre de César y cuñada de Victoria.
«Espero que mi madre se equivoque.»
César comprobó que su tía esperaba una respuesta, así que asintió, obediente.
―No te preocupes, tía. Nadie más va a entrar en esta casa ―prometió, totalmente convencido.