El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
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Reno

Antes de salir de la plazoleta reparó en un edificio especialmente bonito, con aires de castillito, que resultó ser el Writer’s museum , el Museo de los Escritores.

Se sintió tentado de visitarlo, mayormente porque hacía frío y necesitaba entrar en calor, pero supuso que el interior estaría repleto de chusma como la que vitoreaba al gaitero callejero, así que salió de la plaza por otro túnel ―llamado Lady Stair’s Close― y volvió a la calle principal.

«Esta familia es todo amor.»

No se molestó en contestarle. A él esa señora le había pagado un dineral para que trajera ese reloj de arena a Dos Gemelos, y eso era lo que iba a hacer, costara lo que costara y dijera lo que dijera su sobrino.

―Preferiría ser guapo y rico ―solía decir a menudo.

―¿Aún no has conseguido que esa mujer acceda? ―le reprochó la patrona.

A mediodía, justo cuando Reno iba a llevarse a la boca el primer bocado de su fish & chips , Victoria Pumarino decidió que era buen momento para llamarle.

―No es una mujer, es una muchacha universitaria con pájaros en la cabeza ―replicó Reno con impaciencia―. Bastante que he conseguido quedar con ella.

―¿Vas a poder entrar en ese castillo o no? ―lo urgió Victoria, seca.

―Eso espero.

Martha MacFayden había prometido hablar con su hermano Tavish para organizar un viaje al castillo de su clan.

Martha no tenía llaves de Kilchurn Castle, así que debían contar con la colaboración de su hermano.

Aprovechando que estaban a las puertas del fin de semana, Reno la había apremiado para que lo dispusiera todo y pudieran arrancar el road trip cuanto antes.

―La muchacha parece muy dispuesta a ayudarme ―le contó Reno―. Sólo necesitamos que el hermano nos dé las llaves.

―¿Cuándo vas a saber algo? ―insistió la patrona.

―Le he pedido a Martha vernos esta misma tarde, pero no me contesta ―admitió el detective.

―¿Estado de las carreteras? ―preguntó Victoria― Para llegar a ese castillo, quiero decir.

―Ningún problema.

Reno había visto en las noticias que las previsiones se habían cumplido: una borrasca brutal estaba en esos momentos sobre Cabalar y toda la isla estaba colapsada por la nieve.

«Y yo quejándome del clima escocés.»

―Estamos encerrados en casa, sin poder salir ―le relató Victoria con un tono melodramático.

A Reno le parecía que vivir en Dos Gemelos, y más aún en Casa Libar, ya era un encierro de por sí, pero se abstuvo de decir nada. En cambio, no se abstuvo de comentarle a Victoria Pumarino que había recibido un mensaje precioso de su sobrino.

―Dile a César que se meta en sus asuntos ―le dijo el detective―. O, dicho de una manera que él entienda, dile que en este asunto mi entrenadora eres tú, y que no acepto órdenes de un botillero.

Se hizo el silencio al otro lado de la línea.

―No sé qué te habrá dicho ―oyó decir finalmente a Victoria―, pero, efectivamente, sólo debes responder ante mí.

―Eso pensaba.

El teléfono de Reno vibró y comprobó que había recibido un mensaje de Martha MacFayden.

―Victoria, tengo buenas noticias ―anunció Reno con una sonrisa―. Esta tarde tengo otra cita con la muchacha del castillo.