Olivia
Se acercó a la mesa donde había estado el astrolabio. Analizó la superficie de madera de la mesa, buscando alguna marca o algún rastro que se les hubiera pasado por alto.
A continuación, se dirigió a la ventana por la que había entrado el ladrón, y comprobó que Estela y Lucio habían hecho un gran trabajo tanto limpiando los trozos de cristales rotos como reparando con tablones la ventana.
Se agachó para ver si en el suelo, también de madera, pudiera haber alguna señal que le ayudara a seguir alguna pista.
«Oli, céntrate. No estás aquí para consultar libros» se regañó.
Estaba allí para localizar algún cabo suelto que el ladrón hubiera dejado durante su incursión.
Trató de fijarse en las baldas, las molduras decoradas con motivos florales, las cubiertas de los libros y la moqueta rectangular situada a los pies del armario.
Inspeccionó con ojo de águila cada milímetro de cada rincón, convenciéndose de que estaba a punto de encontrar la marca o el rastro que diera un vuelco a la investigación.
Se acercó a la bonita chimenea tapiada situada en medio de la pared principal, y en el momento en el que se arrodilló para examinarla de cerca escuchó una voz.
―¡Cuidado, que quema!
Olivia se sobresaltó.
―¡JODER!
Escuchó la risa de César y después lo vio de pie a su lado.
―Perdona. No pretendía asustarte ―pronunció mientras la miraba con su sonrisa seductora―. No estarías robando tú también alguna reliquia de mi familia, ¿verdad?
―Si hubiera querido robar algo de esta casa, lo hubiera hecho en circunstancias más favorables ―repuso Olivia incorporándose e intentando recuperar la compostura.
―¿Cuando no estuvieras atrapada en esta casa con un grupo de gente?
―Por ejemplo.
―Si no pretendes robar nada, ¿qué haces aquí? ―insistió él sin perder la sonrisa.
Olivia sopesó lo ridícula que podía parecer la explicación real de su presencia en la biblioteca, así que optó por inventar una excusa.
―Estaba buscando algún libro que pueda valerme para mi trabajo sobre los rizomas ―mintió con una sonrisa.
César la miró con sorpresa.
―¿Tú interesada en libros sobre los rizomas? Olivia, te he visto más veces en mi cama que en esta biblioteca.
Aquello podía ser un comentario ordinario y descarado, pero Olivia tuvo que esforzarse para no echarse a reír.
―Te recuerdo que soy antropóloga especializada en rizomas ―se defendió.
―Y me imagino que en esta chimenea esperabas encontrar un libro sobre los rizomas del valle de Saga, ¿verdad? ―ironizó César mostrando su sonrisa ladeada.
Esta vez, Olivia sí se permitió soltar una risita.
―Bueno, vale, me has pillado ―se sinceró finalmente―. En realidad, estaba buscando pistas que nos ayuden a atrapar al ladrón.
César la miró, escéptico.
―¿Qué tipo de pistas?
Olivia se encogió de hombros.
―No sé; huellas, restos de tejido…
―¿También trabajas en el CSI? ―se burló el sobrino de Victoria― Pensaba que tendrías suficiente con ser antropóloga y hacer recados para mi tía.
―Lo de buscar al ladrón lo hago por gusto.
―Y, ¿por qué buscas aquí? ¿No estáis tú y el anticuario buscando en casa de los posibles ladrones?
―Sí, pero antes de buscar nada en casas ajenas, quizás convendría empezar por Casa Libar.
César la escudriñó de una manera que mostraba cierta desconfianza.
―¿Qué insinúas con eso?
Olivia le devolvió entonces la misma mirada desconfiada.
―Tranquilo, príncipe heredero. No estoy poniendo en duda el maquiavélico plan de los dragos contra tu familia y tu rizoma. Sólo digo… que en esta habitación puede haber algo que nos ayude.
Le pareció que César iba a replicar algo, pero se quedó un momento callado, le dedicó una mirada traviesa y sonrió.
―¿Te apetece echar una siesta? ―preguntó de pronto.
Olivia frunció el ceño y esperó una aclaración por su parte, pero César no dijo nada más.
―¿Perdona? ―se limitó a decir.
―Que si quieres echar una siesta. Conmigo ―añadió con naturalidad.
Olivia deseó que la luz tenue de la biblioteca ocultara la rojez que a buen seguro estaba invadiendo su cara.
―¿Estás…?
¿Estaba César proponiéndole echar un polvo? ¿Por fin esta maldita tormenta de nieve iba a traerle algo bueno? ¿Estaba a punto de cumplir su deseo de volver a tener a ese hombre entre sus brazos?
―Te estoy invitando a meterte en la misma cama conmigo, Olivia ―respondió él despejando cualquier posible duda―. Sabes tan bien como yo que te apetece más que inspeccionar la biblioteca.
Ella se quedó mirándolo con cara de tonta.
«¿Tanto se me nota? No hace falta ni que me lo pregunte. ¡Pues claro que quiero echar la siesta con él! ¡Me muero de ganas de meterme en su cama y quitarle la ropa a mordiscos! ¡Jamás le diría que no a…!»
El teléfono de César comenzó a sonar. Él comprobó de quién se trataba y no dudó en responder.
―¡Tía! ¿Por qué me llamas? Sería más efectivo que gritaras mi nombre.
Olivia tardó un momento en entender que por «tía» se refería a su tía Victoria, la dueña de la casa y de todos los libros de aquella sala.
―Estoy en la biblioteca, leyendo un rato ―le mintió César, antes de añadir―. Ahora mismo voy.
César colgó y la miró con carita de pena.
―Pues parece que no va a haber siesta ―anunció―. Mi tía me necesita.
―¿A mí también? ―preguntó, por si acaso.
―No me ha dicho nada ―respondió César dirigiéndose a la puerta―. Pero quizás deberías esperarme en tu habitación, por si me puedo librar rápido de ella.
―¿Esperarte por si vienes? ―replicó Olivia, sonriendo de nuevo― ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer?
César salió de la biblioteca sin responder.
En efecto, Olivia no tenía nada mejor que hacer que esperar a César.