Muriel
Algo le decía que los dos visitantes no habían aparecido en su casa movidos por un arrebato de altruismo y solidaridad vecinal.
―Bueno, Olivia, ¿vas a decirme a qué habéis venido realmente a mi casa? ―le había preguntado en cuanto se quedaron las dos solas.
La muchacha la había mirado con mal disimulado nerviosismo y había respondido, al borde del tartamudeo:
―De verdad que sólo queríamos saber qué tal estaba, señora Bahamontes. Después iremos a ver a Alicia.
Alicia era la solterona que vivía en la casa de al lado. Sinceramente, Muriel dudaba de que su vecina les abriera siquiera la puerta.
Sus sospechas se habían acrecentado al encontrarse al otro visitante, el róbleda, deambulando por la planta de arriba. Él se había excusado diciendo que no encontraba el baño, pero su olfato le decía que no había llegado a su dormitorio por error.
«Más sabe el drago por su vuelo que por su vista», solía decir su abuela. Y razón no le faltaba.
―Será mejor que nos vayamos ―dijo Olivia cuando el róbleda y ella terminaron sus cafés―. Ya le hemos robado demasiado tiempo.
«Espero que tiempo sea lo único que me hayáis robado» pensó Muriel; teniendo en cuenta que se había encontrado a aquel hombre en su dormitorio, no era descabellado pensar que hubiera extraído algún objeto de valor.
―Si necesita algo, estamos en Casa Libar ―añadió el posible ladrón levantándose del sofá―. No dude en llamarnos, señora Bahamontes.
«A vosotros, o directamente a la policía.»
La pareja se puso toda la ropa de abrigo que había traído y se marchó a toda prisa.
«O ya tienen lo que querían, o saben que no lo van a encontrar aquí» concluyó mientras los observaba alejarse corriendo bajo la nieve.
Cerró la puerta de casa y se dirigió directamente al dormitorio. Inspeccionó concienzudamente cada rincón, pero no echó nada en falta.
El sonido del timbre de la puerta la pilló por sorpresa.
«¿Han vuelto?» se lamentó.
Muriel bajó las escaleras diciéndose que debía contenerse y mantener las formas. No obstante, no pensaba dejar que volvieran a merodear por la casa.
Abrió la puerta y alguien entró disparado, como un toro en sanfermines.
―¿Qué quería esa gente?
Braulio, el vecino de la casa de enfrente, se sacudió los copos de nieve y se quedó esperando su respuesta con desgana mientras se rascaba sus partes nobles.
Era oficialmente el vicepresidente del rizoma Drago, pero en la práctica era sólo un pelele aburrido y sin propósito en la vida que buscaba algo que justificara su mísera existencia.
―Dicen que querían saber si estaba bien ―contestó Muriel, brevemente.
―Qué detalle ―respondió Braulio sin un ápice de emoción en su voz.
Ella suspiró, impaciente. No se podía ser más tonto.
―No me sorprendería que Victoria los hubiera mandado para espiarme ―confesó, incapaz de guardárselo.
―¿Espiarte? ¿Por qué?
Braulio no era el hombre más listo del lugar, pero a veces le sorprendía lo ajeno que parecía a todo lo que lo rodeaba.
―Porque quiere saber si estoy preparando un complot contra su plan para desmembrar el rizoma Drago ―respondió Muriel.
―¿Y cómo pensaba hacerlo? Esos dos te han torturado para que confesaras, ¿o qué?
Braulio soltó una risa que derivó en una tos seca muy desagradable.
―No sé cómo pensaba hacerlo, Braulio, pero no me creo que hayan venido aquí a traerme latas de anchoas en conserva.
Braulio la estaba irritando cada vez más. No entendía por qué esa bola de sebo se había molestado en cruzar la calle con la que estaba cayendo si en el fondo no le importaba nada de lo que le estaba contando.
―Además, no hay nada que confesar ―prosiguió, más por orgullo que por darle explicaciones a Braulio―. Yo no estoy planeando nada.
«De momento.»
Llevaba varios días inquieta por lo que Victoria Pumarino y su familia pudieran hacer.
Durante la fiesta de Santa Inés que había tenido lugar en Casa Libar dos semanas antes, Victoria no había podido evitar jactarse delante de medio pueblo de que la efigie de su antiguo rizoma había aparecido en la ribera del río Saga, y de que el hallazgo les permitiría solicitar formalmente la restauración del rizoma Bruhma.
―Prefiero que lo escuchéis de mi boca, y no en la prensa ―se había mofado Victoria, envalentonada por su cuarta copa de vino.
Todos los presentes, tanto dragos como familiares de Victoria ―y, por lo tanto, potenciales bruhmas―, se habían abstenido tanto de confrontar como de jalear a la señora de Casa Libar.
A nadie le gustaba que una fiesta se convirtiera en un campo de batalla.
Empero, desde entonces Muriel había analizado todos los escenarios posibles que podían darse en el caso de que, en efecto, la familia Pumarino diera el paso de escindirse de su rizoma.
Como presidenta del rizoma Drago, su intención ―y su deber― era velar por la salud, la supervivencia y el honor de su rizoma. Nadie podía acusar a Muriel de estar metiéndose donde no le llamaban, puesto que sólo estaba intentando salvaguardar la integridad del rizoma Drago.
―Igual te estás montando una película ―sugirió su vecino con el tacto de alguien que eructa en un funeral.
―Braulio, esa mujer lleva toda su vida despreciando a los dragos ―le replicó Muriel sintiendo cómo la rabia la invadía por dentro―.
Nunca la hemos tomado demasiado en serio, pero ahora que ha encontrado el astrolabio se ha propuesto dinamitar nuestro rizoma, y que no te extrañe que me tenga en su punto de mira.
―Tú también la has tenido siempre en tu punto de mira ―la provocó Braulio con tranquilidad―. No ha cambiado nada, Muriel. Sólo que Victoria ha encontrado ese cacharro y eso le está haciendo desvariar más de lo habitual. Pero no deberías preocuparte por esa vieja.
Las palabras de Braulio le parecían tan tranquilizadoras como exasperantes. Desde luego, no iba a encontrar en su vicepresidente el consuelo que en ese momento necesitaba. Decidió entonces dar por acabada la conversación y se deshizo de él como buenamente pudo.
Cuando lo vio cruzar torpemente la calle y entrar en su casa sin darse de bruces contra el suelo, Muriel cerró la puerta y volvió al salón con intención de hacer una llamada.
Dos tonos bastaron para que su interlocutor descolgara el teléfono.
―Prepara la cafetera ―le dijo Muriel después de saludarlo―. Creo que pronto vas a tener visita.