El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Victoria
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Victoria

―Ni rastro del astrolabio.

Olivia y Andrés habían vuelto de casa de Muriel con un frío tremendo y sin pistas sobre el paradero del astrolabio robado.

―Ahora mismo os traigo un chocolate caliente ―anunció Estela mientras ayudaba a los recién llegados a quitarse los abrigos.

―El astrolabio puede estar escondido en cualquier parte ―afirmó Olivia―.

Lógicamente, no hemos podido registrar la casa de arriba abajo, pero Andrés se ha colado en el dormitorio de Muriel, y yo he aprovechado el momento en que la sospechosa ha ido a pillarlo para abrir un par de armarios del salón.

―Vamos, que la Operación Muriel ha sido todo un éxito ―ironizó César con una sonrisa burlona.

―Habrá sido un éxito si no ha sospechado nada ―reconoció Andrés, con semblante preocupado―. Al menos no me ha pillado rebuscando en sus cajones. Hubiese sido todavía más bochornoso de lo que ha sido.

―Abrir cajones no es el método más sofisticado para buscar un objeto robado ―sentenció César.

Olivia se incorporó un poco, nerviosa.

―¿Qué querías que hiciéramos? ―le preguntó a César, alterada― ¿Que la interrogáramos mientras le regalábamos botes de conservas y bebíamos el café que nos acababa de servir?

―Bastante han hecho, la verdad ―intervino Victoria para zanjar el asunto. No servía de nada lamentarse por lo ocurrido. Había que seguir trabajando―. Probemos con el segundo sospechoso.

Gerardo Barcaza. Primo segundo de Muriel ―su tercer o cuarto apellido era Bahamontes― y apasionado del rizoma Drago. Gerardo había vivido toda su vida en Dos Gemelos y, ahora, a sus cuarenta y ocho años, regentaba el único bar del pueblo: el bar-museo Drago.

Lo de bar-museo se debía a que, efectivamente, la casa donde se situaba el bar de Gerardo, así como su domicilio, albergaba también un pequeño museo dedicado a la historia del rizoma Drago.

Un tío de Gerardo lo había puesto en marcha en los años ochenta, y él había continuado con el museo porque, y esta era la clave, recibía una suma importante de dinero gracias a subvenciones institucionales.

Uno podría pensar que mantener abierto y gestionar un museo por el simple hecho de cobrar una ayuda era bastante absurdo, pero lo cierto era que la cantidad de dinero que recibía Gerardo Barcaza por el museo era considerable, y lo era por una sencilla razón: la subvención era doble.

Por un lado, cobraba las ayudas económicas que el Ministerio de Cultura y el Gobierno de Cabalar destinaban a todos los museos, y por otro, la subvención que el gobierno autonómico concedía a asociaciones, entidades o empresas que protegían y promocionaban rizomas «con características excepcionales».

En el caso de Dos Gemelos y del rizoma Drago, el estatus de municipio monorrizomático justificaba la adjudicación de la ―nada desdeñable― ayuda económica que recibía tanto el Ayuntamiento como el museo de Barcaza.

―Si finalmente lográramos que Bruhma fuera reconocido oficialmente como rizoma ―les explicó Victoria a sus invitados―, Dos Gemelos dejaría de ser monorrizomático, y Gerardo perdería la subvención.

―Y ya os digo yo que no podría seguir manteniendo el negocio ―aportó su sobrino―. Con lo que saca de los cafés y los vinos de los clientes no cubre gastos.

―Por lo que he podido comprobar durante estos meses ―dijo a su vez Olivia―, ese bar es el alma del pueblo. Si se cerrara, Dos Gemelos estaría aún más muerto.

―Sería una tragedia para mucha gente, la verdad ―admitió Victoria, resignada―. Se quedarían sin bar, sin subvención para el Ayuntamiento, sin el museo dedicado a su querido rizoma… Pero, ¿qué le vamos a hacer? Yo no soy responsable de sus problemas financieros.

―Técnicamente, sí serías responsable de que les pasara todo eso, tía Victoria ―dijo César mirándola con ojos acusatorios―. Eres tú la que quiere acabar con su monopolio rizomático.

―Tengo todo el derecho del mundo a recuperar nuestro rizoma ―sentenció con firmeza―. Tenemos todo el derecho del mundo a hacerlo. Nos ampara la ley.

Andrés y Olivia intercambiaron una mirada que Victoria no supo descifrar. César se mantuvo impasible ante su argumentación.

―Como veis, Gerardo Barcaza tiene motivos para querer boicotearnos ―retomó Victoria dirigiéndose de nuevo a Andrés y Olivia―. Así que, creo que es el siguiente al que deberíais visitar.

Andrés asintió, obediente.

―Puede que el bar esté abierto ―observó Olivia con actitud positiva―. Puede incluso que haya más gente con la que podamos hablar.

―Así quizás saquemos más información ―dijo a su vez Andrés, animado.

―Esa es la actitud ―les dijo Victoria con su mejor sonrisa.

Estela no tardó en aparecer con varias tazas de chocolate caliente y unas pastas artesanas que rápidamente engulleron entre los cuatro.

Después, Victoria dejó que sus improvisados detectives se relajaran y charlaran entre ellos y se retiró a su dormitorio para estar un rato a solas y pensar.

Se sentó en el mirador de su dormitorio y contempló la nevada del exterior mientras dejaba que su mente divagara ordenando todos los pensamientos que se amontonaban en su cabeza.

«Muriel, Braulio, Santiago, Gerardo… ¿Quién se ha llevado el astrolabio? ―se preguntó, impotente― Quienquiera que lo haya hecho… ¿podría volver a entrar para llevarse algo más?»

No todo eran malas noticias. Reno parecía estar más cerca de conseguir el reloj de arena que Vicente, el tercer superviviente de la tragedia de la isla Libar, se había llevado consigo a Escocia.

«Hoy estamos más lejos de la efigie, pero más cerca del reloj de arena» se consoló Victoria.

Un buen rato después Estela la encontró sentada en el mismo lugar, con la mirada perdida y la cabeza muy lejos de allí.

―La tormenta no deja de empeorar ―anunció Estela, dubitativa.

Victoria fijó su mirada en ella mientras volvía al presente.

―Tampoco es que tuviera pensado ir a ninguna parte, la verdad ―musitó dirigiendo la mirada a la ventana. Los copos de nieve se estampaban con violencia en el cristal, acompañados por el aullido de un viento enfurecido, casi demoníaco.

―Señora, voy a ir un momento a nuestra casa a por algo de ropa y a por las pastillas para el corazón de Lucio ―anunció Estela―. ¿Echa en falta algo en la casa? Por aprovechar que voy a salir, digo.

Victoria tardó unos instantes en apartar la mirada del cuadro invernal de la ventana y dirigirse a su buena amiga.

―No, Estela, gracias. Pero quizás sí necesite la ayuda de tu marido para un asunto.